Maometto II. Rossini. Roma

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En el Teatro Dell´Opera de Roma, donde los conflictos ajenos a lo artístico han sido durante los últimos años una constante, cada tarde de ópera parece celebrarse con el entusiasmo propio de las grandes ocasiones. Estos días podemos asistir en Roma a la representación de la ópera en dos actos de Rossini, Maometto II, estrenada en el teatro San Carlos de Nápoles en 1820. La orquesta titular del teatro está dirigida por el maestro Roberto Abbado, sobrino del desaparecido Claudio Abbado, y cuenta con la puesta en escena de Pier Luigi Pizzi, estrenada ya en Venecia en 2005.

Maometto II, uno de los últimos títulos de la etapa napolitana del genio de Pésaro, es una ópera para soprano lírica de coloratura (Anna) y barítono cantante (Maometto), que encuentran réplica vocal en una mezzo sopranil (Calbo) y un tenor lírico ligero (Paolo Erisso). Todos tienen frente a sí páginas verdaderamente desafiantes, con arias de entrada de estilo napolitano y una serie larguísima de dúos, tríos y cuartetos; además de una parte final en la que, tras el esfuerzo realizado, se les exige un canto rico en agilidades, pero que debe abordarse con intención e inteligencia, tratando de hacer algo creíble una trama de escaso relieve. Tres personajes masculinos, pues, que rodean a la verdadera protagonista vocal de la ópera, la soprano (el papel de Anna fue estrenado por la cantante española Isabella Colbrán).

El libreto de Cesare della Valle plantea de nuevo el dilema entre la fidelidad a la patria y a la familia y el impulso irreprimible de un amor que, en este caso, ni siquiera se presenta como verdadero (Anna ama a Maometto porque  este se hizo pasar por un noble veneciano). Deshecho el engaño (en la primera escena) nada queda por descubrir. El final fatal de Anna, que elige morir como un acto simbólico de amor a la patria, resulta tan poco creíble que su inmolación en escena apenas tiene efecto dramático, por inútil y previsible. Ante este material, Pier Luigi Pizzi pone su inteligencia y su conocimiento del género a trabajar, y configura una arquitectura en ruinas que gira sobre sí misma (alegoría poco original pero elocuente de lo que pasa sobre las tablas). Poco le queda al director de escena italiano sino aportar un soporte estable a un argumento débil; y  un entorno limpio para una música que no necesita de mayores adornos.

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Entre las voces femeninas, la soprano letona Marina Rebeka fue la gran triunfadora, pues presenta una Anna muy sólida en lo vocal. Supo poner color y voltaje dramático para que el personaje no se ahogara en un marasmo de agilidades vocales. Dio la impresión de encontrarse en una gran forma vocal, y supo imponerse a la partitura. La mezzo Alisa Kolosova, pese a anunciarse con problemas de salud, cantó con seguridad  durante el primer acto. Su actuación brilló especialmente durante la escena segunda, donde se puso a prueba la flexibilidad de la voz. Su efectividad en los ataques y su musicalidad, junto con su timbre oscuro y mate de voz del este, fueron muy celebrados, si bien la voz se fue agostando conforme avanzaba el segundo acto, hasta llegar exangüe al final del aria con cabaleta Non temer: d´un basso affetto.

El barítono Roberto Tagliavini supo poner en valor su frescura y presencia escénicas. En combinación con un timbre oscuro y limpio, el resultado fue un Maometto creíble por guerrero, amante e impulsivo. En el papel de Paolo Erisso (padre de Anna) se presentaba en Roma el tenor argentino Juan Francisco Gatell, al que los aficionados madrileños pudieron ver la temporada pasada interpretando al Ferrando del Cosí fan tutte de Cambreling/Hanekke. En Roma se enfrentó a un papel que exige mucho en lo vocal, cuajando una interpretación elegante y matizada, sensible con la música, aunque la voz no tuvo su mejor tarde, y tropezó puntualmente. El artista está, y la voz tiene mucho margen de mejora.

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Tras más de tres horas de un belcanto romántico que tenía los días contados, la afición romana parecía pedir más. Y es que es difícil encontrar tedio cuando tras cada diálogo se descubre a un Rossini que en 1820 aquilataba su arte de hacer música con la voz humana. Aunque esta vez la partitura (esa guirnalda vocal) no sigue una lógica teatral clara (como en El barbero, o Semirámide), Rossini lleva al espectador a un punto de credulidad total. Así, el que asiste a esta ópera comulga con una trama irrelevante, por amor de su orquestación sabrosísima y la belleza de sus números vocales. Pese a los esfuerzo de Pizzi, quizá sería recomendable en el futuro ofrecer el título en versión concierto.

