Rossini, ópera y jamones de la Alpujarra

153

 

Rossini
Rossini

“¡Me faltan violines y la orquesta no suena…!”. Esta queja apareció en una carta remitida por el célebre compositor Rossini desde su palaciega villa de Passy, cerca de París, al Carmen de Buenavista en Granada, donde su “caro amico” Giorgio Ronconi residía en sus periodos de descanso desde 1852. Se refería el ilustre compositor, y también gastrónomo distinguido, a la falta de jamones en sus despensas, por lo que raudo recurría a su paisano para pedirle el envío a París de una remesa del preciado manjar elaborado en Trevélez. Como gastrónomo, Rossini empezó a tener prestigio desde que frecuentó en 1823 el comedor de su mecenas parisino, James Mayer de Rothschild, y conoció el arte culinario del director de cocina de éste, Antoine Carême. Con el tiempo, el compositor consiguió una magnífica reputación como cocinero e inventor de platos que todavía a día de hoy conservan su sello, especialmente su famosa salsa Rossini que se solía aplicar a sus platos, principalmente de pasta, y en la que era ingrediente indispensable la trufa blanca que le enviaban desde Italia y a la que consideraba como “el Mozart de las setas”. Desde entonces se sintió mucho más satisfecho de sus habilidades culinarias que de los éxitos de sus óperas. Se le atribuye la siguiente frase: “Comer y amar, cantar y digerir, esos son a decir verdadero los muchos actos de esa ópera bufa que es la vida y que se desvanece como la espuma de una botella de champagne”.

Rossini abandonó con apenas 38 años su carrera de compositor de ópera por motivos que aún hoy no están del todo claros: agotamiento, pereza (argumento que le esgrimió a Alejandro Dumas), mala salud (padecía sífilis entre otros males), miedo al fracaso (sus obras se veían cada vez más postergadas en los escenarios en favor de las de Bellini y Donizetti)… Lo cierto es que después de su genial producción dramática Guillermo Tell, el “Cisne de Pésaro”, como era popularmente conocido, no volvió a componer más que en contadas ocasiones algunas canciones y un excelente Stabat Mater, y ya a partir de 1855, cuando sus dolencias derivadas de la sífilis respondieron positivamente a un novedoso tratamiento que le permitió recuperar su humor e ilusión, los por él mismo llamados “pecadillos de vejez”, que no eran otra cosa que pequeñas piezas, especialmente canciones, compuestas para sus reuniones de los sábados por la noche, primero en su lujosa casa del Boulevard de los Italianos de París y desde 1859 en el mencionado caserón de Passy. Eran piezas hechas sin verdaderas aspiraciones, es decir, de usar y tirar, aunque su esposa, la antigua modelo de Horace Vernet y examante de Honore de Balzac, Olympe Pélissier, las guardó y publicó después de su muerte. Estos convites en Passy alcanzaron gran fama entre los artistas y aristócratas del París de la época. En su lujosa mansión, Rossini y su esposa se mostraban como exquisitos anfitriones y a su convocatoria acudían los más populares personajes de la alta sociedad parisina, desde la nobleza de las diferentes casas europeas hasta escritores como el mencionado Alejandro Dumas –tan amante de la cocina como el mismo Rossini-, Theophile Gautier o Victor Hugo, músicos como Franz Liszt, Anton Rubinstein, Charles Gounod, Giuseppe Verdi, Camille Saint-Saëns, Giacomo Meyerbeer, Ambroise Thomas o Arrigo Boito, y los pintores Gustave Doré, Jean-Dominique Ingres o Eugene Delacroix, por poner tan solo algunos ejemplos.

