Madame Butterfly en la Bastille, una ópera en fotografía

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Madame Butterfly en Bastille
Madame Butterfly en la Bastille

La velada del sábado noche tuvo lugar, entre lentejuelas, el estreno de la reposición de Madame Butterfly  de Giacomo Puccini en la versión escénica de Robert Wilson, ya representada en Bastille en 1993. Todo el mundo parecía entusiasmado, con ganas de hacerse ver entre las autoridades presentes y los artistas. Un baile de vestidos y vestimentas originales que, en más de un caso, llamaban la atención e incluso arrancaban alguna sonrisa a los presentes.

Cuando la luz de la sala se atenuó, las conversaciones empezaron a extinguirse y cada uno buscó su asiento. La orquesta se puso en pie y empezaron a sonar los aplausos de los que tenían más visibilidad sobre el foso: Giacomo Sagripanti aparecía. Con gesto diligente se dirigió hacia el atril, recibió los aplausos con una elegante reverencia, se dio la vuelta, marcó la atención a la orquesta, elevó el brazo con gesto decidido y… todo empezó!

La Orchestre de L’Opéra National de Paris esa noche estuvo simple y llanamente brillante. ¡Qué placer poderla escuchar! Giacomo Sagripanti supo sacarle un abanico de colores increíbles.
La cuerda, con pasajes de dulzura extrema, y los metales, potentes y vigorosos, crearon una música llena de pasión.
Ella, la orquesta, como uno de los personajes protagonistas, supo estar a la altura de la obra, de su director y del teatro. No pudiéndose decir lo mismo de todos los cantantes.

La noche del sábado tuvimos el reparto siguiente: Ana María Martínez (Cio-Cio-San), Marie-Nicole Lemieux (Suzuki), Giorgio Berrugi (Pinkerton), Laurent Naouri (Sharpless), Rodolphe Briand (Goro), Tomasz Kumiega (il Principe Yamadori), Jeanne Ireland (Kate Pinkerton), Robert Pomakov (lo Zio Bonzo), Jian-Hong Zhao (Yakuside), Chae Wook Lim (il Commissario Imperiale), Hyoung-Min Oh (l’Ufficiale del Registro), Laura Agnoloni (la Madre di Cio-Cio-San), Carole Colineau (la Zia) y Sylvie Delaunay (la Cugina).

De entre todos ellos me gustaría destacar solamente a Marie-Nicole Lemieux (Suzuki) y a Laurent Naouri (Shapless). Marie-Nicole Lemieux , con una voz poderosa en un papel importante pero secundario, deja en evidencia la técnica de otros. Todos sus sonidos traspasan la orquesta con una redondez muy agradable y un vibrato muy natural que le ayuda a proyectar la voz rellenando toda la escena y la sala. Por el lado masculino encontramos a Laurent Naouri  quien, como Marie-Nicole Lemieux, demuestra lo importante que es tener una voz grande para un teatro como Bastille, y más si quien te acompaña es una gran orquesta que en los momentos más dramáticos va a darlo todo. ¡No puede ser que en la aria más célebre de toda la ópera (un bel di vedremo) no se escuche a la cantante! …como pasó este sábado. A él, por lo contrario, se le escucha muy bien y, con una voz profunda pero vibrante, da solemnidad a su personaje.
También mencionar al tenor Giorgio Berrugi quien, con un color de voz un poco estridente, hizo una actuación digna y audible.

Pero si en esta velada algo destacó, por encima de todo, fue la puesta en escena de Robert Wilson, que imagino no dejó a nadie indiferente. Considerado como uno de los más importantes escenógrafo de finales del siglo XX y de la actualidad, propuso para esta versión de Madame Butterfly una depuración total, minimalista, y estática de la escena y de los personajes. Hasta tal punto que no se utiliza ningún attrezzo: cuando se brinda hay que imaginar los vasos, la botella,… cuando se decora la casa con flores para que parezca primavera tenemos que imaginarnos las flores,…y la casa… ¡incluso el puñal con el que se suicida Cio-Cio-San está en nuestra imaginación!

Tal depuración llega también hasta los movimientos: todos ellos lentos, calculados y acordes con cada personaje. Esto crea en el espectador una sensación de lentitud y que, en vez de ver actores (cantantes) vivos y en directo, se vean estatuas que varían cada varios segundos dependiendo, en principio, de la trama del libreto. ¡Suerte que cantan!

En el fondo de la escena encontramos una gran pantalla blanca en la que se proyectan colores más o menos difuminados representando, en mi imaginación, los colores de un posible cielo. Todo ello hace que la ópera parezca una sucesión de bonitas fotografías, o postales, de un universo nipón ficticio, bastante tipificado y rígido, sin ninguna naturalidad.

La filosofía de esta escenografía se basa en procurar que el espectador pueda concentrarse al máximo en la música (para lo bueno y para lo malo). No obstante, creo que eso endurece mucho la dinámica de la obra, negándole toda flexibilidad. Pero para quien sí creo que es verdaderamente duro es para los cantantes, que a veces se pasan más de cinco minutos en una posición, con los brazos alzados, sin moverse;  …y con todo deben cantar.

David Farrés Fernández