Los cantantes castrados, primera parte

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Los cantantes castrados, primera parte
Los cantantes castrados, primera parte

Hace ya bastantes años, posiblemente entonces la televisión aún fuera en blanco y negro, centré mi atención en un programa en el que participaba el eminente psiquiatra, doctor don Juan Antonio Vallejo Nágera, quien, con su proverbial buen gusto y vasto conocimiento, habló largamente acerca de la música y de los castrados

En su disertación citó que entre sus objetos más raros de coleccionista figuraba la grabación de uno de aquellos cantantes, y hasta se dejó escuchar un fragmento de aquella voz, que a mí se me antojó que sonaba patética, no se si por autodefensa, ante una mutilación que se efectuaba para servir al canto.

Confieso, que como mi falta de conocimiento acerca del tema era total, y del único castrado que me sonaba el nombre era el de “Farinelli”, me dije: ¿Cómo puede estar grabada la voz de este hombre, si es muy anterior a este siglo?

Ni que decir tiene, que desde entonces traté, siempre en vano, de conseguir dicho registro y de documentarme en lo que creí, y sigo creyendo, que es un tema tan apasionante, quizá por el misterio y oscurantismo con que fue tratado; hay que pensar que en varios países, entre ellos España, hasta hace pocos años, para ignorar la fealdad de la palabra “castrado”, se les denominaba “voces blancas”.

Después de un largo paréntesis he logrado la grabación antes citada. Se trata de un documento fechado en 1902 y, según la nota que incluye la carpetilla del disco, es “el único testimonio de un auténtico castrado de la Capilla Sixtina”. El cantante es Alexandro Moreschi, y el fragmento interpretado el “Crucifixus”, de la PEQUEÑA MISA SOLEMNE, de Rossini. Al igual que el doctor Vallejo Nágera, lo considero una “Rareza” digna de formar parte de mi colección de CDs, después de tantos años transcurridos.

Mi interés por conocer el universo de este tipo de cantantes me hizo profundizar tanto en el tema, que de sólo conocer el nombre de “Farinelli”, en el escrito que sigue, doy cabida a algo más de una veintena de los más sobresalientes castrados de la historia del canto, y una idea generalizada, tratando de no herir sensibilidades, de cómo eran captados y “operados”.

Los castrados o evirados, también llamados falsetistas naturales, son un fenómeno típico del barroco italiano, debido a que, según se interpretó en su momento, las mujeres no podían cantar en las iglesias. San Pablo, en una epístola a los corintios, dice: “Mulier in eclesia tacet”: “La mujer calla en la iglesia”. La frase, lógicamente, puede interpretarse de diversas maneras, pero, sabe Díos quien, la dirigió a las cantantes que, con sus voces, solemnizaban la liturgia, impidiendo que volvieran a cantar en los coros de los templos. Incluso, se fue mucho más allá, en algunas ciudades-estado de Italia, se les prohibió que subieran al escenario a cantar.

Alessandro Moreschi. Ilustración: Bild
Alessandro Moreschi. Ilustración: Bild

Este revés en el arte, dio lugar a una especialización masculina en los registros más agudos. Los tenores acometían aquellas notas fuera de su extensión, en falsete, empezando a surgir los primeros sopranistas, contraltos y contratenores de la historia. La técnica del falsete se lograba para obtener sonidos agudos, mediante el cierre de la parte posterior de la hendidura de la glotis; ésta es un segmento medio de la laringe que comunica con la faringe, en el cual están contenidas las cuerdas vocales.

Sin embargo, se llegó a creer que aquellos cantantes emitían sonidos de poca intensidad y se juzgó al falsete como una voz de calidad inferior a la de emisión natural por la que, incluso, se mal juzgó esta técnica como una falsificación de la realidad. El problema estaba creado ¿Cómo conseguir que un hombre totalmente desarrollado tuviera voz de mujer?

La ciencia médica era conocedora de que por una enfermedad que producía un trastorno testicular antes de la pubertad, denominado “Hipogonadismo masculino prepuberal”, la voz, cuando el varón dejaba de ser niño, no sufría cambio alguno, aunque también surgían, paralelamente, otras anomalías físicas, detalladas más adelante.

La solución era inapelable. Había que privar a la sangre de las hormonas sexuales masculinas segregadas por los testículos. Sin estas glándulas, la voz no tiene la más mínima alteración. Por el arte, poco importaba el resto de las deformaciones, para someter y someterse al frío corte del acero quirúrgico, para renunciar a una parte muy importante de la masculinidad.

