Madama Butterfly en La Scala: saldando una deuda

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Madama Butterfly en La Scala
Madama Butterfly en La Scala

Está muy extendido hoy en día seguir las intenciones y deseos finales de un compositor respecto a su obra. En el caso de Giacomo Puccini, tras el estrepitoso fracaso de su ópera Madama Butterfly aquel 17 de febrero de 1904 en la Scala de Milán, el compositor de Lucca, por consejo de su editor Ricordi, acometió una reforma estructural de la ópera y recortando pasajes de música, pero en los años siguientes volverá a la partitura una y otra vez en lo que podríamos considerar una “obra en progreso” sobre la que nunca dio expresamente su última palabra. La versión revisada en tres actos para Brescia, de 1904, es la aceptada como estándar en los teatros de ópera, pero también existe otra versión para el Teatro Carcano en 1920 que retoma compases de la original. 

Todo esto nos lo explica con detalle el director milanés Riccardo Chailly en las notas que acompañan a este doble DVD del sello Decca con la recuperación en primicia mundial de la versión del estreno milanés, y que en 2016 sirvió a este teatro en su inauguración de temporada para saldar una deuda histórica. Siguiendo la reconstrucción de esta versión realizada en 1981 por Julian Smith, contada por él mismo en el libreto, se vuelve a la subdivisión primigenia en dos actos, el segundo de los cuales contiene en su parte central el célebre Coro a bocca chiusa, que en su continuidad sirve de puente para la fase final y culminación del drama.

Sin duda el gran atractivo de esta recuperación estriba en que hallamos más de 1100 nuevos compases de música, sobre todo en el primer acto, dando más protagonismo a los familiares de Cio Cio San, como esa arietta deliciosa del personaje de Yakusidé (“All’ombra d’un Kekì”), que sirve de antesala para el contraste dramático que representa la irrupción violenta del zio Bonzo. En esta escena se evidencia aún en mayor medida respecto a la versión de tres actos el desprecio de Pinkerton por la cultura japonesa. Asimismo, en el tercer acto nos encontramos con la supresión de su aria, un regalo a su tesitura siempre esperado por el público, “Addio, fiorito asil”, corte que ayuda a no interrumpir la continuidad dramática de la escena; también comprobamos la mayor importancia conferida al papel de Kate Pinkerton, cuya nobleza contrasta con la vileza de su marido. Aquí y allá nos topamos con la inserción de detalles novedosos: hay nueva música en parte del dúo de amor del primer acto, así como en la escena de las flores del segundo, por no hablar del interludio que separa ambas mitades y el nuevo material vocal e instrumental que destina Puccini al aria final de la protagonista. En todos estos hallazgos musicales se hace palpable la intencionalidad de su autor de no socavar el curso dramático de la ópera, algo que al parecer no fue entendido en su época.

La producción de Alvis Hermanis, de estética tradicional y corte preciosista, es un auténtico deleite visual desde todos sus órdenes: escenografía, vestuario, coreografía…, cuidando hasta el más mínimo detalle en un ejercicio general de refinamiento, delicadeza y buen gusto, algo que siempre es de agradecer en un título como el que nos ocupa. A ello hay que sumar la espléndida realización videográfica de Ineta Sipunova, que nos ayuda a disfrutar sobremanera de esta cuidada puesta en escena.

Para este estreno escalígero el maestro Riccardo Chailly contó con voces sólidas que llevaron la función a un éxito apoteósico, como demuestra la reacción final del público milanés. La soprano uruguaya María José Siri compone una Butterfly contenida, perfectamente delineada en el aspecto vocal, pese a que podría esperarse un grado mayor de garra dramática en la línea de una Ermonela Jaho, la campeona indiscutible de este rol en la actualidad. Esas maneras contenidas y siempre equilibradas que definen a su caracterización, modélica a nivel de gestualidad expresiva, le vienen muy bien al carácter de la geisha japonesa. El americano Bryan Hymel como Pinkerton es un tenor de empuje, y ello lo demuestra con sus espectaculares agudos y volumen vocal, destinando sus mejores bazas canoras en el incandescente dúo de amor, pese a lo insulso de su personaje, aquí privado de su aria del último acto. 

De lo mejor de la función es el breve pero siempre jugoso papel de Sharpless encarnado por el barítono malagueño Carlos Álvarez, que realiza un dechado de maestría y experiencia interpretativa tanto vocal como escénica, aportando múltiples matizaciones a un personaje al que dota de una profunda humanidad no exenta de seriedad. El mayor lujo del reparto. La sensacional Suzuki de Annalisa Stroppa es otro de los grandes aciertos, su expresión dramática está altamente conseguida y da muchísimo juego en escena. Del resto del extenso elenco podemos destacar la comicidad inherente a su personaje del Yakusidé de Leonardo Galeazzi, la eficacia vocal del tenor Carlo Bosi como Goro y la espléndida expresión que da a sus escasas notas la mezzo Nicole Brandolino como Kate Pinkerton. 

El Coro del Teatro alla Scala realiza un trabajo irreprochable en sus breves intervenciones, y la batuta de Chailly, que conoce la partitura desde que la debutó en Chicago en 1974, es sencillamente excelsa y de referencia, pues es capaz de mantener a flote el drama evitando recrearse en un exceso de empalago, pero sí brindando todas las coloraciones tímbricas de la orquestación, haciendo fluir con naturalidad y ligereza la música de Puccini, máxime con el mérito y el riesgo añadidos de la versión primitiva. Puede haber ciertos detalles que gustarán más o menos al oyente, como ese dúo final del primer acto, donde parece recrearse hasta el embeleso; y algo que no decepciona es cómo prepara el culmen de la ópera, con un clima orquestal que subraya la agonía y genera una especial ansiedad en el oyente. En su conjunto, la magistral dirección de Riccardo Chailly sirve para consagrarlo como uno de los mejores defensores actuales de la causa pucciniana. Para dejarse llevar y disfrutar sin ambages de una versión que, además de su carácter de primicia absoluta, es plenamente recomendable.

Germán García Tomás