En Granada, al igual que en muchas partes de Europa, la música de Rossini fue reverenciada hasta extremos, diríamos, delirantes. Sus óperas, dadas a conocer en Madrid y Barcelona desde 1814, pronto fueron escenificadas en el Teatro Nacional (Cervantes en el siglo XX), y sus melodías pasaban a formar parte de los recitales en cafés y casas señoriales (con reducciones para canto y piano); de las serenatas populares que bandas militares y civiles solían ofrecer, tanto cuando se trataba de carácter festivo como fúnebre en actos luctuosos, así como en los conciertos públicos en los que las selecciones de algunas óperas y oberturas, como Guillermo Tell, fueron, y siguen siendo, tan celebradas. También influyó y se imitó su estilo en la música religiosa. Uno de los primeros maestros granadinos en hacerlo fue el célebre maestro de capilla de la Catedral Vicente Palacios, autor del popular Miserere, que, compuesto en 1832, ya denota cierta influencia del “patriarca del estilo italiano”. En la década de 1820 pasaron por el teatro granadino gran cantidad de compañías de ópera italianas que ofrecieron casi la totalidad de su producción. Aunque a partir de la de 1830 Bellini y Donizetti, y ya en la de 1840, Verdi, en parte le quitaron a Rossini protagonismo, óperas como La Cenerentola, Semiramide, y, sobre todas, El barbero de Sevilla, permanecieron durante años en los escenarios.

El 13 de febrero de 1831, en pleno apogeo de su popularidad, llegó Rossini a Madrid junto a su amigo el banquero y mecenas Alejandro Aguado. Aunque en principio el propósito de su viaje fue el de visitar a su sobrina Josefa Pérez Colbrán, casada con el músico Joaquín Espí y Guillén, la verdad es que no pudo esquivar agasajos y reconocimientos. Como no podría ser de otro modo, fue recibido por los reyes Fernando VII -de quién rechazó un cigarro ya “fumado” con la excusa de que no fumaba…-, y María Cristina -a quién dedicó la romanza La Passegiata, quizá en agradecimiento a su mediación ante semejante osadía-. Recordemos que España vivía los últimos momentos de la funesta “Década Ominosa” -tres días después a estos hechos, en Granada fue detenida la futura mártir la causa liberal, Mariana Pineda, en medio de un convulso ambiente de excitación política-. Siguió en la agenda del “Cisne” una esperpéntica visita al hermano de Fernando VII, el infante don Francisco de Paula –en su archivo musical se han conservado más de cien partituras de Rossini-, en la que éste improvisó unos pasos de baile mientras el italiano tocaba el piano… Se le tributó asimismo un homenaje en el Conservatorio organizado por su director, el atractivo cantante Francesco Piermarini -elegido personalmente por la reina consorte para el cargo, aunque no precisamente por sus dotes musicales ni ejecutivas-, y por el compositor español Ramón Carnicer, muy respetado por Rossini. El Conservatorio, aunque había iniciado su andadura el 1 de enero de este mismo año, no tendría su inauguración oficial hasta un mes más tarde de este evento. Después de la función se organizó una espontánea serenata en la que participaron más de doscientos músicos, quienes en la puerta de la fonda de la calle del Caballero de Gracia, donde se hospedaban Rossini y el banquero, se arrancaron con sus más conocidas melodías. Al día siguiente tuvo Rossini la función que quizá más le satisfizo: una comida en la casa del Comisario General Apostólico de la Santa Cruzada, Manuel Fernández Varela, aficionado gastrónomo de quien se decía: “La mesa de generoso sacerdote, que no estaba por el ascetismo en esta materia, era lo mejor de Madrid”. Fue el sibarita clérigo quien le descubrió los encantos del jamón de Trevélez a Rossini. Al parecer en dicha comida también estuvieron presentes varios personajes notables de la sociedad madrileña, como el literato Mariano José de Larra, quien había elegido su seudónimo “Fígaro” con el que firmaba sus escritos a partir del personaje de El barbero de Sevilla. Enlazaron por la noche Rossini y el banquero con un baile de máscaras en el palacio de los condes de Híjar. Destacamos cómo durante estos días abundaron los artículos de admiración al genio de Pésaro en la prensa de la ciudad, que incluso incluyeron poesías laudatorias como la que firmó un autor tan respetado como Mesonero Romanos. En la tertulia que siguió al mencionado banquete en casa del cura, este le hizo a Rossini una oferta de esas que no se pueden rechazar a pesar de su firme voluntad de no aceptar proyectos: la composición de un Stabat Mater. Dos años después, el Viernes Santo de 1833, se dio a conocer la nueva y genial composición sacra de Rossini en la iglesia de San Felipe el Real de Madrid. Según contó más tarde Benito Pérez Galdós en sus Episodios nacionales, “hubo tantas apreturas en la iglesia que muchos recibieron magulladuras y contusiones y se ahogaron dos o tres personas en medio del tumulto”. La obra pronto se convirtió en pieza obligada en todas las iglesias españolas con capillas de música. También en las de Granada estuvo como obra obligada hasta bien entrado el siglo XX, y de seguro fue la obra más interpretada en los templos granadinos después del Miserere de Palacios, habitual cada Jueves Santo hasta 1926. El Motu Proprio de Pío XII intentó desterrar de los templos estas músicas de influjo teatral -y por lo tanto, desde el punto de vista eclesiástico de entonces, pecaminosas- en favor de una música que se estructurara sobre la base del canto gregoriano.