@CarlosJavierLS

Carlos Javier López Sánchez

Roberto Abbado (Director musical), Pier Luigi Pizzi (Escena y vestuario), Roberto Gabbiani (Maestro del Coro)

Orquesta y coro del TEATRO DELL’OPERA. Puesta en escena del Teatro La Fenice di Venezia

Juan Francisco Gatell (Paolo Erisso), Marina Rebeka (Anna) Alisa Kolosova (Calbo), Enrico Iviglia (Condulmiero), Roberto Tagliavini (Maometto II), Giorgio Trucco (Selimo)En el Teatro Dell´Opera de Roma, donde los conflictos ajenos a lo artístico han sido durante los últimos años una constante, cada tarde de ópera parece celebrarse con el entusiasmo propio de las grandes ocasiones. Estos días podemos asistir en Roma a la representación de la óperaen dos actos de Rossini, Maometto II, estrenada en el teatro San Carlos de Nápoles en 1820. La orquesta titular del teatro está dirigida por el maestro Roberto Abbado, sobrino del desaparecido Claudio Abbado, y cuenta con la puesta en escena de Pier Luigi Pizzi, estrenada ya en Venecia en 2005.

Maometto II, uno de los últimos títulos de la etapa napolitana del genio de Pésaro, es una ópera para soprano lírica de coloratura (Anna) y barítono cantante(Maometto), que encuentran réplica vocal en una mezzosopranil (Calbo) y un tenor lírico ligero (Paolo Erisso). Todos tienen frente a sí páginas verdaderamente desafiantes, con arias de entrada de estilo napolitano y una serie larguísima de dúos, tríos y cuartetos; además de una parte final en la que, tras el esfuerzo realizado, se les exige un canto rico en agilidades, pero que debe abordarse con intención e inteligencia, tratando de hacer algo creíble una trama de escaso relieve. Tres personajes masculinos, pues, que rodean a la verdadera protagonista vocal de la ópera, la soprano (el papel de Anna fue estrenado por la cantante española Isabella Colbrán).

El libreto de Cesare della Valle plantea de nuevo el dilema entre la fidelidad a la patria y a la familia y el impulso irreprimible de un amor que, en este caso, ni siquiera se presenta como verdadero (Anna ama a Maometto porque  este se hizo pasar por un noble veneciano). Deshecho el engaño (en la primera escena) nada queda por descubrir. El final fatal de Anna, que elige morir como un acto simbólico de amor a la patria, resulta tan poco creíble que su inmolación en escena apenas tiene efecto dramático, por inútil y previsible. Ante este material, Pier Luigi Pizzipone su inteligencia y su conocimiento del género a trabajar, y configura una arquitectura en ruinas que gira sobre sí misma (alegoría poco original pero elocuente de lo que pasa sobre las tablas). Poco le queda al director de escena italiano sino aportar un soporte estable a un argumento débil; y  un entorno limpio para una música que no necesita de mayores adornos.

Entre las voces femeninas, la soprano letona MarinaRebeka fue la gran triunfadora, pues presenta una Anna muy sólida en lo vocal. Supo poner color y voltaje dramático para que el personaje no se ahogara en un marasmo de agilidades vocales. Dio la impresión de encontrarse en una gran forma vocal, y supo imponerse a la partitura. La mezzo Alisa Kolosova, pese a anunciarse con problemas de salud, cantó con seguridad durante el primer acto. Su actuación brilló especialmente durante la escena segunda, donde se puso a prueba la flexibilidad de la voz. Su efectividad en los ataques y su musicalidad, junto con su timbre oscuro y mate de voz del este, fueron muy celebrados, si bien la voz se fue agostando conforme avanzaba el segundo acto, hasta llegar exangüe al final del aria con cabaleta Non temer: d´un basso affetto.

El barítono Roberto Tagliavini supo poner en valor su frescura y presencia escénicas. En combinación con un timbre oscuro y limpio, el resultado fue un Maomettocreíble por guerrero, amante e impulsivo. En el papel de Paolo Erisso (padre de Anna) se presentaba en Roma el tenor argentino Juan Francisco Gatell, al que los aficionados madrileños pudieron ver la temporada pasa interpretando al Ferrando del Cosí fan tutte deCambreling/Hanekke. En Roma se enfrentó a un papel que exige mucho en lo vocal, cuajando una interpretación elegante y matizada, sensible con la música, aunque la voz no tuvo su mejor tarde, y tropezó puntualmente. El artista está, y la voz tiene mucho margen de mejora.

Tras más de tres horas de un belcanto romántico que tenía los días contados, la afición romana parecía pedir más. Y es que es difícil encontrar tedio cuando tras cada diálogo se descubre a un Rossini que en 1820 aquilataba su arte de hacer música con la voz humana. Aunque esta vez la partitura (esa guirnalda vocal) no sigue una lógica teatral clara (como en El barbero, o Semirámide), Rossini lleva al espectador a un punto de credulidad total. Así, el que asiste a esta ópera comulga con una trama irrelevante, poramor de su orquestación sabrosísima y la belleza de sus números vocales. Pese a los esfuerzo de Pizzi, quizá sería recomendable en el futuro ofrecer el título en versión concierto.

@CarlosJavierLS

Carlos Javier López Sánchez

 

Roberto Abbado (Director musical), Pier Luigi Pizzi(Escena y vestuario), Roberto Gabbiani (Maestro del Coro)

Orquesta y coro del TEATRO DELL’OPERA. Puesta en escena del Teatro La Fenice di Venezia

Juan Francisco Gatell (Paolo Erisso), Marina Rebeka(Anna) Alisa Kolosova (Calbo), Enrico Iviglia(Condulmiero), Roberto Tagliavini (Maometto II), GiorgioTrucco (Selimo)