¿Reinventar a Mahler?

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Adam Fischer ofrece una crispada versión de la novena sinfonía en el Palau de la Música de Valencia.

Me sorprendió el concierto de la Sinfónica de Dusseldorf dirigida por Adam Fischer en el Palau de la Música de Valencia. De hecho aunque en algún momento me motivó su planteamiento, he de reconocer que estaba muy lejano de las versiones que siempre he juzgado referenciales de la novena sinfonía de Mahler que fue la que se ofreció como única obra del programa. Fischer es húngaro, país que ha dado notables mahlerianos como Szell, Solti, Ormandy y algunos otros y él parece que no quiere quedarse atrás, de manera que quiere ofrecer lecturas muy propias, que no recuerden en nada los planteamientos de sus paisanos e incluso otros, incluso superiores como es el caso de Giulini,  Abbado, Ancerl, Barbirolli…, o Walter que la estrenó, en las que privan momentos de una subyugante sensibilidad y esmerada delicadeza de la que el húngaro no hizo gala hasta los cien últimos compases.

Su versión, con una marcada despreocupación por la calidad sonora, estuvo más centrada en transmitir un mensaje de crispación en el tiempo y la sonoridad, henchido de desazón y angustia. Si bien se acepta por todos los exegetas musicales que esta obra responde a una descripción de una muerte que el autor ve inmediata, a quien esto escribe le resulta difícil de aceptar mirando el calendario, pues cuando la escribió en 1909 sabía que le esperaban 60 conciertos con la Filarmónica de New York, donde tenía que dirigir casi 60 programas. Es evidente que a un hombre taciturno como el músico bohemio la muerte siempre le obsesionó, pero quizá el problema estuviese más en la asunción de su culpa al verse abandonado por esposa Alma, que le dejó por Walter Gropius que le produjo una inmensa sensación de vacío, que se sumaba a la de la reciente muerte de su hija María. Para nada patentizó Fischer la aflicción lírica y sentimental que sus colegas han revelado en sus lecturas. Sus mismos gestos en el podio, enérgicos, nerviosos e intensos de vigor, exteriorizaban el resultado que pretendía extraer de la amplia formación (sobre todo en las cuerdas) fue formó en el escenario: la exacerbación de un dolor sufriente.

En el primer tiempo el trompa daba la sensación en el solo inicial de estar semitonado, exponiendo con un sonido agrio, las trompetas en el primer tutti, sonaron muy abiertas como queriendo establecer un ideario (¿). El tiempo muy divergente acentuando mucho los contrates. El primer lander del segundo movimiento, fue, sin duda incisivo, con las trompas y maderas altercando al sarcástico fagot, lo que evocó a quien esto escribe las sonoridades de un tiovivo que giraba al ritmo de un estremecimiento exaltado. El segundo, con unas cuerdas, sin duda suntuosas, mantuvo el ideario constante de tensión en un sentir grotesco ante la aflicción.

El burlesco, con el cíclico establecimiento de rondó, aun significó más el contraste. Lo huraño del sonido al servicio de la expresión parecía querer expresar la mentira de una alegría jovial de la vida, teoría que continuaron con gran intensidad sonora flautas y trompas, contrapuntadas por los fagots enunciando con más precisión una existencia infectada, que se volvió convulsiva tras el solo de clarinete para concluir el movimiento.

En el último tiempo sí compareció el Mahler de la exquisitez, desde el sosiego resignado del sufrimiento. Este comentarista pareció entender que, según el criterio de la batuta, la voz del fagot era la del propio compositor evocando el recuerdo emotivo del amor malogrado. El final con el lamento sentimental de los arcos y las maderas, sí patentizó la imagen de la soledad frente al vacío, llegando a la asumida resignación con toda la pertinacia personal, en el divisi de los primeros y segundos violines, haciendo honor al sempiterno adagíssimo con PPP, que prescribe la partitura significando la elegía perdurable del adiós y adiós, como refería Fernando Palacios. Sin duda un desusado ideario nuevo que pocas veces emocionó a este cronista que, humildemente, discrepa del reconocimiento del público.

Antonio Gascó