La medicina, a través de la cirugía tendría la palabra. Se buscaron niños que estuvieran dotados de una bonita voz, con características determinadas, que abarcaban los timbres de tiple a contralto, y en la pubertad eran sometidos a una orquiotomía o emasculación -práctica oriental no destinada al arte- que consistía en esterilizarlos privándoles de los testículos antes del cambio de voz, a través de una operación quirúrgica, en ocasiones practicada por un barbero, destinada a detener el crecimiento de la laringe.

La castración se realizaba amparada en una indicación médica, se decía que para evitar males mayores, como haber recibido la coz de una caballería y estar expuesto a una gangrena. En principio, debió de cumplirse a rajatabla, ya que estaba penada con la excomunión y otras penas civiles, para quienes la llevasen a cabo, aunque después debió hacerse la vista gorda, ya que un barbero de Nápoles, anunciaba con un gran cartel en su establecimiento: “Aquí se castran niños”.

El proceso de emasculación, debido a la medicina, consistía en sumergir al muchacho en agua muy caliente, se le apretaba la yugular hasta que se desmayara; en otra técnica, lo atontaban con vino y la tintura de láudano -preparado, este último, a base de extracto de hidro-alcohólico de opio, azafrán, canela y clavo-. En ambas, con una pequeña incisión se le abría el escroto y se le extirpaban las glándulas sexuales antes de que recuperase el conocimiento, cortándose las hemorragias con eficacísimos emplastos. La operación, se decía que era casi indolora y, en la mayoría de los casos, un éxito total.

Este fenómeno fue, en un principio, impulsado por una doble necesidad: la artística y la económica. En relación a la primera, se tenía un adulto con amplia caja torácica que conservaba alguna de las características de adolescente, como frescura y brillantez. A sus conocimientos a través del estudio y la técnica añadía la potencia y amplitud del hombre desarrollado, con la resultante de una categoría vocal y agilidades propias de una mujer. Se llegó a afirmar que la voz del castrado era muy superior a la del hombre por la flexibilidad y la ligereza; superior a la de la mujer por el mordente, y muy por encima de ambas por abarcar una mayor tesitura y capacidad del fiato que, como sabemos, es la emisión de voz en una sola respiración. Por si existe duda de qué es el mordente, habrá que aclarar que es una ornamentación especialmente utilizada por los clavicembalistas franceses y adoptada por los cantantes de ópera, que consiste en alternar con rapidez una nota principal con la inferior o la superior de ésta.

Tímbricamente, la voz sonaba más o menos oscura, con mayor o menor cuerpo, pudiéndose equiparar a lo que hoy conocemos en las cuerdas femeninas entre soprano y mezzosoprano; no obstante, su extrema agilidad unida a la potencia vocal, dulzura y capacidad de penetración emitidas eran muy superiores a las de las voces citadas.

En cuanto a la económica, estos niños eran elegidos entre las capas sociales más pobres del sur de Italia. Se iniciaban cantando en cualquiera de los coros de los cuatro conservatorios de Nápoles. Su preparación gratuita, además de una completa formación musical, abarcaba la literatura y la historia. Si el joven elegido tenía condiciones y talento, se abría ante él una carrera tan maravillosa, que pronto le convertiría en un ser mimado por la fama y el dinero, a la altura de cualquier “divo” de hoy en día. Si por el contrario, carecía de tales facultades, se le ordenaba sacerdote; todo un privilegio, comparado con la miseria que les esperaba a sus hermanos, en sus lugares de origen, donde permanecían analfabetos, pasando hambre, y cuya media de vida no sobrepasaba los treinta años. Como se verá, la edad a la que llegaban los evirados era tan alta como la que se pueda llegar a tener en la actualidad.

Regularmente, los que triunfaban espectacularmente, pronto eran adoptados y protegidos por algún aristócrata, mecenas acaudalado o jerarquía eclesiástica. De los apellidos de éstos y de los maestros que habían tenido adoptaban el seudónimo o alias; de los filarmónicos hermanos Farina, tomaría Broschi su celebérrimo “Farinelli”.

