María José Montiel en el Teatro de La Zarzuela

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María José Montiel en el Teatro de La Zarzuela
María José Montiel en el Teatro de La Zarzuela. Foto: Universidad de Navarra

Apoteósico recital de María José Montiel en el Teatro de la Zarzuela de Madrid: «Concierto desde el alma»

María José Montiel nos tiene acostumbrados a que cada uno de sus recitales –bien con piano, bien con orquesta– transcurra como un ritual. Todo ritual implica un cambio que apela a lo sagrado, convirtiéndolo en algo vivo, latente y contingente; todo ello para que proyectemos nuestro alocado mundo con metáforas más o menos bellas, comprensibles y gratificantes.

Así, Montiel consigue que el alma del oyente viaje y encuentre lo ignoto; su secreto, una manera de cantar monumental, serena, que ofrece múltiples lecturas y significados, sorprendentemente muy bien captadas por cada uno de los congregados en torno suyo, en el rito. Es como si fuera una sacerdotisa, una potnia o señora en trono mediterránea, de Sicilia o de Magna Grecia. Siempre he pensado que Montiel es la encarnación viva de una de estas bellísimas esculturas… En este sentido, ella en sí es puro mediterráneo.

Montiel, a pesar de contar en su quehacer profesional con excelentísimas grabaciones, hay que escucharla en directo: forma parte del rito. Pocas veces una voz puede llegar a tanto, ya que muy pocos cantantes asumen su profesión como un proceso ritual, desde el alma. Así es también María José Montiel, universo musical complejo, rico, con una técnica vocal prodigiosa y madura, plagado de matices trascendentales, incluso místicos.

«Concierto desde el alma» hay que entenderlo desde estas encrucijadas. El recital, benéfico, estuvo organizado por el Centro de Investigación Médica Aplicada de la Universidad de Navarra (CIMA). El Teatro de la Zarzuela estaba lleno y la cantante nos obsequió con un programa de música francesa y española realmente exquisito.

La primera parte estuvo dedicada a la ópera francesa. Montiel no es sólo una de unas paradigmáticas Carmen (1875) del momento. Es también Dalila (Samson et Dalila, Saint-Säens, 1877), Dulcinea (Don Quichotte, Massenet, 1910), Charlotte (Wether, Massenet, 1892) y Mignon, la gitana de la ópera homónima de Thomas (1872).

«Connais-tu le pays» de esta última ópera encabezó el recital bajo el atento y exquisito piano de Miquel Esterlich. Desde el primer momento se percibió potencia canora de la cantante, y que en parte ya hemos mencionado. Sin duda, su voz es exclusiva en cuanto al control y el dominio técnicos, voz con mucho cuerpo, muy aterciopelada y de armónicos infinitos. El color se mantiene en todo momento brillante y temperamental, y el fraseo, el portamento y los pianos son realmente sorprendentes. Siempre he pensado que la voz de Montiel es libertaria, como lo eran las heroínas que ella encarna. Su Mignon es contundente, puro éxtasis y vuelo.

Siguieron la Chanson espagnole de Ravel (1909) y En Sourdine del mallorquín Jaume Mas Porcel con texto de Verlaine (Miquel Esterlich es uno de los grandes conocedores de la obra de este interesantísimo compositor formado en Francia, del que grabó su integral para piano). Ambas canciones muestran ese incesante flujo estético entre las músicas francesa y española que se produjo en la primera mitad del siglo xx; su interpretación puso de manifiesto un timbre intacto, tanto en tesituras graves como agudas.

La belleza en la interpretación de la Élégie de Massenet (1872) sirvió para que Montiel, a través de filados sublimes, nos trasladara a espacios soñados de duelo y de encuentro con las corrientes simbólicas vinculadas al mundo antiguo, tan de moda en la Francia de la segunda mitad del siglo xx y que culminaron con Chausson, Debussy y Ravel.

La segunda parte del concierto estuvo dedicada a la música española. Tanto la Saeta en forma de Salve a la virgen de la Esperanza como la Farruca de Turina (de 1930 y 1927 respectivamente) fueron oración, eco anímico y rito. Un Turina ya maduro afincado en Madrid, conocedor en extremo de la música europea y buscando la identidad de la españolidad a través de lo popular –como Falla, recorridos vitales similares–. Destacó una farruca con un control de la columna de aire realmente magistral y una emisión homogénea y brillante, muy a la española aun de herencia francesa, sin duda.

El ciclo de canciones de García Abril, «Lo ha dicho una estrella», «Verde es la niña» y «¿Dónde cantan los pájaros que cantan?», estrenado este mismo año por la mezzosoprano, son de una belleza y juventud sorprendentes. García Abril acaricia con su composición los textos de Juan Ramón Jiménez, y encontramos una melodía que se desenvuelve sobre un piano muy bien elaborado desde el punto de vista armónico. Todo un ejemplo de estilo y de juventud de uno de nuestros más importantes compositores vivos.

Como vivo sigue Falla. El recital acabó con «El paño moruno», la «Nana» y la «Jota» de las Siete canciones españolas de 1914. Puede considerarse a Montiel una de sus más interesantes intérpretes.

Con María José Montiel en el Teatro de La Zarzuela más sorprendente fue poder atisbar, dentro de su homogeneidad técnica y su versatilidad, la capacidad de la cantante para adoptar uno u otro estilo. No cabe duda de que si se canta desde el alma –que sirva la «Nana» de Falla como ejemplo–, el estilo emana fresco, exultante e íntimo.

La ovación final fue atronadora. El ritual hizo efecto en la inefabilidad de cada uno de los congregados.

Francisco Quirce