Orphée et Eurydice en La Valeta

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Orphée et Eurydice en La Valeta. Foto: Photocity
Orphée et Eurydice en La Valeta. Foto: Photocity

El precioso Teatro Manoel, una joya arquitectónica del siglo XVIII inserta en el corazón de la capital de Malta, ha presentado por primea vez en este país mediterráneo la obra más difundida de Christoph Willibald Gluck. La nueva producción es parte de los espectáculos del BOV Festival de las Artes Escénicas y ofrece la versión que Hector Berlioz elaboró y estrenó en 1859 la cantante Pauline Viardot en el personaje epónimo. Felizmente estas funciones han encontrado un equipo de artistas, en el foso y sobre el escenario, fusionados en un concepto claro. Ambas lecturas nos sitúan en el tardo-romanticismo, más específicamente en la época victoriana.

La propuesta escénica de este Orphée et Eurydice en La Valeta, firmada por Denise Mullholand, no requiere de un gran aparato técnico, concentrándose en un detallado acabado teatral. La mínima escenografía (una guirnalda gigante colgante que gira sobre si misma, dos sillas, cortinajes en blanco y negro) de Pierre Portelli fue suficiente para evocar los lugares a los que Orfeo visitará en su viaje al mundo de los muertos, mientras que el vestuario diseñado por Luke Azzopardi situa, con más o menos fortuna, la acción en la época victoriana. Acertado y sencillo el diseño de iluminación (Chris Gatt) y maravillosas y potentes las coreografías de Mavin Khoo. Mullholand conjugó estos elementos con un buen quehacer teatral y consiguió transmitir con claridad el sentimiento de desesperado abandono de Orfeo. La Orquesta Filarmónica de Malta se adaptó perfectamente al estilo romántico insuflado por Berlioz y tuvo en el maestro Philip Walsh a un concienzudo director. Su lectura, con tempi rápidos, ofreció un tejido sonoro natural del que obteníamos imágenes suaves, sin renunciar a secciones más ásperas y expansivas, por ejemplo en las danzas de inframundo. La mezzosoprano  

Orphée et Eurydice en La Valeta. Foto: Photocity
Orphée et Eurydice en La Valeta. Foto: Photocity

Hadar Halevy (Orphée) y Gillian Zammit (Eurydice) ofrecieron una interpreteación musical y actoral justa y sensata. Halevy es un heroico enamorado que bajará al inframundo para rescatar a su amada, su viaje parece desde la butaca más introspectivo que real. Su oscura y lustrosa voz sirve perfectamente al personaje, a pesar de alguna tirantez en el registro agudo, y a la partitura. La soprano, de delicioso timbre, ofrece una toque petulante de la incrédula esposa. Los aplausos, casi obligados, al final del “J’ai perdu mon Eurydice” cantado por Halevy, también fueron nutridos para las intervenciones de Zammit. La joven soprano Francesca Aquilina mostró entrega y sinceridad como Amor. Su voz, con un vibrato que le resta atractivo, no siempre la mantuvo bajo control en el volúmen, perdiendo el hilo de la lectura orquestal, sin mayor incidencia en su sobresaliente visión de cojunto de su personaje clave. 

La claridad del relato base y la estética elegida para contarlo al público fueron muy apreciados, a juzgar por los aplausos finales a todos los artistas. No es para menos, pues hoy día abundan propuestas que se extravían en el proceloso mar de visiones intelectuales. En el Teatro Manoel hemos visto un espectáculo sencillo, inteligente y bello. Y además muy bien servido desde el foso.

Federico Figueroa