Recital de Jean Louis Steuerman en Buenos Aires

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Jean Louis Steuerman
Jean Louis Steuerman

Continuando con el ciclo 2016 del Mozarteum Argentino, tuvimos la ocasión de presenciar uno de los dos recitales que, con el mismo programa, brindó el pianista brasileño Jean Louis Steuerman, quien tuvo que reemplazar a último momento a su colega noruego Leif Ove Andsnes afectado por un problema de salud.

El recital de Steuerman se inició con una de las obras icónicas entre las composiciones para teclado de Juan Sebastián Bach: su Partita Nº1 en Si bemol mayor. Obra compuesta alrededor de 1725 y publicada en 1731, tiene el privilegio de ser la primera obra publicada bajo la dirección del propio Bach. Sus 6 números recorren un amplio pianismo barroco – desde la aparente sencillez del Preludio hasta la siempre compleja Gigue y su maravilloso trabajo de alternancia de manos -, que Steuerman vertió con solvencia, sobrados recursos técnicos, expresivos y con una ornamentación creativa pero siempre de buen gusto y estilo.

La segunda obra de la noche fue otro capolavoro: la Sonata Nº 30, Op. 109, de Beethoven. Nos encontramos aquí con un fantástico trabajo nacido en los últimos años de creación del genio de Bonn: publicada hacia fines de 1821, la sonata transita por tres movimientos en orden creciente de dificultad, densidad expresiva e intensidad dramática. Como siempre, es función del intérprete llevar al presente la magistral composición escrita hace casi 200 años y revivir la emoción, la hondura de aquel (y éste) momento. Sentimos con el maestro brasileño la seguridad y calma de un trabajo pulcro y profesional; tal vez, nos faltó un mayor contraste emocional y de extremos tan propios de Beethoven. Que las masas sonoras del último movimiento y ese final, introspectivo después de todo el viaje, nos dejara sin aliento.

La segunda parte del recital comenzó con otra obra notable de la escritura pianística, esta vez del s. XX: las Seis pequeñas piezas para piano, Op. 19, de Arnold Schönberg. Las piezas, escritas en 1911, con una escritura conscientemente antirromántica, son un finísimo trabajo sonoro que requiere de un intérprete consustanciado con esas sonoridades, inteligente y muy detallista. Virtudes que nuestro pianista exhibió sin reservas. Bravo.

La última obra de la noche, en programa, fue la fantástica Sonata Op. 58, la 3ª para piano, de Fryderyk Chopin. Compuesta y publicada en la total madurez del gran músico polaco, en 1844, requiere a nuestro parecer un intérprete comunicativo y a la vez introspectivo, que pueda sentir y a la vez hacernos sentir los innumerables momentos dramáticos, melancólicos, avasallantes, en suma, románticos de la obra. Tal vez esa sea la clave, un pianista que sea y se crea el romanticismo de la obra, que pueda sentir cada nota y dejarse llevar por esa expresividad tan propia de Chopin. Está claro que “dejarse llevar” no significa en absoluto “improvisar”; sabemos que la preparación de un concierto no deja librado nada al azar. Nos referimos a ahondar sin ambages en la sensibilidad propia y poder comunicarlo al mismo tiempo. Sentimos que esta última parte, en el recital que comentamos, se produjo a medias; una mayor expansividad hubiera sido muy bienvenida.

En suma, un profesional de alto nivel, que nos brindó un recital de gran variedad estilística y comprobado profesionalismo y que, después de cálidos aplausos, se despidió del Teatro Colón con dos bises.

María Laura Del Pozzo