Como venimos diciendo, el estilo musical rossiniano tuvo una enorme influencia. Fue quizá el compositor que más determinó el carácter compositivo de la música española durante el siglo XIX, de cuyo dominio nadie pudo sustraerse, entre ellos, los granadinos Bernabé Ruiz de Henares, Antonio Maqueda, Antonio Luján, Ramón Entrala, Francisco Rodríguez Murciano, hijo, Antonio de la Cruz o Mariano Vázquez. Esta influencia, que se intentó evitar con ahínco desde mediados del siglo XX, siguió imperando en casi todas las producciones patrias, incluso en la zarzuela, género que albergaba la esperanza de alejarse del  foráneo influjo para así poder crear otro más típico y autóctono. En el Liceo granadino, desde 1839, fueron frecuentes las reuniones musicales en las que la ópera italiana se trasladaba de los escenarios a las reducciones para voz o algún instrumento con acompañamiento de piano. Algunos años más tarde, la joven generación de artistas que conformó la llamada Cuerda -que desde 1852 comandó Ronconi-, creció con el estilo del bel canto, y no solo los músicos participaron de este entusiasmo, sino escritores como Pedro Antonio de Alarcón, Manuel del Palacio, José Castro y Serrano, José Facundo Riaño o José Salvador de Salvador fueron perseverantes estudiosos del fenómeno musical en boga. La primera de las novelas de Alarcón, El final de Norma, tuvo referencia operística, y desde muy joven dejó numerosos escritos y artículos de prensa en los que demostró su innata afición y devoción hacia el género operístico italiano.

