María José Montiel y Miquel Esterlich triunfan en el Palau de la Música de Valencia.

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María José Montiel y Miquel Esterlich triunfan en el Palau de la Música de Valencia.

La sociedad filarmónica de Valencia sabe programar. No hay más que echar un vistazo a su cómoda e intuitiva página web para comprobarlo. Programa novedad, motivación y riqueza, no porque sea joven, ella, sino porque sabe lo que se debe hacer tras 120 años de existencia. Comentaba el maestro García Abril después del concierto de María José Montiel y Miquel Esterlich que, cuando comenzó sus estudios de música en Valencia, la Filarmónica era aire fresco y cosmopolita que azuzaba las mejores músicas del cambio de siglo y la primera mitad del siglo xx.

En febrero de 2014 ya estuvo Montiel con la Filarmónica en un recordado festival de arpa junto con Luisa Domingo. Propuesta de dúo poco habitual pero muy efectiva sin duda, que cautivó a todo el público filarmónico por su elegancia, seriedad, exquisitez y femineidad.

Un año más tarde vuelve María José Montiel, esta vez con el piano de Estelich, seguro y dialéctico. La primera parte del programa estuvo centrado en dos compositores muy conocidos por todos y muy vinculados a los afectos de Montiel: Montsalvatge (1912-2002) y García Abril. Del primero se escucharon las Cinco canciones negras (1946) la Nana que él concibió para este ciclo, aunque no se editó con el resto de canciones. Montiel borda este ciclo, que parece que brota de su propia piel. Es sorprendente la facilidad que tiene de cambiar de carácter y estilo, la calidad de canto, sublime, y con una técnica inigualable que hace que el terciopelo de su timbre oro ondee por el espacio con tanta riqueza de armónicos, tanto color de caleidoscopio. Nada es vano… ni el sentir materno de la «Canción de cuna para dormir a un negrito» ni el calor rítmico y sincopado del «Canto negro». Es realmente impresionante. La sexta canción, Nana, también de 1946, emocionó al público y a la propia Maria José con un canto amatorio de filados únicos, libres e infinitos, soberbios.

Esta Nana, curiosamente poco interpretada pero habitual en el repertorio de la diva, fue dedicada por el propio compositor a la cantante. Lo mismo que el maestro Antón García Abril ha dedicado sus Tres canciones sobre poemas de Juan Ramón Jiménez que se estrenaban en esta ocasión. De todos es conocida la complicidad artística existente entre García Abril y Montiel, que ha cantado buena parte de su repertorio vocal. Especialmente exquisita la tercera canción, «¿Dónde cantan los pájaros que cantan?», todas transmitieron un García Abril lleno de ideas y de creación, joven e inagotable, un piano que es verso como las letras de Juan Ramón y las melodías inventadas. Francamente bellas. La ejecución de Montiel fue contundente y muy generosa en el afecto. Algo realmente maravilloso. Sin duda ha sido un recíproco honor para ambos artistas esta estrecha y fructífera colaboración.

La segunda parte del programa, dedicado a la canción y la ópera francesas de la segunda mitad del siglo xix y comienzos del xx, fue una cascada de arte genuino; con Ravel, Debussy, Porcel y Hahn Montiel fue libre, muy libre. Arriesga en sus versiones, algo que sólo los grandes cantantes pueden hacer. Los portamentos de la mezzo son impresionantes, y los utilizan en los momentos más insospechados, generando en el público respuestas inefables, muy anímicas y plagadas de alegorías. El recital cerró con el «Aria de las lágrimas» de Werther de Massenet y «Mon coeur s’ouvre à ta voix», de Samson et Dalila de Saint-Saëns: sin lugar a dudas, la mezzo madrileña es una de las intérpretes a nivel mundial más soberbias de estos dos roles, Charlotte y Dalila. Y más de uno lloró con este bello final.

El recital culminó con tres propinas: la «Habanera» de Carmen, el tango El día que me quieras y Ai qué linda moça de Ernesto Halffter (imposible no recordar a Victoria de los Ángeles en la interpretación de esta sublime canción) ¿Cómo es posible cantar en estilo con tan heterogéneo panorama? Sólo una grandísima cantante puede asumir estos riesgos.

Francisco Quirce