Piotr Beczala destella su fulgor vocal en Valencia

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Piotr Beczala. Foto: Eva Ripoll
Piotr Beczala. Foto: Eva Ripoll

El admirado tenor polaco ofreció un recital de ópera en el Palau de la Música

El público acogió con sonoras ovaciones contrapuntadas con numerosos bravos, la actuación en el Palau de la Música de Valencia de Piotr Beczala. Sin duda el reconocimiento del respetable fue merecido tanto por la calidad del instrumento vocal, como por la dicción inspirada y la entrega interpretativa, por más que habría que señalar algunos «peros» que en el ámbito global, no empañan una actuación muy reseñable.

La voz, sin duda, es importantísima, timbrada, bella, amplia, fácil arriba, rica en «squillo» y, sobre todo, de un majestuoso volumen que colma la sala. A estas virtudes cabe añadir un canto siempre sentido, pasional e inspirado, que no empaña un fraseo cuidadoso musical e intencionado. Este comentarista, que por primera vez le escuchaba en vivo y en directo, reconoció de inmediato estas cualidades nada más abrió la boca con el aria de «Luisa Miller», por más que hubiera ciertas imprecisiones en el siempre comprometido pasaje que, curiosamente, es el área mejor timbrada de su voz. Hubo un mínimo extravío de afinación en «Ergerti un trono vicino al sol», antes de la repetición del tema del aria de Radamés de «Aida», por otra parte brillante y entregada, tal vez demasiado, de cara a la galería. Atacó el Sib del «vicino al sol» con un pianísimo de falsete, olvidándose de que Verdi escribe PP a esta frase y PPPP y PPP a las dos precedentes. Mucho más interés tuvo la seducida aria de «Carmen» cantada con gusto y sentimiento a flor de piel, luciendo un centro carnoso. Lástima que, incomprensiblemente, se quedó callado en la frase «et je ne sentais en moi-même», que se la dejó a la orquesta. ¿Una flema? ¿Un fallo de respiración que le hizo perder una parte compás?…

Quiso cerrar la primera parte del concierto con una deferencia a su Polonia natal, interpretando el aria de Jontek de la ópera de Moniuszko «Halka» en la que con gran convicción idiomática interpretó el evocador y efusivo tema, dialogado por un doliente oboe.

En la segunda parte ofreció el aria del primer acto de «Tosca», con destacada propiedad aunque excesivamente calmosa en el tiempo, particularidad que se repitió en el «Nessun dorma» de «Turandot» que cerró el programa. Sin duda los dos Puccinis fueron esplendorosos y muy vividos. El tenor posee unos recursos vocales e interpretativos idóneos para este repertorio, hecho que también se patentizaba en las obras de spinto que completaban la audición: «L’anima ho stanca» de «Adriana de Lecouvreur» de emisión fogosa y muy sugestivos reguladores y «Come un bel dí di maggio» de Andrea Chenier con un idílico fraseo inicial que se transfiguró en vehemencia a partir de «Sia! Strofe, ultima Dea!» culminando con un Si natural tan soberbio como radiante.

Tras el aria del tercer acto de «Turandot» el público ovacionó con frenesí al polaco que ofreció tres bises: «E lucevan le stelle» de «Tosca» (nunca mejor dicho que estaba cantado, habiendo interpretado ya «Recondita armonia») sin concesiones al fletismo, en una versión muy propia y de gran intensidad de sentimiento; «Amor ti vieta» de «Fedora» dicha con un acopio de poesía y el «Addio alla mamma» de «Cavalleria rusticana» en el que derrochó efusión emocional para nada alentada por la batuta de Marc Piollet que, contando con una siempre solvente orquesta de Valencia, no fue excesivamente eficaz en el acompañamiento a lo largo del concierto, haciendo uso de tiempos tediosos en muchos momentos, con el acompañamiento apático en la febril y conmovedora tercera propina, o el exceso de presencia orquestal sobre el sol natural de la última sílaba de «vinceró» del «Nessun dorma» que engulló al tenor. Es cierto que Puccini escribe FF en esa caída de compás, pero no lo es menos que la orquesta debe ser el fulgor que haga brillar al cantante y no que lo sepulte.

Antonio Gascó