Un «povero Rigoletto» en escena en Pamplona

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Un "povero Rigoletto" en escena en Pamplona
Un «povero Rigoletto» en escena en Pamplona. Foto: S. Echeverría

AGAO conmemora los 25 años de su fundación y ha programado este Rigoletto en representación única en el Baluarte, tras el éxito obtenido el mes pasado con Don Pasquale en el Teatro Gayarre. La imaginación escénica de la que pudimos disfrutar en la ópera de Donizetti ha dado paso a una representación caracterizada por la inexistencia de una producción escénica, una correcta versión musical y un reparto vocal un tanto irregular.

En el programa se puede leer que se trata de una nueva producción y el mismo director de escena, Gustavo Moral, se refiere a ella como producción escénica. Les aseguro que he visto muchas óperas anunciadas como semi-escenificadas que han tenido más importancia escénica que lo que hemos visto en esta ocasión. La llamada nueva producción no es sino una versión de concierto con vestuario alquilado, en la que el mencionado director de escena hace gala de una falta de imaginación llamativa. Yo entiendo que el minimalismo y las producciones low cost estén de moda, ya que no están justificados en muchos casos los gastos en producciones escénicas que nada aportan y que resultan la parte más costosa de un espectáculo operístico. El caso de esta “producción” es distinto, porque no es tal. Para empezar no hay escenografía, sino un escenario vacío, al que únicamente se añaden una silla en el primer acto para que se siente Rigoletto, un sillón en el segundo para que Il Duca haga lo mismo, y una mesa en el tercero, para simular la casa de Sparafucile, aparte de una especie de jaula para Gilda.

A esto se añade una pantalla al fondo del escenario, donde se proyectan unas pobres imágenes de video, que descalifican a su autor. El vestuario, procedente de la Sastrería Cornejo, es de la época tradicional de la ópera y resulta muy corto de atractivo, especialmente en lo que se refiere a Rigoletto. Podría haberse esperado que en estas circunstancias la iluminación cobrara un protagonismo importante, pero tampoco fue así y el trabajo de Víctor Lorenzo fue tan pobre como el de su jefe.

Todo lo anterior podría haber resultado perfectamente aceptable y hasta laudable, si no se hubiera anunciado como producción escénica, porque no lo era. Gustavo Moral es un auténtico desconocido en el mundo de la dirección de escena y su aportación ha sido más bien decepcionante, demostrando incluso poco conocimiento de la ópera. No mencionaré sino dos detalles. La bellísima página Veglia, o donna, questo fiore, que canta Rigoletto, no está dirigida a Gilda, obviamente, sino a Giovanna, que en este caso ni está en escena, cuando Rigoletto la canta por segunda vez. Finalmente, me referiré al último acto, en el que, cuando Sparafucile pide a su hermana la espada, ésta le trae una cuerda, detalle que me parece poco importante, ya que un asesino puede matar con lo que le venga en gana. Ahora bien, si, como ocurre en esta ocasión, a Gilda la ahorca con la cuerda la propia Maddalena, no le costaba mucho a Gustavo Moral evitar el absurdo de que en la escena final Gilda le señale a su padre las heridas que le ha producido el puñal. No entraré en detalles referentes a la más que insuficiente dirección de actores y de masas.

Un "povero Rigoletto" en escena en Pamplona
Un «povero Rigoletto» en escena en Pamplona. Foto: S. Echeverría

La dirección musical estuvo encomendada a Óliver Díaz, que nos ofreció una lectura enérgica y dramática de la ópera, con tiempos en general vivos y controlando bien la escena, salvo en algunas intervenciones corales («zitti, zitti») que se le fueron de la mano. Su actuación me pareció lo más interesante de la noche. No más que correcta la actuación de la Orquesta Sinfónica de Navarra, de la que recuerdo mejores actuaciones en otras ocasiones. El Coro Premier Ensemble mostró más poderío que musicalidad.

Rigoletto fue interpretado por el barítono onubense Juan Jesús Rodríguez. Entiendo que la primera obligación de cualquier organización de ópera es ofrecer voces adecuadas a los personajes a cantar. En este sentido no cabe duda de que Juan Jesús Rodríguez es un auténtico barítono verdiano y, por tanto, perfectamente adecuado para las exigencias vocales de Rigoletto. Me atrevo a decir que para una única representación y para los precios del espectáculo, un auténtico lujo su presencia al frente del reparto. Nada que objetar, por tanto, en cuanto a la adecuación vocal, pero Rigoletto es un personaje muy complejo, que requiere un autentico artista para enfrentarse a él. Yo entiendo el canto como la transmisión de emociones a través de la voz, interpretando una partitura. En este sentido la actuación de Juan Jesús Rodríguez dejó que desear, al menos parcialmente. En los dos primeros actos hizo una auténtica demostración de poderío, con exceso de sonidos abiertos y cantando todo el tiempo en forte. A Dios gracias, en el último acto decidió cantar de la manera que yo entiendo el canto y pudo transmitir emociones. En unas semanas será Rigoletto en el Teatro Real y yo le aconsejo que se centre más en cantar y en matizar que en exhibir poderío, ya que en su caso esto – como el valor en el soldado – se da por descontado.

La joven soprano italiana Scilla Cristiano fue una Gilda de voz atractiva y bastante homogénea. Se trata de una soprano ligera, cuya voz resulta muy adecuada para el primer acto de la ópera, donde ofreció lo más convincente de su actuación. En los otros dos actos resulta un tanto corta vocalmente.

Aquiles Machado fue el Duque de Mantua, que en su día fue uno de sus personajes más habituales, pero su evolución vocal le ha llevado a abordar roles más dramáticos y hoy su voz no es la más adecuada para el personaje. El fraseo y la intención en el canto siguen estando presentes, pero las notas altas evidencian una indiscutible fatiga vocal. Como es natural cortó los sobreagudos tanto en el dúo con Gilda (Addio, addio) como en la cabaletta del segundo acto (possente amor mi chiama). Elegante y bien cantada la siempre esperada La Donna è Mobile, pero terminada en un SI natural más que deficiente.

Luiz Ottavio Faria fue un adecuado Sparafucile, mejor en el centro que en las notas graves. Claudia Marchi fue una Maddalena un tanto modesta.

Los comprimarios dejaron bastante que desear, con la excepción de Jeroboam Tejera (Monterone) y Gerardo Bullón (Marullo).

El Baluarte ofrecía un lleno total. El público se mostró entusiasmado con el resultado de la representación, no faltando aplausos sin terminar las arias, especialmente reprobables en el caso de Caro Nome, dando la impresión de que lo aplaudidores tenían otros intereses. Al final hubo ovaciones y bravos para los protagonistas y el maestro, especialmente para Juan Jesús Rodríguez. Gustavo Moral escuchó algunos abucheos, totalmente merecidos en mi opinión.

La representación comenzó con 6 minutos de retraso y tuvo una duración total de 2 horas y 38 minutos, incluyendo dos descansos. Nunca entenderé la necesidad de dos descansos en una producción inexistente. Duración musical de 1 hora y 57 minutos. Nueve minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 65 euros, costando 25 euros la más barata.

José M. Irurzun