Meyer y Tebar hechizan con Weber y Mendelssohn

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Meyer y Tebar hechizan con Weber y Mendelssohn
Meyer y Tebar hechizan con Weber y Mendelssohn

Siguiendo con el ciclo Mendelssohn para conmemorar el 210 aniversario de su nacimiento, el maestro Ramón Tebar volvió a tomar la batuta para dirigir a la Orquesta de Valencia y al colectivo de voces femeninas del Coro Nacional de España, en una de sus obras más emblemáticas «El sueño de una noche de verano». Combinó el programa con la obertura de «Oberon» de Weber que tanta relación argumental tiene como la obra de Shakesperare a la que puso música el compositor de Hamburgo y el concierto para clarinete y orquesta, asimismo de Weber, que supone la mayoría de edad del instrumento solista y que fue interpretado por la excepcional clarinetista Sabine Meyer.

Uno le tiene una especial simpatía a la obertura de «Oberon», obra póstuma de su autor, y que la banda municipal de Castellón interpretaba con frecuencia en tiempos del inolvidable maestro Eduardo Felip, que fue el primer mentor musical de este comentarista, que no pudo estar más satisfecho con la esmerada versión de Ramón Tebar. Fantasiosa, contrastada, llena de sutilezas e énfasis en todos y cada uno de los temas que aborda, pertenecientes a las arias más destacadas de la ópera y el cuarteto de los protagonistas. Intenso el tema del cuerno mágico de Oberón que abre la página, seguido del de los cellos sensorial y lírico, que la batuta remató con una anacrusa tan resolutiva como precisa, para dotar de intensidad al allegro subsiguiente. Muy preciso y ambiental el fugado y la recapitulación, dando la sensación que cambiaba el tiempo de dos a cuatro, cuando el metro siempre fue binario, para cuajar una coda tan radiante como definida.

Sabine Meyer que embelesó con su calidad de instrumentista al mismísimo Karajan, que la quería entre sus huestes berlinesas, ofreció la más sensitiva versión que imaginarse pueda del primer concierto para clarinete de Weber, arropada por una orquesta que sin perder discurso propio, supo acompasarse al sonido diáfano y mórbido de la solista y a su criterio sugestivo y novelesco. El contracanto de los cellos en el tema de apertura del primer movimiento fue la referencia inicial de ese sensitivo idilio sonoro. Tebar, reputado como gran director de ópera, dejó cantar a la Meyer en el melódico tema a compasillo del clarinete del segundo tiempo (aunque no llega al postulado divino del Adagio de Mozart) en el que se recreó con delectación, arrullada por una sección de cuerdas sedosas y el dúo, con axioma de coral, con las trompas, que parece preludiar el «Freistchütz». Muy ágil y radiante, el clarinete respondido por un tutti rotundo y brillante que no privó a la solista de arpegiar a placer en el tercer tiempo, en un derroche de virtuosismo, no exento de musicalidad, así como de acaramelarse en el segundo tema de ensoñado melodismo. La batuta en el postrer movimiento marcó a dos con precisión, con una dicción especial para los contratiempos a fin de intencionar el ritmo danzable que plantea la partitura. Los aplausos atronadores hicieron que Sabine Meyer correspondiera con una propina que no pudo ser más conveniente ni interpretada con más primor, un arreglo del Scherzo del quinteto para clarinete de Weber, dirigiendo ella misma a una orquesta que la secundó con sutileza camerística.

Se ofreció en la segunda parte la versión narrada de «El sueño de una noche de verano» de Mendelssohn, que tuvo ambientalidad aérea, jovialidad, sentido lúdico, fantasía y seducción galana, contando con una orquesta en estado de gracia que llegó a patentizar sonoridades irreales, un coro rico en sutilezas y canto aéreo, ambiental y diversificado en cada compás y una batuta impecable, inspirada y visionaria que no patentizó, en modo alguno, los escasos ensayos que ha tenido con instrumentistas y voces, por tener que alternar la actuación valenciana con una «Bohème» en la Staatsoper de Viena. Antes bien, hubo fluidez, precisión, impagables contrastes y singularmente embeleso. Hasta los rebuznos de Bottom, de la tuba fueron aplaudibles. Elogios también para la soprano Carmen Avivar y la mezzo Marina Rodríguez Cusí, que dieron vida, con imaginativa e ingeniosa sutileza, al dúo de hadas.

Se ha dicho que se ofreció la versión con narradora de esta partitura de Mendelssohn, pensada para acompañar la representación escénica de la homónima obra teatral de Shakespeare, ante la corte del rey Federico Guillermo IV de Prusia. Empar Canet, se encargó de la narración —como en ocasiones hizo el malogrado buen amigo Fernando Argenta— cumpliendo con dignidad su cometido, por más que convendría hacer alguna puntualización, al margen de la actitud sobreactuada. Aunque la asistenta del maestro Tebar, desde una ubicación «ad hoc»,  le indicó a la actriz todas las entradas, sería interesante que ésta leyera música porque en los momentos en que la orquesta esparcía, como en los compases finales, un ambiente volátil y atmosférico, la voz amplificada, y no especialmente sutil, desvencijaba la atmósfera que encandilaba la sala.

Antonio Gascó