Lohengrin o el Brabante electrificado

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Lohengrin
Lohengrin

El sello Deutsche Grammophon lanza el DVD de esta discutida producción de Lohengrin en la edición del Festival de Bayreuth de 2018 firmada por el director de escena Yuval Sharon donde la acción se sitúa en un entorno que intenta recuperar el ambiente mágico de cuento de hadas que envuelve a esta ópera romántica de Richard Wagner, pero que se antoja desigual en su concepción. Para ello, se reviste a la ópera de un carácter monocolor donde el azul eléctrico impera por encima de otra tonalidad, excepto en el extenso dúo del acto tercero entre Lohengrin y Elsa, situado en una estancia a la manera de bombilla de un intenso naranja, donde el caballero del Grial adopta la figura de un acosador, atando fuertemente a su amada para impedir que siga con sus pretensiones de conocer su origen y linaje.

El reino de Brabante, cercano a la ambientación de Juego de Tronos, se convierte en una central eléctrica y en los preludios y transiciones orquestales se utilizan decorados paisajísticos de estética nórdica igualmente azulados a cargo de Neo Rauch y Rosa Loy, responsables de la escenografía y el vestuario, que provee a los personajes principales de ridículas alas como si de insectos se tratasen. Los cantantes y el coro apenas tienen movimientos, pues a éste se le utiliza de forma hierática rodeando el escenario en todo momento. La inesperada llegada de Lohengrin, ataviado como un operario con guantes azules, pretende tener un sorpresivo aspecto sobrenatural con un juego de luces y sombras que pierde su encanto poético para caer en el efectismo visual; el breve combate entre Telramund y el caballero del Grial se desarrolla en el aire de forma casi cómica; a Telramund y su esposa Ortrud se les hace surgir de un escenario sumido en sombras en su escena del acto segundo como si fuera teatro noh japonés, y el final de la ópera descubre a un Gottfried que se ha tornado en color verde, como la famosa marca española de espárragos.

Pese a estas lindezas de la puesta en escena, que por otro lado permite seguir sin mayores obstrucciones el curso de la acción, el gran interés recae en las voces, con el principal debut en Bayreuth del tenor polaco Piotr Beczala dando vida a un varonil, abiertamente expresivo Lohengrin, de canto noble y muy cantabile, que da lo mejor de sí durante toda la ópera por medio de su irresistible timbre y un gran volumen, destinando un “In fernem Land” final de auténtico ensueño, con el uso de soberbias medias voces. A su lado la soprano Anja Harteros, asimismo debutante en el Festpielhaus de la verde colina, realiza un retrato dulcemente sincero y apasionado de Elsa, con perfiles dramáticos de grandísimo calado.

El Friedrich von Telramund del barítono Tomasz Konieczny posee el tono despreciable y retorcido que requiere este villano y la veterana soprano Waltraud Meier, un grato y esperado regreso a Bayreuth, consigue con su Ortrud un personaje al que dota de múltiples y sibilinos matices, apoyándose en una voz potente y llena de énfasis que genera auténtico escalofrío. Precisamente, una de las características de esta propuesta es la importancia que recae en el personaje de la hechicera, la cual pretende liberar en cierta manera a Elsa de sus dudas y ataduras respecto del nuevo orden que pretende imponer Lohengrin. Majestuoso y solemne vocalmente el König Heinrich del bajo Georg Zeppenfeld, así como magníficamente perfiladas las rotundas frases del Heraldo encarnado por el barítono Egils Silins. El Coro del Festival de Bayreuth raya al altísimo nivel acostumbrado y Christian Thielemann sigue siendo una vez más la garantía absoluta y el valor imprescindible de que todo llegue a buen término a nivel musical, dirigiendo a la orquesta con pulso vibrante para hacer latir el drama. El maestro alemán acompaña y subraya con rigor de experto las frases de los cantantes uniendo con sapiencia todos los elementos musicales puestos en juego y llega a registrar unas páginas exclusivamente orquestales de enorme espectacularidad, como esa formidable transición entre la primera y la segunda escena del acto tercero, con unas poderosas fanfarrias del metal.

Germán García Tomás