Nabucco en Las Palmas, entre el grito y el buen canto

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Nabucco en Las Palmas, entre el grito y el buen canto
Nabucco en Las Palmas, entre el grito y el buen canto

Me parece que si el único legado de Verdi fuesen las nueve óperas anteriores a Macbeth (1847, ampliada y reorquestada en 1865), el lugar del compositor en la historia del género sería mediocre. Nabucco es la tercera en fecha (1842) y reúne todos los tópicos del tiempo, entre ellos un inflado aliento épico mezclado con ritmos mundanos y una concepción primaria de la melodía dramática y la modulación armónica, cuyo desarrollo en la madurez describe una genialidad absolutamente indiscutible. En aquellos «años de galera» esperaban los públicos y exigían los empresarios el entretenimiento que hoy suministran el cine y la televisión. Con la excepción del celebérrimo coro Va pensiero, impregnado de ardor pariótico, casi toda la partitura  de Nabucco se atiene a la convención de los números autocontenidos, arias dobles y concertantes del anterior belcantismo.

El asunto va de guerras de religión (bastante actuales) e incluye armas de destrucción masiva (de la musicalidad y de los tímpanos) como son los gritos desaforados de las damas en el agudo fortissimo. En el primer acto fueron singularmente perturbadores los de la soprano Anna Pirozzi y la contralto Agustina Smimmero, dos artistas que, por suerte, demostraron después su saber musical al dejar de lado la mala práctica que ha dado a este título fama de «matasopranos». Pirozzi estuvo magnífica desde la cavatina del segundo acto. Su bella voz ajustó la potencia en detalles refinados de dinámica y legato, bellos filados y técnica cantable de alto nivel. La Smimmero construyó a su vez una Fenena comedida y de calidad, sin dejar dejar de lucir firmeza y volumen en su extensa tesitura. 

La mejor y más completa prestación en este Nabucco en Las Palmas fue la del barítono Juan Jesús Rodríguez en el rol titular: un Nabucodonosor modélico por el poder y la intensidad del canto, el virtuosismo tesitural, la belleza del color perfectamente timbrado y la idoneidad actoral en los registros bélicos y después patéticos del personje. En la memoria de todos, su antològico Yago de hace dos años. Muy profesional y entonado el bajo Carlo Colombara, aunque con problemas vocales. Y honestamente entregado el tenor Khachatur Badalyan, quizá demasiado lìrico entre tantas voces dramáticas.

El joven maestro Francesco Iván Ciampa dirigió con mucho ritmo y energía (pasado a veces de velocidad), logrando buen ajuste foso-escena y respuesta idónea de la Orquesta Filarmònica de GC con una partitura que es pan comido para su veteranía. La producción escénica, procedente del Auditorio de Tenerife (¡bien por los intercambos!) es interesante y acredita ambiciòn innovadora en el diseño de Antonio Mastromattei. Pero el motivo principal, cuatro enormes pilares giratorios en la zona media del espacio, acaban siendo visuamente monótonos y estorban la perspectiva del fondo. El Coro de la Opera cantó admirablemente la famosa invocaciòn nacionalista, aunque la ovación prematura chafó su largo y bien regulado morendo final. Pero el conjunto sigue desequilibrado. Cuando las damas entonan fuerte -con cierta rasposidad en ocasiones- desaparecen las voces masculinas. Muy estimable, sin embargo, la valentía de la maestra Olga Santana en la diversidad de una obra tan coral.

El público aplaudió con frecuencia y braveó el final. Siempre con justicia.

G.García-Alcalde