Magnífica Juliette en Berlín con un estupendo Rolando Villazón

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Magnífica Juliette en Berlín con un estupendo Rolando Villazón
Magnífica Juliette en Berlín con un estupendo Rolando Villazón. Foto: Monika Rittershaus

Uno de los atractivos de esta temporada en Berlín era la nueva producción de esta poco conocida ópera de Bohuslav Martinu, cuyo resultadota sido un éxito, particularmente en los aspectos musical y escénico.

Me van a permitir una rápida pincelada sobre el compositor checo Bohuslav Martinu (1890-1959). Fue un compositor muy prolífico, habiendo escrito una parte importante de su obra en los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, de donde pasa en 1924 a Francia con ayudas del gobierno checo. En París fija su residencia y se casa hasta que la invasión alemana en 1941 le obliga a huir, ya que era perseguido por sus contactos con la resistencia checa. Finalmente, consigue establecerse en Estados Unidos, regresando a Europa tras el fin de la guerra, muriendo finalmente en Suiza. Entre su obra hay bastantes óperas, de las que hoy en día las representaciones son un tanto escasas, si bien en los últimos años no ha sido infrecuente ver en las programaciones de importantes teatros La Pasión Griega y Juliette, la ópera que ahora nos ocupa. Curiosamente, hace unos días se han representado en la Guildhall School de Londres otras dos ópera de Martinu, Ariane y Alexandre Bis.

En cuanto a Juliette, no es una ópera tan poco representada como parece, ya que recientemente se ha podido ver en Frankfurt, Zurich, en el Cosiseum de Londres, en Ginebra, en Bremen y en el Barbican londinense. La ópera está basada en la obra de teatro del francés Georges Neveux, que pertenece a la corriente del teatro surrealista. La trama se mueve alrededor del personaje de Michel, obsesionado por Juliette, mezclando continuamente realidad, recuerdos, deseos y ensoñaciones, contando con una partitura muy adecuada y atractiva. La ópera está escrita originalmente en francés y fue estrenada en Praga en 1938 en traducción al checo. La versión que ahora nos ocupa sigue el texto original francés.

Esta nueva producción lleva la firma del alemán Claus Guth. Como puede deducirse del contenido de la trama, no es nada fácil llevar a escena una obra de estas características. Tengo que decir que el trabajo de Claus Guth es espectacular, uno de los mejores trabajos escénicos que he visto en muchos años. La escenografía de Alfred Peter presenta un escenario en blanco y cerrado por los laterales y el techo en los dos primeros actos. Este cubo cerrado se convierte en el segundo acto en el bosque donde se citan los protagonistas, simplemente añadiendo unas plantas grandes en el centro. El último acto presenta un espacio vacío y oscuro en nebulosa donde deambulan los personajes. El vestuario de Eva Dessecker está traído a la época de composición y resulta adecuado, destacando poderosamente la iluminación de Olaf Freese, que hace un trabajo espectacular en el último acto.

Lo que destaca de manera excepcional es la dirección escénica de Claus Guth a lo largo de toda la ópera. Es un trabajo de un auténtico genio del teatro, un ejemplo de lo que se puede hacer con imaginación, buen gusto y respeto por libreto y música. La dirección de actores es espectacular en todos los casos, contando Claus Guth con la inmejorable colaboración de Rolando Villazón en la parte de Michel, un auténtico animal de escena.

No me cabe duda de que la recuperación de esta opera de Martinu ha tenido mucho que ver con la presencia de Daniel Barenboim como director musical de la Staatsoper. El resultado musical es espléndido en una ópera que no es fácil precisamente. Me temo que en otras manos el resultado sería muy diferente, pero Barenboim nos ha ofrecido una lectura magnifica de la ópera de principio a fin, contando con la colaboración de la siempre excepcional Staatskapelle Berlín, así como del Staatsopernchor, más bien reducido en esta ocasión.

Magnífica Juliette en Berlín con un estupendo Rolando Villazón. Foto: Monika Rittershaus
Magnífica Juliette en Berlín con un estupendo Rolando Villazón. Foto: Monika Rittershaus

Aunque es Juliette el personaje que da título a la ópera, el auténtico protagonista de la misma es Michel, el librero neurótico y desequilibrado, que está en escena de principio a fin de la ópera y prácticamente no para de cantar o recitar a lo largo de toda la ópera. Su intérprete ha sido Rolando Villazón y no exagero diciendo que resulta absolutamente insustituible en el personaje, tal es su identificación con él. Evidentemente, el mejicano es una sombra de lo que fue en términos vocales, tanto si nos referimos a su volumen vocal, como a su proyección o a la tesitura a su alcance. Sin embargo, no ha perdido ni un ápice de su calidad de artista en escena, con una enorme capacidad de transmitir emociones al público. El rol es muy central, lo que le permite superar la prueba vocal, ofreciendo una interpretación inolvidable.

Juliette era la mezzo soprano checa Magdalena Kozena y lo hizo bien, con una voz atractiva y bien manejada, además de ser una buena intérprete. De todos modos, cualquiera palidecería ante la prestación de Villazón en escena.

El resto de personajes son secundarios y en muchos casos los cantantes interpretan varios de ellos. Todos fueron bien cubiertos.

El tenor americano Richard Croft lo hizo bien como Comisario y Cartero, así como de Oficial de la Oficina Central de los Sueños en el último acto. El contratenor alemán Thomas Lichtenecker se ganó las simpatías del público con su interpretación del Joven Árabe. El veterano Wolfgang Schöne cumplió bien en el Viejo Árabe y otros pequeños papeles. Bien también Elsa Dreisig y Adriane Queiroz en sus episódicas intervenciones. Lo mismo se puede decir de los bajos Arttu Kataja y Jan Martinik en sus distintos personajes. Adecuado, Florian Hoffmann como Maquinista en el último acto.

El Teatro Schiller ofrecía una ocupación de alrededor del 90 % de su aforo. El público dedicó un triunfo a Daniel Barenboim y a la orquesta, además de a Rolando Villazón.

La represtación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 3 horas y 17 minutos, incluyendo dos largos intermedios. Duración musical de 2 horas y 17 minutos. Siete minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 90 euros, habiendo butacas de platea desde 48 euros. La localidad más barata costaba 30 euros. ¡Qué diferencia de calidad y precio con Der Kaiser von Atlantis la semana pasada en el Teatro Real!

José M. Irurzun