L’Ormindo. Cavalli. Londres

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L’Ormindo en el Shakespeare Globe. Londres

Este mes está resultando muy feliz para los amantes de la ópera en Londres. Tras la magnífica producción de Die Frau ohne Schatten (de la que pueden leer aquí la crítica), la Royal Opera House organiza junto al Shakespeare Globe una nueva producción de un título infrecuente de Cavalli. Para aquellos que todavía no lo conozcan, el Shakespeare Globe es una reconstrucción de lo que durante el s. XVII fuera “El Globo”, uno de los teatros más importantes de la edad de oro del teatro inglés y en cuyo escenario estrenó y actuó William Shakespeare. Cuenta con dos salas, una de gran capacidad al aire libre y otra cerrada y con 340 asientos. En ésta última, conocida como “Sam Wanamaker Playhouse” (nombre del impulsor del proyecto de reconstrucción de The Globe) pueden presenciarse lss funciones de L’Ormindo, en un ambiente similar (a pesar de que The Globe sea  teatro isabelino y no uno de estilo veneciano) a como se podría haber escuchado una ópera de estas características el día de su estreno en 1644.

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A pesar de no ser un ejercicio de reconstitución filológica, pues la puesta en escena no reproduce ni la estética original ni la retórica gestual (recogida ésta en los manuales como “L’Iconologia” de Cesare Ripa, “La Chironomia” del Padre Requena, “Dell’Arte della Rappresentazione” de Perruci  o el más tardío “La mimica degli antichi” de Andrea de Jorio), el espectáculo ideado por Kasper Holten consigue trasladar de manera brillante el espíritu de una época muy lejana para el público de hoy.  Las tres horas de duración se pasan como un suspiro gracias a una propuesta escénica ágil, chispeante, muy divertida y en algunos momentos cautivadora visualmente, ya sea por el donaire de algunas escenas, por un delicioso delirio barroquizante (¡fantástico el traje-cama de la protagonista!) o por el uso poético de la luz de vela. Parte de este éxito se debe también a la traducción del texto original italiano al inglés: si bien es cierto que se pierden los retruécanos, hipérbatos y la retórica propia del libreto, para una obra cómica como L’Ormindo es preferible sin duda que se traduzca a lengua vernácula en beneficio de una comprensión más inmediata por parte del público. Ello permite mantener un ritmo en la representación similar al que estamos acostumbrados a ver en cualquier obra de teatro. Y quizás podríamos afirmar que ese logro resulta fundamental y prioritario en una obra de la escuela veneciana, pues el sentido agógico de la música está íntimamente relacionado tanto con el ritmo prosódico del texto como con la acción de la representación. Así pues, hemos de felicitar tanto al traductor como al director de escena por sortear de manera inteligente y exitosa un empresa nada sencilla.

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Los roles principales fueron ejecutados por especialistas y todos cumplieron sobradamente. En especial destacó el tenor Samuel Boden como Ormindo, que cuenta con una sólida técnica en el uso de la voz mixta y del falsete -lo cual lo hace idóneo para este tipo de papeles a medio camino entre el tenor contraltino y el haut-contre- y demostró una sobresaliente musicalidad durante toda la ópera, pero muy notablemente en el largo lamento del tercer acto. A la par, podemos resaltar a Susanna Hurrell, que debuta en la compañía de la ROH. Maravilló al público con la ribattuta di gola en su intervención como Música en el prólogo y no defraudó en ningún momento a lo largo del espectáculo. Harry Nicoll se merece un monumento -al menos en el jardín de su casa… eso sí, convenientemente vestido con jubón, guardainfante y chinelas-, por el gracejo que se gasta interpretando a la nodriza Eryka. ¡Qué complicado resulta encontrar a un cantante de ópera que sepa actuar! Nicoll es una rara avis en ese sentido.

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Dulce y melancólica, Joélle Harvey nos ofreció una Sicle más que digna, al igual que Rachel Kelly como la pizpireta y pícara Mirinda, o Graeme Broadbent en el rol de Ariadenus, a pesar de que su interpretación fuera más propia de un bajo bufo del finales s. XVIII y principio del s. XIX que de un bajo cómico del Seicento. Ed Lyon no sólo lució un noble material vocal adecuado para el rol, sino también un físico portentoso (al igual que Boden), lo cual es cada vez más frecuente en los escenarios líricos. Si otrora eran las piernas turgentes de las primeras vedettes las que atraía la atención de los espectadores, hoy son los torsos esculpidos y bruñidos en Fitness First. Y es que, a fin de cuentas, la ópera también es un arte para placer del ojo, y en una historia de triángulos amorosos que se entrecruzan está justificado apelar a la carne y no sólo al mundo y al diablo.

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No funcionó, sin embargo, la Orchestra Early Opera Company y la dirección de Christian Curnyn. Hay que admitir que no resulta sencillo conseguir un sonido limpio de una agrupación de instrumentos originales tan reducida (tres cuerdas, tiorba, guitarra, arpa barroca y clavicordio), pero quienes estamos acostumbrados al nivel técnico de algunos grupos italianos, franceses o incluso de alguno español (“Agios O Savall, Agios Athanatos), no podemos más que echarlos de menos. Aún así, ha de ser reconocido el trabajo de Curnyn en la concertación y preparación musical con los cantantes.

Raúl Asenjo

L’Ormindo

“Favola regia per musica” en un prólogo y tres actos

Música de Francesco Cavalli

Libreto de Giovanni Faustini

Edición de Peter Foster

Traducción al inglés: Christopher Cowell

Director musical: Christian Curnyn

Director de escena: Kasper Holten

Diseños: Anja Vang Kragh

Movimiento Signe Fabricius

Ormindo: Samuel Boden

Rey Ariadenus: Graeme Broadbent

Sicle/Fortuna: Joélle Harvey

Erisbe/Música: Susanna Hurrell

Mirinda: Rachel Kelly

Nerillus/Amor: James Laing

Amidas/Viento: Ed Lyon

Eryka/Viento: Harry Nicoll

Osman/Destino/Viento: Ashley Riches

Orchestra of Early Opera Company