Novena de Mahler de la Filarmónica de Viena en Nueva York

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Filarmónica de Viena en Nueva York
Filarmónica de Viena en Nueva York

Michael Tilson Thomas (MTT) dirige a la Filarmónica de Viena en el Carnegie Hall de Nueva York. Sala llena, es la Novena de Mahler.

Tilson Tomas es el director de la Sinfónica de San Francisco. Probablemente el mejor director de orquesta americano de hoy. Dirige a la Filarmónica de Viena, no al revés. Los de Viena no son de los que se dejan hacer. La batuta no le tiembla.

La Novena de Mahler tiene su profundidad. Es conveniente no ahogarse. El primer movimiento sonó directo al tuétano, sin almíbar. La línea orquestal, ensanchada, abundaba en melismas. Los concertantes son rotundos, ciertos, punzantes. Los violines estuvieron por la labor, cambiantes y dúctiles bajo Tilson Thomas. Mucho misterio y mucha magia. Brillo sin impurezas. MTT quiso el primer movimiento más adagio que andante. Delicadísimo.

Segundo movimiento. MTT se remanga. Muy activo en los acentos, subraya y corrige. El gesto, cierto; el pulso, acertado. Los vientos, protagónicos, se prodigaron en sonoridad y tino. Walter Auer, flauta, acuchilló el auditorio con una frase en crecendo.

Tercer movimiento. Rondó-burlesco. Muy destilado. El brillo deja de deslumbrar un momento y suena hasta expresivo. MTT se pelea con la Filarmónica de Viena para extraer emoción de la perfección y calor de la asepsia. No hizo falta. La línea era tan tersa y la entonación tan fiel que Mahler inspiraba en los chelos y expiraba en las violas. La música se expandía por el Carnegie Hall rica, exultante. Miradas cómplices entre Rainer Honeck, concertino, y  Tobias Lea (violas). El final del tercero fue un vórtice irresistible, de precisión incontestable.

Cuarto movimiento. La primera frase de la orquesta fue pura belleza. Jugo y pulpa, sonido encarnado. MTT no permite el fallo en el contrapunto y busca la profundidad. El viento metal sonó seguro en las disonancias, aunque con un vibrato poco terso. Había poesía. Dominaba, no obstante, un lirismo germánico, apabullante por su belleza pero poco pegadizo. Al final del movimiento, MTT le soltó la rienda a la Filarmónica de Viena. Tan solo se encargó de mantener la pulcritud. Los músicos elevaron entonces el discurso a alturas. Saben mantener una nota suspendida en el silencio y reinsertarla luego, tersa y fresca, en el discurso. El finale, como el resto de la sinfonía, fue más muscular que etéreo, más artesanía que alquimia.

El Carnegie Hall de Nueva York parece un auditorio de pueblo cuando toca la Filarmónica de Viena. Michael Tilson Thomas fue más árbitro que artífice. Todo inevitable.

CARLOS JAVIER LOPEZ