Netrebko y Kwiecien triunfan en Oneguin en Munich, a pesar de Warlikowski

49
Netrebko y Kwiecien triunfan en Oneguin en Munich, a pesar de Warlikowski
Escena de Oneguin en Munich. Foto: Wielfried Hösl

Hoy he podido salir satisfecho del teatro. Ese rarísimo ingrediente, tan necesario en la ópera, que se llama emoción ha estado presente en una última escena para el recuerdo, gracias a dos artistas excepcionales. Musicalmente, las cosas han funcionado mejor que el día anterior, aunque la producción escénica no pasa de ser un capricho de su autor y nada se pedería si uno se quedara con los ojos cerrados durante buena parte de la ópera.

La producción se debe al polaco Krzysztof Warlikowski, que se estrenara en este teatro y entre sonoros abucheos en Octubre de 2007. Me temo que, de haber estado presente en aquella ocasión en Munich, me habría unido al coro de indignados. Producción más o menos minimalista, con un escenario en forma de sala cerrada por paredes, desde la que puede verse el exterior y con unos poco elementos escénicos, en forma de sillas y camas, que sirven para cambiar el ambiente de las distintas escenas. La escenografía y el vestuario son de Malgorzata Szczesniak y la iluminación se debe a Felice Ross.

La acción se trae a tiempos modernos, más concretamente a 1969, ya que en la escena de la carta de Tatyana se ve la retransmisión de la llegada del hombre a la Luna. La producción de Warlikowski se centra en la supuesta homosexualidad de Oneguin y Lenski, que acaba resultando cargante. En la primera escena Warlikowski nos sitúa en la casa de Larina, en la que parece que hay una celebración con una especie de karaoke, mientras los hombres juegan al billar en la habitación de al lado. La escena de la habitación de Tatyana se consigue simplemente oscureciendo el escenario. En aras a una supuesta modernidad, se cambia la escritura de la carta por la grabación de una cinta. La fiesta de cumpleaños de Tatyana se desarrolla en la misma habitación, no faltando un número de striptease de boys. Hasta aquí estamos ante una producción moderna, que no produce especial rechazo.

A partir de la escena del duelo Warlikowski hace su propio espectáculo. El mencionado duelo no es tal, sino que la escena tiene lugar en la habitación de un motel, con Lenski y Oneguin en la cama y la presencia de Saretski, que no se sabe que hace allí. Los dos amigos están ahora disgustados y Lenski finalmente decide ir a por su amigo, que está en la cama, despojándose de la camisa, pero recibe un disparo de Oneguin, cuando empieza a desabrocharse el cinturón. A partir de ahí, nos encontramos en una especie de manicomio, en el que parece estar recluido Oneguin, quien tiene alucinaciones y recuerdos, que es en lo que consiste el último acto, en el que la famosa Polonesa sirve para el desfile de una serie de travestidos, mientras el coro canta fuera del escenario. La escena final tiene lugar también con los protagonistas en la habitación.

Como siempre digo, las producciones pertenecen a dos categorías, buenas o malas. La que nos ocupa está entre las últimas. Tchaikovski sin emoción ni pasión no tiene sentido y esto es exactamente lo que consigue el señor Warlikowski.

La dirección musical corrió a cargo del británico Leo Hussain, cuya lectura me ha parecido notablemente mejor que la que pudimos escuchar en Lucia di Lammermoor el día anterior. La dirección de Leo Hussain me pareció delicada, matizada y muy cuidada durante la primera parte de la ópera, más o menos hasta el final del segundo acto. En el último acto la trama se hace más dramática y aquí pudo faltar más carga de emoción por parte del director británico. Lo que no hizo en ningún momento fue molestar a los cantantes. Nuevamente, pudimos disfrutar de la calidad de la Bayerisches Staatsorchester, mientras que el Coro de Bayerische Staatsoper tuvo una buena actuación.

El reparto vocal ofrecía dos figuras de excepción en los personajes principales y el resultado ha sido francamente bueno. Pocas veces he asistido a una escena tan cargada de emoción como la última de esta ópera, en la que los protagonistas lo bordaron en todos los aspectos.

