El mundo de las palabras de María Moliner se convierte en ópera en La Zarzuela

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El mundo de las palabras de María Moliner se convierte en ópera en La Zarzuela
El mundo de las palabras de María Moliner se convierte en ópera en La Zarzuela

El mundo de las palabras, la sonoridad, la musicalidad de las palabras. El significado de las palabras. Alguien diría hoy posiblemente algo así como la filosofía de las palabras. Pero es que la palabra condiciona nuestra vida, la palabra es la esencia misma del vivir, del comunicarse. La palabra tiene una hondura, una profundidad a la que hay que acercarse con humildad, pero con esa inquietud imprescindible para entenderla. Y eso es lo que hizo María Moliner, a lo largo de toda su vida, convertida en sacerdotisa de la palabra, intentando beber su contenido, saciándose con lo que la palabra encierra en sí misma.

Tarea enorme, tremenda. Porque la palabra tiene que reflejarse ordenadamente y por eso en María aparece la clave sin la cual nada hubiera sido posible: la concepción, desarrollo y nacimiento del diccionario. De esta forma la mujer inteligente, culta, brillante y al mismo tiempo humilde y sencilla, pasa a la inmortalidad después de asumir una tarea inmensa, sin apenas medios, salvo su voluntad férrea, su convencimiento de lo que estaba haciendo y que desemboca en uno de los momentos claves de nuestra cultura. Pero claro, María Moliner tenía que ser ninguneada, por la cultura– ¿cultura?- oficial, por los prejuicios imperantes, por ese estúpido complejo de la pretendida superioridad masculina. Ella fue un ejemplo de tesón, de superación de dificultades, de trabajo bien realizado, sin medios, sólo con su enorme talento, su laboriosidad y su capacidad. Que no son malas credenciales.

Este personaje tan atractivo, este personaje que se derrama en su formidable Diccionario, es el que ha movido a una libretista, Lucía Vilanova, a un músico, Antoni Parera Fons y a un formidable director de estena como Paco Azorín, para llevar a cabo la meritoria tarea- casi habría que decir heroica- de estrenar una ópera. Y hacerlo desde la solvencia, desde el trabajo bien hecho.

Hay varios aspectos que quiero tocar de pasada, pues no es bueno prolongar demasiado un trabajo o comentario crítico. La atractiva figura de doña María Moliner se me antoja especialmente difícil para llevarla a escena, pues no concentra la serie de condicionamientos dramáticos que tradicionalmente confluyen en una ópera. Ello puede llevarnos al estatismo, a la falta de tensión escénica que indudablemente también puede repercutir en la música. El talento del escenógrafo ha hecho posible que esas carencias dramáticas se hayan visto compensadas con una puesta en escena espectacular, sencilla pero de una enorme eficacia, consiguiendo además unos movimientos de figurantes y de intérpretes absolutamente logrado.

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Me ha gustado y mucho la música. Estructurada la obra con un prólogo y dos actos divididos en diez escenas, tanto en lo puramente dramático como en lo musical, hay algunas diferencias. Tres cantantes dan vida al almanaque que deja paso a cada una de las escenas. No está mal ideado esto, aunque a veces se corre el peligro de romper un poco el equilibrio de toda la trama escénica. Pero hay algunas de las diez escenas aludidas que adolecen de una cierta premiosidad ampliamente compensada con la belleza y el atinado pulso que aparece en otras. La música es muy descriptiva en algunos momentos y siempre está dotada de un interés sugestivo, de una belleza formal que habla de un compositor con ideas vigorosas y, sobre todo, con una fuerte personalidad que no se deja influencia por modas ni por ismos. Es la música que él cree que debe envolver la trama y pienso que acierto de pleno. En algunos momentos la belleza de la partitura es absoluta. A riesgo de ser demasiado personal en mi planteamiento me quedo, sobre todo, con el idílico momento de la escena séptima donde lo personal, el amor de los dos protagonistas, el amor que se vuelca en la carta al hijo ausente, entra decididamente en el alma de los protagonistas y consigue la complicidad del público. Otro momento que me parece brillantísimo, con su hondo contenido satírico, es la escena séptima donde se caricaturiza- pienso que con razón- a los académicos, conjurados para evitar que una mujer -¡una mujer, santo Cielo!- pueda entrar en el cerrado reducto académico. La formidable, y breve, actuación de Joan Pons como Sillón B de la docta casa, llena el escenario de credibilidad a pesar de lo caricaturesco y de verdad. Y el final, auténtica culminación con la hermosísima intervención de coros y con esa María desvaneciéndose, apagándose, mientras las letras,, grandes protagonistas de la historia, se amalgama y se dispersan y parecen haberse vuelto locas. Qué momento más logrado musicalmente. O el prólogo con ese teclear de la vieja máquina de escribir. O la sugestiva aparición de las cuatro escritoras – de distintas épocas,- que aspiraron a ser académicas, y que van a influir en la protagonista. Muy bien trazados, literaria y musicalmente, estos personajes que no son sino Isidra de Guzmán y de la Cerda, Emilia Pardo Bazán, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carmen Conde que al fin logró que se la admitiera en la Academia.

Y capítulo de intérpretes. No he visto la actuación de María José Montiel, porque en la función del día 19 el papel protagonista lo asumió Cristina Faus. He escuchado encendidos elogios sobre lo que hizo la señora Montiel, lógicos habida la calidad de esta cantante. Pero en la función del 19, María Moliner estuvo encarnada por una excelente Cristina Faus, de hermosa y cálida voz, de una buena escuela de canto y siendo una intérprete muy afortunada acercándonos al personaje, a esa doble faceta de mujer enérgida en su trabajo, y de una exquisita dulzura de carácter. Muy bien en todo momento, ante una obra que es una verdadera prueba de fuego para la protagonista. Una actuación redonda y sin mácula. José Julián Frontal es un interesante barítono que dio la réplica de forma acertada a la protagonista. Voz cálida, con una buena emisión, mantuvo en todo momento una buena linea interpretativa. Como también Sebastiá Peris, que daba vida al personaje de Goyanes. El resto del reparto estuvo muy bien, con sobriedad pero al mismo tiempo con una gran eficacia. Sandra Fernández, en doble papel, Celia Alcedo, María José Suárez, Lola Casariego, Gerardo López , David Oller y Toni Marsol, sin olvidar la excelente aportación que hizo el gran Juan Pons, como Sillón B.

Vestuario, iluminación, diseño de video y movimiento escénico brillaron a gran altura colaborando al éxito de esta representación. Los coros estupendos y la orquesta sonó muy convincente conducida por un experto y siempre eficaz Víctor Pablo Pérez.

Es de justicia felicitar al Teatro de la Zarzuela por esta apuesta valiente que nos ha dado la ocasión de admirar a un buen músico como Parera Fons y que ha venido a demostrar que se puede escribir ópera hoy en día. Buena prueba ha sido esta María Moliner, que ha contado con el justo favor del público.

José Antonio Lacárcel