Desde el momento en que Rossini se enteró de que Ronconi se había establecido tan cerca de la Alpujarra comenzó a pedirle los surtidos de jamones de Trevélez, a cuyas entregas unirán algunos miembros de la citada Cuerda chorizos y salchichones de Montefrío. Más de quince días solían tardar en llegar los jamones desde Trevélez hasta las orillas del Sena. Recordemos que Madrid no tuvo conexión ferroviaria con París hasta 1864, y Granada con Madrid hasta diez años después, por lo que las entregas se solían hacen en carros de caballos. Un día de noviembre de 1860, estando el escritor accitano Pedro Antonio de Alarcón de viaje en París, se encontró con quien para él era “uno de los hombres de mejor humor que he conocido”, su antiguo amigo de la Cuerda Giorgio Ronconi. Después de comer, el italiano le rogó que se vistiera de gala y le acompañase a una cena sorpresa. Y así, con la extrañeza del escritor, tomaron ambos un carruaje en la Madeleine y después un ferrocarril hacia el oeste. Alarcón no paraba de preguntar por el destino ante el impávido silencio de Ronconi, que no hacía más que reír: “¿Qué significaba aquel viaje en frac y corbata blanca?”. Al cabo de recorrer el tren unos cinco quilómetros, se oyó a los empleados de la estación gritar: “¡Passy! ¡Passy!”. Tras un rato de andar a oscuras entre árboles y pasar una verja de hierro, entraron en una casa de gran lujo. Fueron atendidos por los criados y al penetrar en una habitación revestida de blanco y oro con un gran piano vertical se encontraron con unas veinte personas, seis o siete de ellas distinguidas damas. Cerca del piano se hallaba un viejo alto, grueso, fuerte, con gran peluca rubia y unas ligeras patillas blancas, “sin un hueso en la boca”, de grandes y nobles facciones y ojos muy vivos y penetrantes. Vestía un rendingot castaño, de alto cuello, ancho corbatín de forma antigua y holgado pantalón oscuro. Llevaba en el ojal el botón de la Legión de Honor. Tenía en la mano una caja de rapé, y su voz era destemplada, dominante y agresiva. Hablaba en italiano. No bien distinguió a Ronconi, dejó la conversación que tenía con una dama y vino hacia él con los brazos abiertos. “–¡Gran canalla! ¡Giorgio mio!”, exclamó abrazándole. “–¡Viejo lobo! ¡Gioacchino mio!”, respondió Ronconi. Y se besaron. Naturalmente, Alarcón ya había reconocido a Rossini, “el autor de tantas obras inmortales, el hombre que compartió los aplausos del mundo con sus dos grandes contemporáneos Lord Byron y Napoleón…”. Turbado y asombrado al verse a dos pasos de él, se le acercó, le dio la mano, pero se contuvo de besarla. “Rossini era tratado en la tertulia como un verdadero rey de otros tiempos. Él atacaba a todo el mundo con sus sangrientos sarcasmos, con su ácida burla, con sus mordaces epigramas, y nadie le devolvía un solo golpe; todos se daban por muy honrados con las familiaridades del gran maestro. Solo Ronconi respondía con chistes a sus chistes”. Allí se encontraba la esposa de Rossini, Olympe Pelissier, el alcalde de Passy, cargos del Imperio y cantantes de prestigio como la mítica Giulia Grisi. Rossini le habló a Alarcón de lo mucho que amaba a España, y de España hablaron largo y tendido: “Yo estuve ocho días en Madrid hace treinta años… Lo que no puedo olvidar es el jamón de las Alpujarras. ¿No están las Alpujarras cerca de su pueblo de usted?”. Alarcón se ofreció a mandarle jamones, pero Rossini, acariciando a Ronconi, le contestó que ya él se los mandaba con frecuencia. A partir de ahí la conversación tomo otras derivaciones hacia temas sociales y políticos. Al finalizar la velada, Rossini regaló a Ronconi dos retratos impresos suyos, uno con veinte y otro con sesenta años, con la siguiente dedicatoria con referencia operística incluida: “Fígaro giu, Figaro Su. Poi ruppe lo stampo… Al mio dilettisimo Giorgio Ronconi. Parigi 29 de noviembre de 1860”. Y es que no en vano el barítono milanés seguía sin tener rival en su rol de Fígaro de El barbero de Sevilla. Todos estos detalles los conocemos gracias al libro De Madrid a Nápoles, que Alarcón escribió y publicó poco después de su largo periplo europeo.

Unos meses después de Pedro Antonio de Alarcón, el compositor Francisco Asenjo Barbieri emprendía viaje hacia París y se despedía con una chistosa carta de su amigo y compañero de fatigas, el granadino Mariano Vázquez: “Dichoso tú, que en la Alhambra / fiel recuerdo de Estambul / templas con fresca brisa tu primoroso laúd / y en la sombra de esos tilos / que roban al sol su luz / a jamones de la Sierra / dar en tu vientre ataúd, / mientras tu amigo Barbieri / tendido como un atún / espera el momento ansiado / de hacer a Madrid la cruz / e ir a andar por esos mundos / en unión de su baúl!”. Mariano Vázquez era el encargado de intermediar para conseguir abastecer la despensa de la casa de Barbieri de jamones alpujarreños. Si el mérito del eximio zarzuelista como poeta dejaba algo que desear -al menos en esta misiva-, nadie le discutía su consideración de mejor compositor patrio, de ahí que el influyente Marqués de Salamanca insistiera en que debía ser conocido en París. En acuerdo con el Conde de Morphy -músico y aristócrata español que pasó su infancia en Granada-, la Condesa de Montijo y su hija, la granadina y emperatriz de los franceses Eugenia de Guzmán, esposa de Luis Napoleón –introductora de los jamones alpujarreños en los menús de la corte gala-, se consiguió una invitación del Teatro de la Ópera Cómica de París. Llegó a mediados de agosto Barbieri a la capital del Sena junto al libretista de la obra, Luis Olona, con el natural mareo de tan largo y duro viaje, para llevar a cabo los ensayos y puesta en escena de la última de sus producciones, que no era otra que la zarzuela-disparate Entre mi mujer y el negro. En los meses que pasó Barbieri en París tuvo el privilegio de ser invitado en la casa de Passy, donde (cuenta la anécdota) Rossini le enseñó su colección de “violines y violas”. Cuando Barbieri, curioso, le preguntó mientras se acercaban a la mencionada colección de dónde eran (imaginando que la respuesta sería Cremona), le contestó que de Trevélez, con lo que la curiosidad de Barbieri se convirtió en desconcierto que no tardó en terminar en carcajada una vez llegados a su destino y comprobar que, efectivamente, se trataba de un magnífico surtido de jamones de varios tamaños enviados desde Granada por Ronconi. Aunque la aventura musical del madrileño en París fue un desastre, con imposible traducción al francés de la obra referida y cambios en sus escenas, Barbieri siempre conservó un buen recuerdo de sus andanzas por la gran capital cultural de la época, y suponemos que Rossini tuvo mucho que ver en ello. Un día después de la velada, Pedro Antonio de Alarcón asistió en la Madeleine al funeral de Francisca de Paula Portocarrero, Duquesa de Alba y hermana de la emperatriz Eugenia, que no pudo asistir por encontrarse de visita oficial en Argelia. Y en el verano de 1864 Barbieri homenajeó a Rossini al poner el nombre del italiano al teatro de verano construido en el nuevo jardín de los Campos Elíseos -prolongación de la calle de Alcalá- que se inauguró con la primera representación en Madrid de Guillermo Tell, con Barbieri a la batuta.

