Medellín, sus teatros y una Traviata discreta.

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La segunda ciudad de Colombia ha tenido una larga vida musical y una audiencia fiel, entusiasta y emprendedora.  Por estar ubicada en la ruta andina que unía del Perú con Cartagena de Indias y el mar Caribe, por ella pasaron las diferentes compañías musicales y ha tenido, desde la década de 1830, diferentes espacios arquitectónicos para la representación teatral que, partir de 1864 la ópera y zarzuela se hizo más frecuente. En el siglo XX se levantaron el Teatro Bolívar, —que fue usado tanto para cine y como para la lírica— con gran sala, elegantes palcos e imponentes telones y escenario. Un hito en la historia de los teatros de la ciudad fue el Teatro Junín construido en 1924 por el arquitecto belga Agustín Goovaerts, hermoso edificio cuya demolición aún hoy se lamenta. Hoy en día la ciudad tiene tres escenarios habilitados para la representación musical: el teatro de la Universidad de Medellín —que tiene una muy limitada silletería demás de ser de prioritario uso universitario—, el Pablo Tobón Uribe y el Metropolitano José Gutiérrez Gómez. Infortunadamente, ninguno de ellos tiene la infraestructura que se requiere para que la apropiada puesta en escena de obras de gran envergadura musical y el segundo como el tercero tienen gravísimos problemas acústicos. Cabe señalar que la mayoría de estos sitios se han levantado gracias a la entusiasta participación de la sociedad e industria antioqueña, siempre interesada en dotar de lo mejor posible a la llamada “bella villa”. 

En esta temporada la Fundación Prolírica de Antioquia —que cumple 25 años de fundada y es dirigida artísticamente por Elisa Brex Bonini— presentó en el Teatro Metropolitano de Medellín La traviata, dentro de la ya tradicionalTemporada Internacional de Zarzuela, Opereta y Ópera, Ciudad de Medellín. 

Esta ópera de Verdi, como buena obra maestra del género,  resiste estoicamente todo. Se sostiene por sí sola, independientemente de quienes la representen. No cabe duda que su fascinación crece si está servida con buenos medios. No fue este el caso. Lo visto no decepcionó ni entusiasmó y ahí está el verdadero peligro: caer en el aburrimiento. Una serie de detalles concatenados esa noche dañaron el brillo que se esforzaron en darle otros de los muchos elementos que se concentran en una producción operística. Entre los negativos, lo primero que puedo señalar fue la nueva propuesta escénica del creador argentino Guillermo Brizzio. Su visión de corte clásico rayano en lo rancio dejó bastante que desear. La lectura musical del maestro José Luis Camisón tampoco pasó del decoro. Los tiempos lentos de la obertura, sin matices ni contrastes, se prolongaron hasta el final de la obra. A lo largo de la representación la densidad sonora aportó tensión pero también hizo sufrir a más de unos de los solistas obligándoles a cantar en forte para no ser “tapados” por la orquesta. 

Entre lo positivo estuvo la pasión con la que los solistas —todos— lo dieron todo. Violeta fue la soprano surcoreana radicada en Nueva York Angela Jihee Kim, y en el reparto estuvieron como Alfredo Facundo Muñoz, como Giorgio Omar Carrión, Melissa Medina fue Anina, Katherine Serrano y Camilo Manrique, entre otros.

Juan De Gira