I Pagliacci. Teatro de Saint Louis

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Fantasía, dice la Real Academia de la Lengua Española, es aquel “grado superior de la imaginación; la imaginación en cuanto inventa o produce”. Según el diccionario Oxford: “the faculty or activity of imagining impossible or improbable things”, es decir, la facultad o actividad de imaginar cosas imposibles o improbables.

Sendos conceptos han provocado que muchas historias fantásticas de la literatura plasmadas en el teatro o en la ópera sean consideradas de naturaleza «imposible o improbable», sin embargo, surge la pregunta: ¿dónde termina la realidad y dónde empieza la fantasía?

La palabra fantasía proviene de Phantasos, hijo del sueño en la mitología griega. Él era el encargado de generar las visiones necesarias para que el sueño pudiera existir. Sin embargo, los griegos hacían de este vocablo una herramienta para hacer alusión a todo aquello que se hacía manifiesto -de ahí la palabra fenómeno.

Si la fantasía es todo aquello que se hace manifiesto, entonces su naturaleza de ser irreal empieza a desvanecerse. La física cuántica se ha encargado de demostrar que la existencia depende de la apariencia co-creada entre la cosa misma y el observador. Si se busca la realidad, ¿cuál será el camino más fiel? ¿Las matemáticas o la literatura? ¿La física o la ópera? Dice Guy Débord: “El espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, o sea social, como simple apariencia”. La vida es sueño, dice Calderón de la Barca.

Apariencia, apariencia, apariencia, todo es apariencia. Quizá por ello las máscaras sean necesarias en la vida del hombre en sociedad, pues siempre tiene que aparentar. John H. Elliott señala que el hombre tiene “un interés casi obsesivo por la apariencia. La apariencia no sólo era esencial para las cortes, sino también para la representación del individuo que tiene la intención de ser percibido por los demás”.

La ópera, cual hija directa de la tragedia griega, se ve influenciada a su paso por el renacimiento en la comedia del arte. Tanto la tragedia griega como la comedia del arte renacentista, hacen del recurso de la máscara un elemento esencial, como si fuera lo único que puede acercarse a la «realidad» humana.

La ópera I Pagliacci -Los payasos- de Ruggero Leoncavallo, es una obra que muestra dos niveles de metatextualidad en lo referente a la apariencia. En primer lugar, el ser una típica obra verista -el verismo es la escuela italiana que proclama la plasmación de la vida diaria con sus miserias y dramas como objetivo artístico.

Por otro lado, al tratarse de una ópera donde actúan payasos, es decir, seres humanos bajo el hechizo mismo de la máscara, hace de I Pagliacci una fantasía portadora de un cúmulo de realidades.

El argumento: habla el Prólogo diciendo que el drama a representar es en realidad una proyección de sentimientos humanos comunes y corrientes. Aparece una compañía de actores, cuando de repente Tonio, un jorobado repugnante, intenta llamar la atención de Nedda, una bella payasita. La belleza repele y humilla a la fealdad en medio de las burlas de los demás payasos. Tonio jura que vengará tal humillación. Canio es el payaso en jefe y esposo de la bella Nedda. Él jura que su amada le es fiel, sin embargo, Nedda tiene un amante: Silvio. Dolido por su agravio, el jorobado denuncia la infidelidad al jefe Canio, quien enfurece al grado de querer asesinar a su amada Nedda, pero no puede hacerlo ya que la comedia está por iniciar. A solas, Canio se enfrenta con el hecho de que a pesar de su tragedia personal tiene que actuar de payaso y divertir al público:

CANIO

¡Declamar! Mientras preso del delirio

no sé ya qué digo ni qué hago

Y, sin embargo…, es necesario…

que te esfuerces

¡Bah! ¿Eres o no un hombre?

¡Eres un Payaso!

Ponte el traje y te enharinas la cara.