Escena de Oneguin en Munich. Foto: Wielfried Hösl
Escena de Oneguin en Munich. Foto: Wielfried Hösl

El personaje que da título a la ópera fue interpretado por el barítono polaco Mariusz Kwiecien, que tuvo una muy convincente actuación a lo largo de toda la ópera, particularmente en las dos últimas escenas. Su voz es muy adecuada al personaje, muy bien manejada y es un más que notable intérprete escénico. Pocos, si es que alguno, pueden comparársele hoy en el personaje.

Tatyana era Anna Netrebko, indudablemente el auténtico polo de atención de estas representaciones. Pocas veces se ha dado en la historia de la ópera la conjunción de una voz bellísima, una cualidad de actriz excepcional, unidas a una figura atractiva y un magnetismo indudable. En este mundo nada se regala y no es casualidad que la soprano rusa esté donde está.

Muchas veces se ha escrito sobre la necesidad de dos sopranos distintas para el personaje de Vloleta. No suele hacerse tanto en el caso de Tatyana, pero la verdad es que este personaje tiene dos partes totalmente distintas, pasando de la jovencita soñadora de los dos primeros actos a la mujer consciente de su estado y responsabilidad del último acto. Anna Netrebko fue una Tatyana-mujer insuperable, que nos dedicó una última escena que tardaré en olvidar. Simplemente, fascinante escénica y vocalmente. No diré lo mismo de su Tatyana-adolescente, ya que no puede resultar igualmente creíble, aunque brillara con luz propia en la famosísima escena de la carta. Seguramente, ella no lo sepa, pero el día anterior era Santa Ana, y mereció por partida doble todas las felicitaciones, a las que uno la mía. ¡Felicidades, Anna y por muchos años!

Lenski fue interpretado por Pavol Breslik, que volvía al escenario de Munich tras su Edgardo del día anterior. Todos los aficionados conocen que el momento clave de este personaje es la famosa aria Kudà, kudá que precede al duelo. El aria es un bombón y pide a gritos un gran cantante. El eslovaco lo hizo estupendamente, como cabía esperar. Sigo pensando que le falta más peso vocal en algunos momentos de la ópera, especialmente en el concertante que cierra la fiesta de la casa de Larina.

En esta producción y de modo sorprendente el intérprete del Príncipe Gremin dobla como el episódico personaje de Saretsky. Fueron interpretados por Günther Groissböck, un lujo en este último personaje y de voz un tanto abaritonada en el aria de Gremin. Para mí este personaje requiere un auténtico bajo y Groissböck es más bien un bajo-barítono, aunque sea un excelente cantante.

Alisa Kolosova lo hizo bien, sin brillo especial, en la parte de Olga. Madame Larina fue interpretada por Heike Grötzinger, un tanto destemplada, mientras que Elena Zilio lo hizo bien en Filipievna. El tenor Ulrich Ress dejó que desear en los couplets de Mr. Triquet.

El Nationaltheater estaba a reventar con importante demanda de entradas en los alrededores del teatro. El público se mostró muy complacido con el resultado del espectáculo, dedicando un triunfo incuestionable a Anna Netrebko y prácticamente otro tanto a Mariusz Krwiecien. El grupo de travestidos, tras la famosa Polonesa, fue sonoramente abucheado.

La representación comenzó con los habituales 5 minutos de retraso y tuvo una duración de 3 horas y 5 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 27 minutos. Catorce minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 132 euros, habiendo butacas de platea desde 74 euros. La localidad más barata con visibilidad plena era de 30 euros. Llaman la atención estos precios en comparación con los de Lucia di Lammermoor del día anterior o los que se aplican en Manon Lescaut, pero todo tiene su explicación. En un principio y con entradas a la venta, este Oneguin iba a contar con la presencia de Kristine Opolais, mientras que Anna Netrebko sería la protagonista de Manon Lescaut. Pasados unos meses, la Netrebko decidió que no incorporaba el personaje a su repertorio y se llegó a la solución de cambiar sopranos, pasando Opolais a acompañar a Jonas Kaufmann en la ópera de Puccini y Anna Netrebko al personaje de Tatyana.

José M. Irurzun