Pocas bromas con Handel. El Messiah de la New York Philharmonic

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Anthony Roth Costanzo

El director de orquesta Harry Bicket, al mando del coro de la Handel and Haydn Society y de los solistas Louise Alder, Anthony Roth Costanzo, Joshua Ellicot y Dashon Burton, fue el encargado de comandar la tradicional reposición navideña del Messiah de Handel en el Lincoln Center de Nueva York.

Tal vez con algo menos de público que en otros estrenos del Messiah, la New York Philharmonic no renuncia a la tradición y sigue programando año tras año la obra maestra de Handel. El oratorio barroco no es el género que más se frecuenta en Nueva York. Por oportuno y por novedoso el concierto merece todo nuestro interés.

El estreno del pasado martes contó además con un cambio inesperado. El contratenor inglés Iestyn Davies canceló por enfermedad y su puesto fue ocupado a última hora por Anthony Roth Costanzo. El contratenor americano está viviendo unas semanas muy dulces en las que disfruta de su gran éxito como protagonista de la ópera Akenaton de Phillip Glass. Roth Costanzo  es un gran músico y un notable actor, que no tuvo problemas para incorporarse al concierto, si bien la línea sobria y el limpio fraseo de Iestyn Davies no le hubieran hecho mal a este Messiah.

EL oratorio asistió a un comienzo para olvidar del tenor Joshua Ellicot, en el que no faltaron notas calantes, feos ataques y apoyos espurios. Poco musical y fuera de estilo, la voz Ellicot fue encontrando su cauce conforme avanzaba el concierto, y pudimos disfrutar sin tanto sobresalto de su definida personalidad y de la belleza desusada de su timbre.

Más seguro estuvo el coro de la Handel and Haydn Society. La institución es la organización de artes escénicas más antigua de los Estados Unidos, con más de doscientos años de historia. Los coristas, preparados por Harry Christophers, saben colorear la partitura con una línea que observa tanto el acento y la dicción. Destacó la pujanza tímbrica de las voces femeninas, tremendamente compenetradas entre ellas. Sus intervenciones resultaban siempre en una exultante efusión vocal cuyo calor sonoro fue una de las claves del éxito de la noche. En contraste, sus compañeros varones debieron contentarse con salvar su parte y estar a la altura de lo que venía del otro lado de la bancada. Poca atención, desde luego no la suficiente, les prestó la batuta de Harry Bicket, engolfada en subrayar cada detalle de una orquesta que conocía a Handel antes de conocerlo a él.

La falta de atención del director hizo que el coro no brillara como habría podido, y que algunas escenas del comienzo del oratorio sonaran sin relieve ni pulso. La New York Philharmonic es una caja de música, dúctil e infalible. Y a las órdenes de Bicket sonó tal y como el director quiso, redundante y envarada, casi pedante. Porque la versión que propone Bicket busca la voluta y olvida lo sustancial; se erige soberbia pero constriñe la melodía. Pese a todo, la gran calidad de los intérpretes dejó un aversión apreciable del oratorio, que encontró sus momentos más brillantes al final de la noche.

Roth Costanzo es el cantante del momento en Nueva York, tras su ‘éxito fulgurnate en el Akenaton de Phillip Glass. El contratenor desarrolló con distinción su parte en el Messiah: del limpio y entonado ´But who may abide the day of His coming´,  a la hermosa aria ´He was despised´, cantada con mucho gusto, sentimiento genuino y generosidad artística. La voz del contratenor no tiene atributos extraordinarios, pero el artista que la maneja sabe cantar. Y seguirá cantando el Messiah hasta que Davies se recupere de su gripe.

Por su parte, el bajo barítono Dashon Burton defendió con éxito su parte. Podemos afearse que apianara en demasía en el registro grave, hasta perder la línea en muchas ocasiones. Una pena, pues la voz del americano tiene los atributos propios de las grandes voces de su cuerda, amplitud, pujanza, oscuridad, brillo y un vibrato amable. Debería haberse sometido a una música que guía de la mano al cantante.

Junto a todos ellos, nos gustó especialmente la interpretación de la soprano  británica Louise Alder. Su intervención tuvo todo lo que se le podría pedir: musicalidad, entonación, precisión y seguridad en las agilidades, diligencia en los recitativos y fidelidad al estilo. Además, la voz de Alder se vierte homogénea y limpia a lo largo de todo el registro, con un timbre cálido y atractivo.

Siempre se escucha música de calidad en el David Geffen Hall, pero para obrar el milagro de las grandes noches no basta con tener buenos intérpretes. Los tesoros ocultos en los compases del Messiah de Handel aguardarán pacientes a que la tradición los desentierre el próximo año.

Carlos Javier Lopez