Rigoletto en Berlín: Cuando hubiese sido mejor una versión de concierto que algunas puestas en escena

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Rigoletto en Berlín
Rigoletto en Berlín. Foto. B. Stöss

José M. Irurzun

Este viaje a Alemania tiene dos paradas. La primera en Berlín para ver unas óperas de Verdi y una nueva producción de Die Fledermaus y la segunda en Leipzig para asistir a un Anillo completo, que se da en cuatro días. Lamentablemente, las cosas han empezado a torcerse desde el principio, ya que el domingo tenía que haber visto Un Ballo in Maschera con Anja Hartros, pero Vueling nos dío el día en Barcelona y acabamos llegando a Berlín con nada menos que 7 horas de retraso, con lo que no pude asistir a la mencionada representación.

En el mes de Mayo la Deutsche Oper dedica gran parte de su programación a Verdi, ofreciéndose 6 títulos distintos y un concierto. El segundo de los títulos verdianos programados era este Rigoletto, cuy resultado ha dejado bastante que desear, especialmente en el aspecto escénico, donde hemos vuelto a soportar una producción infumable.

La producción vuelve a ser la del alemán Jan Bosse, que se estrenara aquí en Mayo de 2013 y que tuve ocasión de sufrir en Noviembre de 2016. Su trabajo es fundamentalmente absurdo y aburrido. Ya al entrar en la sala, no nos encontramos con el telón que siempre cierra el escenario, sino con una reproducción (a escala reducida) del propio teatro, con dos niveles: butacas en la parte inferior, donde se ha ido colocando el coro, como si espectadores fueran, y arriba el primer piso del teatro con presencia de figurantes. Hasta ahí llega el factor sorpresa. Va a ser en estas butacas donde se desarrollará la acción, con un Duca un tanto mafioso y moderno y un bufón que entra en escena como un conejo lleno de lentejuelas. La escena de Rigoletto y Sparafucile se desarrolla también en el patio de butacas y entramos en la casa del bufón, haciendo que se suban las butacas de atrás para dejar en su lugar un reducido espacio, que se supone es la casa donde vive Rigoletto con Gilda. El espacio es tan estrecho que no permite movimientos. Vuelven todas las butacas en el segundo acto, mientras que en el tercero los figurante dan la vuelta a las butacas para hacer figurar (hay que tener mucha imaginación) la casa de Sparafucile, que desaparecerá totalmente con la tormenta, dejando un espacio desnudo, donde se desarrolla la muerte de Gilda en brazos de Rigoletto.

Hace tiempo que he dejado de preguntarme los motivos que asisten a los registas para hacer determinadas interpretaciones y la verdad es que no me interesa más que el resultado, por mucho que el programa de mano ofrezca una larga entrevista con Jan Bosse. El resultado final no puede ser más triste. Es una de las peores producciones de Rigoletto que he visto en mi vida.

La dirección musical estuvo encomendada al español Guillermo García Calvo, cada vez más activo en Alemania, donde es actualmente el director musical de Teatro de Chemnitz. Me atrevo a decir que tiene mucho merito dirigir este Rigoletto, ya que lo mejor sería hacerlo con los ojos cerrados para no ver lo que ofrece el escenario. En las circunstancias la dirección de García Calvo me ha parecido sólida y quizá ha sido lo mejor de la representación. Buena la actuación de la Orquesta de la Deutsche Oper, mientras que no me ha entusiasmado en esta ocasión la prestación del Coro de la Deutsche Oper, habitualmente estupendo.

El protagonista de la ópera era el barítono británico Simon Keenlyside, cuya actuación me ha resultado poco convincente. Su voz no tiene el peso necesario para ser un barítono verdiano, aparte de que le he encontrado un tanto apretado por arriba. Para mi gusto no está en su mejor momento y tampoco la producción le ayuda nada.

Rigoletto en Berlín. Foto. B. Stöss

Tan mediocre como otras veces el Duca di Mantova del tenor americano Stephen Costello. Su monotonía cantando es la misma de siempre y sus apreturas por arriba son evidentes. El SI natural es casi una entelequia. Se escapó de cuantas notas altas están escritas en la partitura o forman parte de la tradición y tuvo la suerte de que el maestro no paró la orquesta tras su final de la Donna è Mobile.

De los tres principales personajes lo mejor vocalmente lo ofreció la soprano rusa Albina Shagimuratova, de voz adecuada al personaje, aunque, como siempre, tiene el inconveniente de que su canto es un tanto impersonal y tampoco dice mucho como intérprete.

Sparafucile fue el bajo alemán Tobias Kehrer, que volvió a ofrecer su poderosa voz de calidad innegable, ofreciendo una buena interpretación, en la que hay que destacar la exhibición de fiato que hizo en el final del dúo con Rigoletto del primer acto.

Judit Kutasi repitió su Maddalena y Giovanna, como lo hizo hace dos años. Pasó desapercibida en este último, haciéndolo bien en la supuesta hermana de Sparafucile.

Derek Welton fue un sonoro Monterone en el centro con problemas de emisión en la zona alta.

El resto de personajes fueron adecuadamente cubiertos por Byung Gil Kim (Conde Ceprano), Nicole Hasslett (Condesa Ceprano), Sam Roberts-Smith (Marullo), Paul Kaufmann (Borsa), y Meechot Marrero (Paje).

El Teatro oficia una pobre entrada que no llegaría al 60 % de su aforo. El público se mostró cálido con los artistas, aunque no hubo entusiasmo con ninguno de ellos. Los mayores aplausos fueron para Albina Shagimuratova.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 2 horas y 29 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 1 hora y 57 minutos. Cinco minutos de aplausos-

El precio de la localidad más cara era de 95 euros, costando la más barata 31 euros.

Evidentemente, no estaban los habituales Suche karte en los alrededores, pero sí una persona que buscaba entradas, pero ponía claramente en el letrero que la quería gratis.