Reflexiones a propósito de una crítica de José María Irurzun sobre el Rigoletto de Frankfurt

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Rigoletto en Frankfurt
Rigoletto en Frankfurt

Hace algunos años que falto en España. No obstante, www.operaworld.es de Madrid, me permite tomar contacto con sus lectores y, al mismo tiempo, conocer desde esta lejana Buenos Aires, las críticas y comentarios de colegas que merecen no sólo respeto sino mi aplauso.

El mundo digital permite conocer de inmediato, las opiniones en temas musicales. Hoy, y en concreto, no me sorprendí cuando leí con calma, la crítica de José María Irurzun titulada “Una producción de “Rigoletto” en Frankfurt para olvidar”. Las cosas por su nombre y vinieron muy bien las palabras certeras de mi colega. Lo digo al pasar,   pero “Io tremo…”. Por estas  tierras y no precisamente en nuestro Teatro Colón, se ha anunciado la presentación de “Lulú” de Alan Berg. Tiemblo, porque una nueva institución musical tiene esa ópera en su programación de 2018. Un argentino que viene de Alemania, hará con ella su primer trabajo como director de escena.  

Vuelvo a la inmortal ópera verdiana y al profundo estudio que ha hecho Irurzun para llegar a reafirmar todo lo que se lee en su nota crítica. No me ha resultado difícil volver a “Rigoletto” y con la partitura como “sombrero en mano”, cotejé las tan profundas acotaciones de mi apreciado colega. En primer lugar, parecería que está de moda poner en ridículo todo lo religioso o mejor dicho la religiosidad. “Rigoletto” no es un cuento blanco para niñas de lejanos tiempos. Hay que tomar la partitura y preguntarnos por qué José María Irurzun ha reparado en la escena grotesca de un sacerdote que, arrodillado en un reclinatorio, toma una hostia y la come antes de salir para el Palacio del Duque de Mantua. No es la primera vez que Frankfurt produce estas cosas. No olvido la grosera escena de “Tosca” cuando el sacristán arroja al piso un cubo de agua bendita o la despojada escena en la iglesia. En algunas confesiones cristianas no hay bancos ni reclinatorios. Sin embargo, en Santa Andrea della Valle de Roma los había y los hay. Ver al gran Jonas Kaufmann rodeado de sillas en un lugar sagrado no se me va de la cabeza.

Gilda y Giovanna son dos personajes fuertes. La primera es la hija de Rigoletto y la segunda es la que ha merecido la confianza del padre para cuidarla. La aparición de Gilda en su dormitorio en una especie de baldaquino alto, “fá miseria”, como dicen los italianos. ¿A qué vienen esas innumerables cruces en la pared?  Giovanna en la producción de Frankfurt es “atractiva, joven y sexy”. Hago un alto para recrear un fragmento de una escena: “Giovanna, ho dei rimorsi”. ¿Puede acaso una chica joven tener confianza a la dama que la acompaña? Me pongo en la piel de una soprano que debe confiar algo muy íntimo  pero cantándolo. ¿Cómo hará para “meterse” en el personaje? Los directores de escena no piensan, hacen.

Irurzun ha hecho muy bien en poner en claro las cosas. Con deseos de innovar, se ha considerado  que  Gilda es una especie de “angelo piccione” y así aparece en una escena en su dormitorio, junto a una pared cargada de crucifijos. Pero, quizás lo peor del “Rigoletto” de Franckfurt está en el último acto. José María Irurzun lo describe magistralmente y tiene hasta el excelente gusto de hacernos sonreir.   Gilda no tiene seis años y Rigoletto la adora: “il mio universo é in te!” Y, ella confía a Giovanna su remordimiento por no haber contado a su padre que un joven la sigue. En los tiempos en los cuales Víctor Hugo sitúa su obra, no era costumbre ir a misa a diario. Por eso   Gilda dirá: “Tutte le feste al tempio/mentra pregava Iddio/ bello e fatale un giovine/offiasi al guardo mio”.

La producción que comentamos José María Irurzun y yo –“aramos dijo el mosquito” mientras picaba a los bueyes-, tiene un antecedente muy desgraciado con la producción de Walter Sutcliffe en Santiago de Chile, en el pasado año. Los críticos chilenos mencionaron “su buena experiencia en la ópera de Frankfurt”. No obstante, aunque se habló de “una novedosa relectura”, me causó dolor enorme el traslado de Mantua a Las Vegas. La excelente soprano argentina Jaquelina Livieri fue Gilda y a ella le cupo la difícil tarea de cantar lo escrito por Verdi pero en otro siglo, rodeada de caballeros con chaquetas brillantes y lujosos clubes nocturnos.

Roberto Sebastián Cava