Aunque Rossini nunca tuvo la posibilidad de visitar Granada, conocía a través de muchas amistades y por medio de referencias literarias y musicales el influjo romántico oriental y lo cautivadora que resultaba la ciudad. Su primera esposa fue la soprano española Isabel Colbrán y entre sus amistades abundaban los españoles –algunos por encontrarse en el destierro por motivos políticos derivados del absolutismo regio-, en especial el onteniense José Melchor Gomis, el granadino Francisco Martínez de la Rosa y Manuel García y su hija, la cantante Malibrán. También con el tiempo mantuvieron amistad con Rossini algunos granadinos como el barítono Francisco Salas, o vinculados de alguna forma a la ciudad, como el pianista Santiago de Masarnau, el músico aristócrata Guillermo Morphy, o el mencionado Giorgio Ronconi. Varios de los asiduos artistas invitados a su mansión habían sido seducidos por el encanto granadino en sus viajes y de seguro que en las animadas charlas de Passy contaron sus andanzas con pelos y señales. Por Granada se habían dejado caer Victor Hugo, Alejandro Dumas, Theophile Gautier, Gustave Doré, Paul Gevaert, Charles Gounod, Giovanni Battista Rubini o Giulia Grisi. Es posible que esta fascinación que sentía Rossini por España en general y Granada en particular fuera la que le llevó a incurrir en dos de sus habituales “pecadillos de vejez” al poner música a dos textos que su amigo el libretista y traductor Emilien Pacini le ofreció. Se trata de dos “arietas españolas”, la primera con el título de A Grenade, y el subtítulo de La nuit regne a Grenade, y la segunda La veue andalouse o Toi pou jamais. Aunque las piezas fueron compuestas en 1861, la primera edición fue impresa por Léon Escudier en 1863 con gran enfado de Rossini, pues él no dio permiso al anónimo que de forma fraudulenta se benefició al vender las piezas al editor francés. Esto hizo que desde entonces tomara Rossini la decisión de no regalar más papeles de música a nadie y así evitar que se repitiera otra contrariedad de este tipo. Poco después se realizó otra edición autorizada, esta vez por el editor Maurice Strakosch con la Casa Ricordi, traducidas al español por Ventura de la Vega y dedicadas la primera de ellas a la reina de España, Isabel II, y la segunda a su querido amigo el profesor de canto de la Real Cámara y de la Familia Real española Francisco Frontera de Valldemosa. Los derechos de las obras fueron a su vez cedidos por la monarca y el profesor “con el beneplácito del inmortal Cisne de Pésaro” a la Sociedad Musical de Socorros Mutuos, que se benefició de las ganancias en España de las obras, pues las generadas en el extranjero fueron para su editor monsieur Strackosch. Así y todo, en poco tiempo la venta de estas piezas produjo, con gran satisfacción de la referida sociedad, unas ganancias de 12.000 reales de vellón. Anotar un detalle importante: el 10 de octubre de 1862 los jamones de Trevélez consiguieron el preciado Sello de la Corona Española en reconocimiento a su excelencia (la del jamón), aunque desconocemos en qué medida influyó esto para que Rossini tomara la decisión de dedicar su A Grenade a Isabel II.

