Manon Lescaut. Puccini. Sevilla

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Sola, perduta, abandonatta

Libreto: Domenico Oliva, Giulio Ricordi, Giuseppe Giacosa, Luigi Illica y Marco Praga.

Dirección Musical: Pedro Halffter. Dirección de escena e iluminación: Didier Flamand. Vestuario: Christian Gasc. Escenografía: Thierry Flamand. Director del coro: Íñigo Sampil. Reposición de la puesta en escena: Jeoffrey Bourdenet. Intérpretes: Ainhoa Arteta (Manon Lescaut), Walter Fraccaro (Caballero Renato des Grieux), Vittorio Vitelli (Sargento Lescaut), Stefano Palatchi (Geronte de Ravoir), Andrés Veramendi (Edmondo), Alberto Arrabal (Tabernero/Sargento de arqueros), Manuel de Diego (Maestro de baile/Farolero), Alexandra Rivas (Músico), Jorge de la Rosa (Comandante de la Marina). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza. Teatro de la Maestranza, domingo 8 de diciembre de 2013.

La temporada del Teatro de la Maestranza acogió con éxito la representación de Manon Lescaut de Puccini en la versión escénica de Didier Flamand, una reposición de la puesta en escena del estreno de esta joya del belcanto, acaecido en el Teatro Regio de Turín el 1 de febrero de 1893. La bondad escénica del montaje se puso al servicio de un elenco de voces desigual, en el que destacaron los protagonistas Ainhoa Arteta, Walter Fraccaro y Vittorio Vitelli, voces que se vieron reforzadas por el magnífico trabajo de Pedro Halffter al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.

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Mucho ha llovido desde aquel primero de febrero en que Puccini, por fin, obtenía el éxito deseado con su versión del drama pasional de Manon Lescaut, novela dieciochesca escrita por el Abate Prévost que ya había visto la escena operística de la mano de Massenet. Y sin embargo, pese al paso del tiempo, el montaje escénico recuperado y revisado por Didier Flamand sigue siendo válido y efectista a ojos de un público del siglo XXI. La estructura episódica de la novela fue aprovechada por Puccini para hilvanar cuatro actos desgajados de la trama que se centran en la construcción psicológica de unos personajes entregados inevitablemente a la fuera del deseo y la pasión humana. A partir de esta organización, cada uno de los cuatro actos se configura como un episodio escénico independiente, recreando magníficamente la Puerta de París en Amiens, un palacio suntuoso del París rococó, el puerto de Le Havré al amanecer o un desértico páramo americano. En estos escenarios se desatarán los anhelos de la heroína, Manon Lescaut, una mujer de conducta reprobable que, sin embargo, es ensalzada por la música de Puccini como un espíritu libre entregado al amor verdadero. Gran acierto escénico el establecer dos planos de acción, que contribuyen a dinamizar las escenas de una ópera que, salvo en su último acto, presenta un considerable número de artistas sobre el escenario. Gran trabajo, también, el del coro y los figurantes, muy veraces en sus caracterizaciones y acciones de conjunto.

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De entre todas las voces solistas hay que destacar la grandeza de Ainhoa Arteta, una soprano de considerables recursos vocales puestos al servicio de una dramaturgia y expresividad excepcionales. Su caracterización como Manon Lescaut fue espléndida; si bien en lo vocal hubo momentos más fríos, en lo interpretativo bordó un papel complejo por su ambigüedad de afectos y emociones, oscilando entre la frivolidad y la pasión desatada o entre el arrepentimiento y la desesperación en función de las necesidades dramáticas del libreto. Sobrecogedor fue la agonía y desfallecimiento en el acto final, en la que estuvo magníficamente arropada por Walter Fraccaro, un partenaire  cuya intensidad dramática y calidad interpretativa fue en aumento a lo largo del drama.

 

Es inevitable que la única voz femenina  del elenco protagonista se lleve gran parte de la atención, más siendo un papel tan señalado y subrayado como la Manon de Puccini. Sin embargo, no hay que despreciar el apoyo psicológico y musical de otros personajes, cuya responsabilidad interpretativa es igualmente reseñable. El sargento Lescaut, hermano de la heroína, es de una presencia continua durante los tres primeros actos, siendo su importancia más notable en el segundo; el barítono Vittorio Vitelli desempeñó muy notablemente este rol, conjugando la soltura sobre el escenario con un timbre vocal muy interesante y bien modulado a las necesidades del personaje. También es destacado, aunque dentro de la modestia de su papel, el trabajo realizado por el bajo Stefano Palatchi encarnando al tesorero general Geronte, amante de Manon y verdugo por despecho.

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En definitiva, podemos decir que Manon Lescaut triunfó en la Maestranza en una producción sobresaliente en lo escénico y con luces y sombras en lo vocal, pero en su conjunto muy del agrado del público, haciendo justicia a una partitura digna de permanecer en el repertorio que, no en vano, se consagró como una de las favoritas de su creador.

Gonzalo Roldán Herencia