Maravilloso «Bajazet» en el Theater an der Wien.

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«Bajazet» en el Theater an der Wien. Por Federico Figueroa

Un sótano, antiguamente una bodega del Mercado de la Carne en el centro de Viena, a pocos minutos andando desde la catedral de San Esteban. Ahí está situada la sala denominada Kammeroper (Ópera de Cámara) que funge como segunda sede del Theater an der Wien. La mayoría de las veces para representar óperas en versión concierto y otras, como es el caso de esta nueva producción, con el aparato al completo de lo que es una puesta en escena, haciendo de la necesidad virtud en el pequeño espacio disponible. La sala es un cajita de música, preciosa y adecuadísima para, por la cercanía con el escenario, sentirse parte de la representación. Así me sucedió con esta función del pasticcio vivaldiano titulado Bajazet. La percepción artística y estética de una obra de estas características con el espíritu de hoy, donde se persigue la originalidad y es delito la utilización de música de otros como nuestra, hace conveniente señalar que en los tiempos de Vivaldi era algo común reutilizar música propia o de otros para nuevas obras. Sin embargo, la elaboración de un popurrí como lo es este Bajazet era un complejo proceso para poder alcanzar la eficiencia en varios niveles. Vivaldi estrenó el pasticcio en 1735 en Verona y, además de componer los recitativos y algunas arias de nuevo cuño, utilizó música de otras ópera suyas (Il Giustino, Semiramide, Motezuma, L’Olimpiade, Griselda y Farnace) y de otros compositores, como Johann Adolf Hasse (Siroè, Re di Persia) y Geminiano Giacomelli (Merope) y Riccardo Broschi (Idaspe). Pero lo hizo de manera tan inteligente que Bajazet es el ejemplo paradigmático de ópera vivaldiana.

Bajazet en el Theater an der Wien. Foto © Herwig Prammer
«Bajazet» en el Theater an der Wien.   Foto © Herwig Prammer

Esta nueva producción del Theater an der Wien (en la Kammeroper) representa el debut en Viena del director de escena polaco Krystian Lada. Su propuesta escénica sitúa la acción en un estudio de grabación en el que los intérpretes del registro sonoro se dejan la salud mental para meterse en la piel de los personajes que interpretan. El espacio escénico fue aprovechado al máximo con una escenografía polivalente, firmada por Didzis Jaunzems, que sacó todo el jugo posible a las pequeñas dimensiones del escenario. El vestuario (Natalia Kitamikado) y el diseño de iluminación (Franz Tscheck) cumplieron con lo supuesto para estas cuestiones aunque pudieron subrayar varias de las líneas que desde el movimiento de actores se intuían. Esa noche se anunció la no comparecencia por enfermedad del contratenor Rafał Tomkiewicz (Tamerlano), eliminando sus arias pero manteniendo los recitativos de los que se hizo cargo el director musical. Un elenco de calidad homogénea, todos jóvenes plenos de energía, se entregaron como un solo aliento a la construcción de una gran representación. El barítono Kristján Jóhannensson fue un contundente y atormentado Bajazet. A su potente instrumento, bien timbrado y utilizado, suma una gran presencia escénica. La mezzosoprano Sofia Vinnik como su hija Asteria, mostró una redonda y cálida vocalidad, capaz de darle los tintes dramáticos que exige el segundo y tercer acto. La soprano Valentina Prataeva deslumbró en todas sus intervenciones. Su bello timbre y musicalidad fueron evidentes para salir airosa en las agilidades de “Qual guerriero in campo armato”, compuesta para Farinelli, y llevarse la primera gran ovación de la noche. El tenor Andrew Morstein se encargó del príncipe griego Andronico con grandes dotes de actor. Si bien parece que tiene un instrumento de gran calidad, la emisión es extraña haciendo que el su registro agudo, después del pase de la voz, sea una calidad inferior. La que se llevó el gato al agua fue la soprano Miriam Krutowatz como Idaspe, el personaje de menor importancia en la obra, por su bellísimo timbre, facilidad para las agilidades y elegancia en el canto, todo ello acompañado por un estupendo desenvolvimiento escénico. Se ganó una salva de aplausos con “Nasce rosa lusinghiera” y al final de la función fue la más ovacionada. Roger Díaz-Cajamarca dirigió el Bach Consort Wien con refinamiento y control de todos los colores, de la articulación y los pequeños matices para subrayar los afetti de las arias (y los concertantes de final de cada acto) que Vivaldi & Friends compusieron.

"Bajazet" en el Theater an der Wien. Foto © Herwig Prammer
Otra imagen del «Bajazet» en el Theater an der Wien. Foto © Herwig Prammer

Al inicio de la representación se anunció la enfermedad y no comparecencia del contratenor. La situación actual, con tantas trabas a la movilidad por la pandemia, hace entendible que no se encontrara un sustituto para el inusual personaje de Tamerlano. Mucho agradecimos al director musical su prestancia para, con bella voz de contratenor, se encargara de los recitativos. Sin embargo me pareció llamativo que el “hueco” en el trazo escénico y las posiciones de Tamerlano frente al resto del elenco, no fuera ocupada por un actor o el asistente de escena. Era extrañísimo ver a Asteria decir que estaba a los pies de Tamerlano, gesticulando al vacío. Aún con este traspié, la representación de este Bajazet ha sido, desde todo punto de vista, sensacional.


Ficha artística: Wiener Kammeroper. Bajazet, de Antonio Vivaldi (música) y Agostino Piovene (libreto); con Kristján Jóhannesson (Bajazet), Rafał Tomkiewicz (Tamerlano), Sofia Vinnik (Asteria), Andrew Morstein (Andronico), Valentina Petraeva (Irena), Miriam Kutrowatz (Idaspe), Sebastijan Geč (El monstruo de Bajazet). Bach Consort Wien. Dirección musical: Roger Díaz-Cajamarca. Dirección escénica: Krystian Lada. Crítica correspondiente al miércoles 7 de octubre de 2020.