Las canciones fueron compuestas por Rossini para la soprano italiana nacida en Madrid Adelina Patti, quien, al contrario que ocurría con la mayoría de las fugaces piezas, cantó A Grenade como propina durante algún tiempo. A finales de 1863 la aclamada diva se encontraba en Madrid formando parte de la compañía de ópera del empresario monsieur Bagier. El 30 de diciembre fue recibida en el Palacio Real por Isabel II, a quien insistió para que acudiera a un concierto en el Conservatorio el mismo día por la tarde junto al tenor Mario de Candia, el violinista Jesús de Monasterio, la Sociedad de Conciertos y su director, Joaquín Gaztambide. Adelina y Mario cantaron arias y dúos de La Traviata  y Rigoletto, y después, como quedó plasmado en prensa, “la señorita Patti cantó dos veces y siempre entre aplausos una balada compuesta por Rossini y dedicada a Su Majestad la Reina con el título de A Grenade y cuya letra ha sido traducida al español por el eminente don Ventura de la Vega. La señorita Patti canta tan bien que todo lo embellece…”. De vuelta a París el 2 de febrero de 1864, Adelina Patti acudió fiel a su cita en Passy junto a otros cantantes, como el barítono Enrico Delle-Sedie, la contralto Emilie de Meric-Lablanche y el tenor Andrea Peruzzi: “¿Para qué sirven los epítetos enfáticos ni las largas declaraciones? Digamos brevemente que ha habido fiesta en casa de Rossini y que no hay soberano que pueda dar una igual. Meyerbeer estaba allí en un rincón aplaudiendo con la sonrisa en los labios las melodías del gran maestro que los artistas ejecutaban con una prodigalidad sin igual, a través de los diamantes y las flores”.  Después de Tancredi, La Cenerentola, La gazza ladra y Un ballo in maschera, como propina ofrecieron el soneto Il fanciullo smarrito y A Grenade, canción española: “¡Cuán seductora ha estado Adelina! Desde los tiempos de Malibrán no se había visto naturaleza musical mejor dotada! Rossini retirado en un pequeño cuartito parecía el sol que recibiese una corte de estrellas, era feliz al ver la dicha que se respiraba a su alrededor. La señora Rossini ha hecho los honores de fiesta con exquisita amabilidad”. Por estas fechas también participó la soprano ítalo-madrileña en otras recepciones aristócratas parisinas. Registrada por la prensa tenemos la del 5 de febrero en el palacio del financiero judío-portugués Isaac Pereire, y donde también Adelina Patti interpretó A Grenade, acompañada al piano por el mítico tenor Giovanni Battista Rubini.

Pero tanto placer no podía pasar sin consecuencias. El mordaz Theophile Gautier escribió por estas fechas: “Rossini está monstruosamente obeso, hace seis años que no se ha visto los pies. El metal de su orquesta tiene resonancias de batería de cocina, incluso en el momento de sus más sublimes inspiraciones”. Pero ninguna consecuencia física impidó a Rossini disfrutar hasta su muerte en 1868 de los placeres de la mesa, aunque no sabemos a ciencia cierta si el jamón granadino estuvo presente hasta sus últimos días. Decimos esto porque durante los primeros meses de 1864 la Escuela de Canto y Declamación Isabel II, que Giorgio Ronconi dirigía en Granada y que tanto prestigio estaba cosechando, acabó por desintegrarse ante la displicencia de la clase dirigente y una serie de desgraciadas circunstancias. Poco después la quiebra de la banca granadina, en donde el barítono tenía depositados todos sus ahorros, hizo que tuviera que vender su archivo, su carmen de la colina de Mauror, y comenzar a cantar junto a compañías itinerantes por provincias para ganarse la vida. Resulta patético leer en su correspondencia con Barbieri cómo le indica los títulos de las óperas de su archivo y le ruega que le encuentre comprador. Suponemos que las despensas del genio de Pésaro pronto quedaron desabastecidas de jamón alpujarreño, a no ser que encontrara el afectado algún otro proveedor que realizara las oportunas gestiones para así seguir contando con tan preciado elemento de la cultura española, para satisfacción propia y la de sus dignos comensales.

José Miguel Barberá soler