Locura en el Auditorio Nacional con Raquel Andueza y La Galanía

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Locura en el Auditorio Nacional con Raquel Andueza y La Galanía
Raquel Andueza

Viendo la sala de cámara del Auditorio Nacional el pasado 28 de octubre nadie diría que la música barroca española es de raros. Más bien al contrario, pues estaba abarrotada, esperando casi con ansia el concierto que serviría como presentación del disco Yo soy la locura 2, de Raquel Andueza. Al lado de la soprano estaba el ensemble La Galanía, formado por Alessandro Tampieri, violín; David Mayoral, percusión; Manuel Vilas, arpa de dos órdenes; Pierre Pitzi, guitarra barroca y Jesús Fernández Baena, tiorba.

Que entre el público destacaran figuras musicológicas como Emilio Casares, María Nagore y Álvaro Torrente no era casualidad. El disco es una labor de recuperación, reconstrucción y difusión de una música casi desconocida para el gran público, la del barroco español, que con mucho esfuerzo va saliendo a la luz. Álvaro Torrente, de hecho, participa en él como compositor, reconstruyendo musicalmente obras de las que se conserva letra pero ninguna nota. Esta empresa culmina en las catorce piezas que contiene el disco, que serían las que compondrían el concierto. Hay obras de varios géneros, abarcando desde tonos humanos a danzas, con nombres tan importantes como los de Santiago de Murcia o Juan Hidalgo, pasando por varios anónimos y junto a letras de figuras como Quevedo o Calderón.

Lo que hace especial este trabajo musicológico es que es completo, puesto que tras la recuperación y reconstrucción viene lo más importante: que esas piezas suenen ante un público. Y con Raquel Andueza y La Galanía suenan fantásticas. Andueza no es una soprano común. No destaca por su potencia ni por unas florituras virtuosas, sino por una voz limpísima con una dicción perfecta. Esto que parece tan obvio, la dicción, normalmente es un debe de la mayoría de cantantes, pero Andueza cuida los textos tanto como la música. Y con letras de tanta belleza como las de Ya no les pienso pedir, de Calderón, se agradece sobremanera. No tanto por la belleza, sino por la diversión, destacó también en ese sentido la Zarabanda del catálogo, en la que un gañán pasa revista a todas las mujeres que le atraen. Una pieza así sin entender la letra no tendría la mitad de éxito.

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Su otro fuerte, la claridad de la voz, se aprecia sobre todo en una ausencia de vibrato casi completa. Se une a esto una capacidad muy individual para pasar de una voz natural que no parece que tenga ningún tipo de técnica clásica a una perfecta impostación, lo que la hace la cantante definitiva en este tipo de repertorio. Junto con una gran agilidad y un fraseo exquisito, la parte vocal del concierto fue magnífica. Por ponerle algún pero, quizá una cierta falta de potencia, pero no se puede tener todo en esta vida.

La parte instrumental del concierto no se quedó atrás. Los músicos de La Galanía acompañaron perfectamente a Andueza, con un empuje rítmico muy preciso y vivaz y con delicadeza en las piezas lentas. Las miradas cómplices de los músicos reflejaban lo que se escuchaba desde el patio de butacas: una perfecta sincronización. Era muy agradable y casaba muy bien con el timbre de la soprano el de los instrumentos, que, en general muy dulces por su montaje barroco, podían ser agresivos cuando la ocasión lo requería. Se mostraron muy versátiles en todo momento. El sonido de la tiorba, que hacía el bajo armónico y los graves en general, era el vivo ejemplo de esta versatilidad. Llenaba el auditorio con un timbre dulce y meloso que podía transformarse en uno mucho más percutido y resonante si era necesario. La percusión contribuía al sonido lleno aunque delicado del conjunto, completado por una guitarra muy rítmica, la delicada arpa de dos órdenes y el melódico violín. Tuvieron sus piezas para lucirse ellos solos, destacando un Pasacalles con un papel solista del violín en el que Tampieri lució muy buenos atributos. Mostró imaginación en el fraseo, afinación y un gusto algo heterodoxo, dándole a su instrumento más posibilidades de las que probablemente disfrutaba en el barroco.

El público se mostró vibrante con la actuación, aplaudiendo sentidamente todas las piezas. Me atrevo a decir que las que más gustaron, aparte del entusiasmo inicial de Yo soy la locura, fueron Crédito es de mi decoro, pieza lenta de Juan Hidalgo, cercana al estilo declamado italiano; la ya mencionada Zarabanda del catálogo, por sus divertidos giros y letra picante y el virtuosismo del violín en el citado Pasacalles. Completaron el concierto dos propinas, Sé que me muero, de Lully, un aria presente en el primer disco Yo soy la locura y la repetición de Si queréis que os enrame, de Luis de Briceño, una pieza animada en la que intervenían todos los intérpretes. El público respondió con fervor y aplaudió con pasión un maravilloso concierto.

Miguel Calleja Rodríguez

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