Orquesta de la Radio Bávara en Nueva York. La última noche de Mariss Jansons y el fiasco de Diana Damrau

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Mariss Jansons (foto: Peter Meisel) y Diana Damrau (foto: Jiyang Chen)
Mariss Jansons (foto: Peter Meisel) y Diana Damrau (foto: Jiyang Chen)

Durante el mes de noviembre prosigue el trasiego de grandes orquestas en el Carnegie Hall. El pasado viernes fue el turno de la Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara. El conjunto alemán aparecía a las órdenes de Mariss Jansons en un programa dedicado a Richard Strauss en la primera parte, y con la Cuarta de Johannes Brahms como plato fuerte tras el descanso.

Desde el comienzo del concierto pudo verse que algo no iba del todo bien. Antes de interpretar la Cuatro Interludios Sinfónicos a partir de la ópera Intermezzo de Richard Strauss, un retraso desusado en la entrada de los músicos hizo que cundieran los rumores entre los espectadores. Es conocida la frágil salud del director de orquesta letón, y el retraso no presagiaba nada bueno. Apareció finalmente Jansons por una de las grandes puertas que dan acceso al escenario. Diminuto, muy disminuido físicamente, Jansons avanzó trabajosamente hasta colocarle sobre el podio. Emoción en la sala, la leyenda lo había conseguido, empezaba la música.

La orquesta de la Radio Bávara, BRSO por sus siglas en inglés, es un preciso mecanismo de relojería. Sus músicos supieron capturar la expresividad de la partitura de Richard Strauss. El secreto puede que resida en el ritmo exacto y en la manera en la que Jansons transfigura cada motivo orquestal, enlazando frases con discreta elegancia. Suena así la BRSO briosa y extrovertida, sin descontrolar la línea ni descolocarse. Mediante la economía en el gesto obligada por los años, Mariss Jansons corregía lo justo  para mantener el equilibrio tímbrico, y poder ensanchar el sonido al máximo sin perder finura ni dicción. El resultado es una música que se paladea y sabe al Strauss más vital. Destacaron los dos interludios finales, Am Spieltich y Fröhlicher Beschluss, de amable domesticidad, netamente bávara, con un Jansons discreto apoyándose en las espléndidas prestaciones de sus músicos. Un sonido lujoso, entero, limpio, involuntariamente aristocrático.

Eran muchos los que esperaban la aparición de la soprano alemana Diana Damrau interpretando las Cuatro Últimas Canciones de Richard Strauss. Aunque se trata de una obra que no termina de acomodarse a la tipología vocal de la Damrau, su acercamiento lingüístico al texto y el brillo de su agudo son alicientes suficientes para anticipar una versión estimable de las canciones.

Por desgracia, la cantante anunció padecer un fuerte catarro que disminuía considerablemente su canto. Así fue: los viajes y el primer día de frío de verdad en el inusualmente cálido  otoño neoyorkino hicieron presa en su garganta. Sin embargo, Damrau decidió cantar. Y como cantó, debemos contarlo aquí. Desde los primeros compases de Frühling hasta la nocturnal Im Abendrot, la soprano estuvo comatosa y acomodaticia, marcando tan solo las notas más comprometidas y salvando únicamente la afinación. Con el centro disminuido, los agudos tirantes, notas bajas inaudibles, la soprano navegaba la partitura con entereza guerrera. Pero muchos pensamos que debería haber cancelado para ahorrar al Carnegie Hall la lastimosa experiencia de su escucha.

A su lado, un Mariss Jansons artesanal y pictórico parecía recobrar su juventud. Estuvo colaborador el letón, reduciendo al mínimo el volumen orquestal para hacer audibles lo estertores de la Damrau. Soberbio como siempre sonó el primer violín, el polaco Radoslaw Szulc, líder indiscutible de la BRSO.

En la Cuarta Sinfonía de Brahms, la BRSO no bajó el listón en precisión ni afinación. La pieza se convirtió en una ocasión inmejorable para bucear en su elevada sonoridad, en pos de detalles expresivos. Aunque los dos primeros movimientos sonaron sobrios y recurrentes, el mimo de Jansons aportó la calidez justa al academicismo de Brahms. El scherzo de desarrolló en medio de una inquebrantable uniformidad, la orquesta no corrió ningún riesgo, lo que dejó una sensación de irremediable rutina. Los automatismos cesaron en el cuarto movimiento, en el que la orquesta encontró un discurrir más orgánico y aparecieron figuras que rompían la frialdad de los movimientos anteriores. Pese a que el viento metal parecía deslizarse por momentos hacia frases algo especulativas y desdibujadas, la orquesta halló en las manos de Jansons la certidumbre necesaria para atacar las frases con decisión; y en su perfección tímbrica, el sustrato de una interpretación incontestable.

El esfuerzo de orquesta y director se vio premiado por una cálida ovación del Carnegie Hall. Aunque visiblemente cansado, Jansons regaló como propina una poderosa interpretación de la Danza Húngara Número 5. La contemplación de la perfección tonal, la densidad sonora y la crudeza en la articulación de la línea sirvió como colofón impagable al concierto y también como epítome de la aproximación de estos músicos a la obra de Brahms.

Con tristeza pero sin sorpresa comprobamos cómo Mariss Jansons se vio obligado a cancelar su aparición en el mismo escenario al día siguiente. Confiamos en que una pronta recuperación le permita volver a ponerse a los mandos de la BRSO.

Carlos J Lopez