La gente paga y quiere reírse aquí

y, si Arlequín te levanta a Colombina,

¡ríe, Payaso, y todos aplaudirán!

Cambias el dolor y llanto;

en burlas los sollozos…

¡Ríe, Payaso, de tu amor destrozado!

¡Ríe del dolor que envenena tu corazón!

Estando la obra por comenzar, Nedda ve a su amante a escondidas y planean huir después del espectáculo. La obra comienza, pero cautelosamente se genera una mezcla y confusión entre la realidad de los payasos y la realidad «real». Canio asesina a su esposa y a su amante en medio de las dos realidades. La ópera termina con la célebre frase: “La commedia è finita”, “La comedia se acabó”.

En una ocasión, alguien preguntó a un loco enmascarado: “Eh, ¿y quien es ése de la máscara?”, a lo que éste respondió: “¿Y por qué me pregunta sólo a mí?, ¡eso puede preguntárselo a cualquiera!”.

Cuanta verdad en esa respuesta: máscaras, máscaras y máscaras, tal es nuestra realidad. Todos padecemos la enfermedad de la «prosopolepsia», es decir, la tendencia a confundir al otro con su apariencia o estereotipo social. Se trata de un efecto psicológico que predispone a la distancia y altera, obstruye o imposibilita la buena relación humana, toda vez que cristaliza en imaginería, miedos y temores. “Sólo Dios no comete el pecado de la prosopolepsia”, solía decir García Márquez. Canta el jorobado Tonio:

Sé bien que soy deforme,

que sólo suscito burla y horror,

aunque mi alma acoge un sueño,

un deseo…, y, mi corazón, un latido…

Cuando desdeñosa pasas por mi lado,

no sabes qué doloroso llanto siento,

porque, para desgracia mía,

me ha envuelto tu hechizo…

¡Me ha vencido el amor!

¡Oh, déjame decirte…!

¡Oh, déjame decirte…!

¿Cuántos Tonios existen en la sociedad? ¿Cuántos Tonios se saben deformes por no poseer el color de piel correcto, el apellido correcto o el ingreso correcto? Tienen fantasías, pero su fantasía -que no su realidad- es otra.

“¿Eres o no un hombre?, ¡bah, tan sólo eres un payaso!”. La sociedad de payasos sabe muchos «cómo», pero muy pocos «por qué». “Somos una sociedad de medios perfectos, pero de fines confusos”, diría Einstein. Ante esta encrucijada sólo queda un recurso: la risa.

¡Ríe, Payaso, de tu amor destrozado!

¡Ríe del dolor que envenena tu corazón!

Pero ríe llorando, pues éste es el único recurso que entiende el absurdo del misterio de la vida. El hombre dedica su vida al desarrollo de la maestría, cuando lo único real es el misterio. La risa es la máscara de la máscara, que nos oculta lo insoportable que puede llegar a ser la lógica racional del deber ser. Por ello, los bufones jugaban un papel preponderante en el devenir de un reino, al ser los únicos capaces de decir verdades al rey de facto.

La risa es el producto de la ruptura de los procesos lineales de construcción de la vida. Incluso, el antiguo testamento hace honor a la risa: Dios promete a Sara que concebirá un hijo a sus noventa años. Ésta no puede más que reír ante tal desatino de la divinidad. Al nacer, el niño llevará por nombre Isaac, “el que ríe” o “el que hace reír”, ¡otro payaso!

La risa es lo más honesto que hay, quizá por ello sea lo más difícil de hacer. Al reír conectamos con lo más profundo del ser en un estado de plenitud, soltura y aceptación, rompiendo las cadenas que le impiden florecer. El reír desencadena las mentadas hormonas de la felicidad.

La sociedad busca ansiosamente al payaso. A esa clase de hombre que rompe las ataduras de este mundo rígido enmascarado. Ése que viene a enseñarnos que el hombre está condenado a reír de la vida, pero sobre todo de sí mismo.