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Como ha quedado dicho, tras la operación, algunos efectos o síntomas secundarios les acompañaría de forma irreversible: un envejecimiento precoz y, a menudo, un estado melancólico de origen senil. En cuanto a la configuración del cuerpo, ésta derivaba en tres prototipos: los que conseguían una gran estatura, con largos brazos y piernas, tórax corto y ancho; la medicina explica este fenómeno diciendo que al no producirse la influencia androgénica sobre el cierre epifisario, el crecimiento óseo se prolonga. Otro tipo mostraba una gordura femenina, con pechos desarrollados, caderas y muslos anchos, y su cara no estaba poblada por la barba. Un tercero, el menos común, aparentaba una fisonomía totalmente normalizada de varón.

La castración les dejaba infértiles, no impotentes; sus numerosas aventuras galantes, con hombres y mujeres, eran motivo de la crónica social del momento; por éstas se llegó a saber que alguno de ellos tuvo más proposiciones femeninas que cualquier otro mortal “entero”. Hay que pensar que en aquella sociedad promiscua en la que no existía ningún control de la natalidad, tener una aventura con una celebridad exenta de ese peligro, era de lo más tentador.

Grandes escándalos fueron parejos a los “castrati”. De ellos no se libraron ni príncipes ni esposas de grandes personajes; osadía que haría perder la vida a más de uno de aquellos emasculados canoros, como es el caso de Giovanni Francesco Grossi “Siface” (1653-1697), quien moriría asesinado en las afueras de Módena a manos de los esbirros de la familia de su amante, una dama de la nobleza.

Sus constantes devaneos, en ocasiones, daban lugar a un sólido amor, motivo por el que varios “castrati” trataron de conseguir dispensa pontificia en el ánimo de contraer matrimonio; no obstante, siempre les fue negada. En una de dichas solicitudes, alguien del Vaticano, próximo al Papa, tratando de imitar la letra de éste, escribió al margen de la misma: “¡Que lo castren mejor!

Tales actitudes eran de lo más frustrante para aquellos hombres que, deseando iniciar una nueva vida en compañía de una mujer, les era negado tal derecho. El castrado “Cortona”, desesperado por no poder contraer nupcias con una cantante, se hizo público amante del último gran duque de Toscana.

Como excepción a esta regla, el castrado “Tenducci” tuvo una esposa de buena familia y dos hijos de ella. Aunque no resulte verosímil esta versión, según el doctor Vallejo Nágera, fue aceptada sin grandes reservas por la medicina oficial, ya que a este evirado, “un tercer testículo, supernumerario, le descendió cuando los normales le habían sido extirpados, y su tardía puesta en función le permitió matrimonio y descendencia”.

En Italia, los “castrati” proliferaron a partir del siglo XVI, aunque su mayor apogeo lo alcanzaron en el XVII y XVIII, ejemplo que pronto adoptaron otros países europeos, con la excepción de Francia (sería Napoleón quien, tardíamente, impondría en París a los falsetistas, ya en decadencia), teniendo vigencia hasta muy avanzado el XIX.

La iglesia aunque no favoreció, si toleró su existencia entre 1539 y 1913, año este último en que se retiró el último de ellos, perteneciente a la Capilla Sixtina, Alexandro Moreschi, quien vivió 64 años entre 1858 y 1922, llamado el “Ángel de Roma”. Había sido “mejorado” cuando sólo contaba diez años de edad; gozó de una gran popularidad interviniendo en grandes solemnidades en el Vaticano, como el funeral de Humberto I, en 1900.

Entre 1902 y 1904 grabó en disco varios motetes y misas, de los que -por fortuna- se conservan la mayoría de los registros, en un óptimo estado para la audición.

Aunque sus comienzos fueron en el canto litúrgico, los castrados pronto llegaron a ser protagonistas indiscutibles en el terreno operístico; las primeras representaciones se remontan a la EURIDICE, de Peri, en 1600. En este campo llegaron a ser considerados verdaderos ídolos de los públicos del teatro lírico de toda Europa, en el que llegaron a desempeñar papeles masculinos y femeninos de todo carácter.

No deja de ser curioso e interesante, el comprobar que estos cantantes, a los que se les había privado de una parte de su masculinidad, estarían destinados, cundo interpretaran roles de hombre, a dar vida a personajes tan viriles como guerreros, conquistadores, dioses, emperadores o reyes. De estos dos últimos grupos, y todos en óperas de Haendel, cabe citar a Nerón, emperador de Roma, en AGRIPINA, estrenada en 1509; Ottone, rey de Germania, que se interpretó por vez primera en 1722; y al rey Serse de Persia, en 1798, en las que éstos ponen el título.

Juan J. Rodríguez de los Ríos