Madama Butterfly en Munich con Kristine Opolais: gran actriz con voz escasa

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Madama Butterfly en Munich con Kristine Opolais: gran actriz con voz escasa

Pude ver esta ópera en Munich el pasado mes de Febrero y el reparto vocal es prácticamente el mismo, cambiando la dirección musical. Aunque el resultado global no es muy distinto, hay algunos aspectos en los que me gustaría incidir, aunque no sea más que por poner en evidencia que soy un bicho raro, que en esta ocasión no comparte el veredicto popular.

Nuevamente, se ofrece la antigua producción de Wolf Busse, que se estrenara aquí en Junio de 1973, lo que es una longevidad verdaderamente excepcional. La producción no puede ser más tradicional, sin cambios de época ni lugar, y con una escenografía (Otto Stich) consistente en una casa japonesa con paneles móviles, que en el primer acto se sitúa en la parte izquierda y central del escenario, ocupando una gran parte del mismo, ofreciendo un precioso puente a la derecha, por donde entran en escena Cio Cio San, sus parientes y demás personajes. En los dos actos siguientes la casa ocupa todo el escenario, con la acción en el interior, mientras que en el primer acto la misma tiene lugar en el exterior. El vestuario (Silvia Strahammer) es adecuado tanto para orientales como para occidentales. La dirección escénica es muy tradicional y se limita a narrar la historia.

En la dirección musical hemos tenido en esta ocasión al milanés Daniele Callegari, que nunca me ha parecido un director que vaya más allá de la eficacia. Sin embargo, en esta ocasión su lectura me ha parecido bastante mejor de lo que yo esperaba, recreándose con brillantez en los momentos sinfónicos que Puccini puso en la partitura, especialmente el pasaje conocido como el Sueño de Butterfly. Es verdad que ha habido momentos en que ha abusado de volumen orquestal, pero esto ha tenido lugar especialmente en los pasajes en que no se cantaba. Se le puede acusar de haber tapado a la protagonista, pero creo que es bueno matizar que fue a la única que tapó, si exceptuamos el final del aria de Pinkerton, donde también hubo exceso de decibelios. La Bayerisches Staatsorchester volvió a ofrecer un sonido estupendo y me pareció también impecable la actuación de Coro de la Bayerische Staatsoper, especialmente en el precioso coro a boca cerrada.

Como en Febrero, la protagonista Cio Cio San era la soprano letona Kristine Opolais, que en Munich tiene un gran cartel y sus actuaciones se cuentan por éxitos populares. Tengo que decir que si en Febrero su actuación me resultó en parte decepcionante, la historia se ha vuelto a repetir, aunque venia preparado para ello. Simplemente, en esta ocasión su voz todavía me ha parecido más reducida que entonces.

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No cabe duda de que Kristine Opolais reúne una serie de cualidades que hoy son importantísimas para triunfar en el mundo de la ópera. A su atractiva figura, se une una bella voz y una calidad de actriz de las que no abundan. Para mí a estas cualidades hay que añadir un problema, consistente en que el tamaño de su voz es reducido y claramente insuficiente para hacer frente a Cio Cio San. En el primer acto resultaba en bastantes ocasiones inaudible y otro tanto, aunque algo menos, se puede decir del acto segundo. Se podrá decir que el maestro es el culpable de no que se le oyera debidamente, pero me gustaría decir que lo mismo ocurrió en Febrero y el maestro era entonces Stefano Ranzani, y que la que no daba la talla en volumen vocal era ella, ya que no había problemas para escuchar debidamente a Pinkerton ni a Suzuki. En el dúo de amor del primer acto, Kristine Opolais quedaba ensombrecida por Josep Calleja, que, por otro lado, no tiene lo que podríamos llamar un chorro de voz. Lo mismo ocurrió en el llamado dúo de las flores, donde Okka Von Der Demerau mostró una voz notablemente mayor que la de la protagonista.

Donde Kristine Opolais arrasó fue en el final de la ópera, ya que en su muerte salieron a relucir sus cualidades de actriz y tengo que decir que, como dirían los italianos, murió in bellezza. Ni Greta Garbo en sus mejores tiempos la podría superar en sus estertores finales.

Terminaré refiriéndome al famoso Re bemol de la entrada de Butterfly. Ya sé que dicha nota es optativa, pero no conozco ninguna soprano que, teniendo la nota, no la dé. Evidentemente, Kristine Opolais no la dio, aunque me gustaría añadir que en Febrero sí lo hizo, aunque de manera bastante sui generis.

Pinkerton fue Josep Calleja, que tenía que haber cantado en Febrero, pero canceló entonces su actuación. La interpretación del tenor maltés fue francamente buena, dando bien el aire chulesco del marino americano durante el primer acto, cantando con brillantez. Lamentablemente, pasó más que serios apuros en el aria Addio fiorito asil, donde bordeó el accidente vocal en la parte final, que no llegó con claridad al publico por el volumen que sacó en aquel momento Daniele Callegari.

Repetían actuación el barítono Markus Eiche en la parte de Sharpless, que lo volvió a resolver con profesionalidad y solvencia, y la mezzosoprano Okka Von Der Demerau, una Suzuki francamente buena.

Repetían los personajes secundarios, donde Ulrick Ress sigue sin convencerme en su interpretación de Goro. Lo hizo razonablemente bien Andrea Borghini como Príncipe

Yamadori, mientras que Goran Juric fue un adecuado Zio Bonzo. Bien, Marzia Marzo como Kate Pinkerton.

Nuevamente se colocó el cartel de No Hay Billetes. El público se mostró cálido con los artistas en los saludos finales. A escena abierta Un bel dí vedremo no entusiasmó, a juzgar por la reacción del público en los aplausos. En los saludos finales, ovaciones y bravos para Kristine Opolais y algo menos para Josep Calleja.

La representación comenzó con los consabidos 5 minutos de retraso y tuvo una duración total de 2 horas y 45 minutos, incluyendo un entreacto. Duración musical de 2 horas y 11 minutos, prácticamente igual que la lectura de Stefano Ranzani en Febrero. Seis minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 163 euros, habiendo butacas de platea por 91 euros. La entrada más barata con visibilidad plena costaba 39 euros. Las había también con visibilidad reducida por 11 euros.

José M. Irurzun