Ramón Tebar subyuga en Valencia con su jazz sinfónico

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Ramón Tebar subyuga en Valencia con su jazz sinfónico
Ramón Tebar subyuga en Valencia con su jazz sinfónico

No sé si en algún momento la Orquesta de Valencia ha intervenido en el Festival de Jazz del Palau de la Música. La cuestión es que en la ocasión que nos ocupa lo hizo, con gran acierto, bajo la rectoría de su titular el maestro Ramón Tebar, contando con la colaboración del cubano Nachito Herrera al piano. He de decir, en primera persona, que tengo una gran simpatía por el jazz por su creatividad constante, improvisación, colorido, ritmo, sensibilidad distinta y complicidad que surge de un compadreo, con postulado de cábala. Siempre he dicho que la música clásica me sublima y el jazz me subyuga.

En la audición que comentamos, el repertorio pertenecía a la saga sinfónica y concertante del jazz. El maestro Tebar, seducido por sus posibilidades sonoras, versátiles y su enriquecimiento a través de una amplia paleta de tornasoles instrumentales, no dudó en apostar, en la primera parte del programa, por obras del autor de la «Rapsody in blue», que curiosamente no se interpretó, siendo sustituida por la segunda rapsodia, no tan conocida pero no menos fascinante y sí, más peliaguda. Una obra en la que tras el mismo propósito de vagabundeo de «Un americano en Paris», —solo que éste por Manhattan— parece emerger el romanticismo de Rachmaninov, con una cadencia conmovida en la que el piano vocaliza a su aire. Nachito Herrera tiene una pulsación enérgica de calidez tropical, patente en la concepción de esta rapsodia, musicalmente más entregada que la primera y en el arreglo de «I got rhythm» en el que se alejó de las premisas de Ellington y Corea, acentuando mucho las síncopas con un compromiso de fox que derivaba, en su entusiasmo, casi al bayón caribe. En el mismo credo musical cabría señalar la lectura que el maestro Tebar ofreció de la «Obertura cubana», en la que emergía en el swing jazzístico, el aderezo jacarandoso un «rumbón manisero», (ahí estaba característico el tema de «La paloma») sin mengua de un sabor de sonoridad orquestal intenso y rico en colorido exótico y en cadencia, con un extenuante frenesí final. «Un americano en Paris», que abrió la primera parte, fue absolutamente pictórico desde el bullicioso «promenade», al blues con insinuación cabaretera. Bulliciosa versión desde la inicial «Machicha» exultante de simpatía, a la coda con el mismo enunciado inicial, que no ocultó el descriptivismo del genuino cielo gris bohemio y enamorado, con unas seducidas maderas que revivían una atmósfera de Montmartre.

La segunda parte del programa la conformaron arreglos de Nachito Herrera, que buscó la estimulación del vínculo rítmico y sensorial del público y a fe que logró hallarla. Este comentarista no entiende como el pianista puede estar tan entrado en kilos, porqué su entrega esforzada ante el teclado, puede tener el mismo desgaste de calorías que participar en un triatlón. Intenso, dominador, Herrera es un lisztiano percutivo del jazz que supera el desaforamiento de Camilo, Tatum o Tyner.

Hubo mucha cercanía entre las butacas y el escenario, con los zapatos de Tebar a compás, inducido por el ritmo rumbero-swing, cuando sentado junto al podio escuchaba las amplias cadencias del solista (acompañado por percusión guajira y un bajo) actitud en la que fue secundado por muchos de los profesores de la orquesta que se sintieron embriagados por el sabor. Bach, Chopin, Lecuona y Rachmaninov se «antillearon» con un dictamen original de improvisación, delirio, blues (ese sonar solícito de las terceras, quintas y séptimas, tan característico) polirritmos y contratiempos «a gogó». Música para embelesar el cuerpo y abandonar la butaca dando pábulo a las caderas. Y … ¿por qué no? El apoteósico bis «Guantanamera» dio ocasión para ello.

Antonio Gascó