Sasibil, el Caserío soñado por Guridi

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El Caserío en La Zarzuela

Pablo Viar, director de escena vasco, viene a decir- más o menos- que Arrigorri surge de la niebla. Y acierta de lleno el eficiente director escénico, porque Arrigorri – pueblo imaginario en el corazón de las Vascongadas- parece surgir, surge, no sólo de la niebla, sino también de la poesía, de la bruma y del misterio. Es ese extraño hálito que parece envolver un paisaje y que refleja de forma admirable la música de Guridi. Surge del misterio, de acuerdo, de la niebla, de la poesía, pero sus habitantes tienen muy poco de misteriosos. Son sencillos, desarrollan sus pequeñas pasiones, sus anhelos, sus frustraciones en el marco cerrado y paradójicamente inmenso de su caserío. Sasibil es parte de Arrigorri. Y sus gentes viven, disfrutan, padecen, aman, como todos, aunque con una aureola de sencillez, de cercanía. Todo eso tiene que estar condensado en la escena y ahí han estado muy atentos, tanto Pablo Viar como Daniel Bianco. Aquel en la dirección escénica, éste en la escenografía, con un trazado sencillo pero eficacísimo, conjugando realismo con la posibilidad poética, no exenta de fantasía, de sugerir con unos simples trazos la complejidad de una trama. En la escena, los ocho personajes centrales tienen una vida intensa, donde el sentimiento cercena cualquier atisbo de rusticidad. Los otros personajes, el pueblo, son como aquellos antiguos coros de la tragedia griega. Y juegan muy bien director y escenógrafo, para dotarlos de la cualidad de telón de fondo, unas veces activos, partipando intensamente en una acción donde lo popular ostenta el cetro y en otras ocasiones, con un estatismo que se contrapone acertadamente al dinamismo de unos personajes que parecen no moverse de un círculo limitado, pero que sin embargo tienen una vitalidad, una intensidad de sentimientos de gran amplitud. El paisaje se adivina a través o más allá de los límites que impone el muro del caserío. El paisaje está sobe todo en la música, esa música intensa, deliciosa, hermosísima, que se impregna de lo popular vasco, que se apoya en un folclore pero que vuela con personalidad propia gracias a la técnica y a la gran inspiración de Jesús Guridi. El texto se reduce considerablemente del libreto original que firmaron Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw. Se ha aligerado sin alterar lo esencial del contenido. Han desaparecido algunos personajes, perfectamente prescindibles, y con ello se ha ganado en agilidad, en dinamismo. Muchos diálogos desaparecen por irrelevantes. En cambio la música permanece inalterable -solamente me pareció advertir un ligero recorte en el coro de pelotaris Pello Joshep-erigiéndose, como no podía ser menos, en la gran y auténtica protagonista de toda la obra. La simbiosis música, texto, escenografía, es perfecta. Tanto en la envolvente presencia del caserío, como en el frontón, donde el coro tiene ese cariz de representación de un pueblo que subraya y, en parte vive, las andanzas de los principales personajes.

Treinta y dos años hacía que El Caserío no se representaba en el Teatro de la Zarzuela. Demasiado tiempo teniendo en cuenta que es uno de los grandes acontecimientos, uno de los hitos importantes de la historia de la zarzuela. Una aportación fundamental en el panorama de nuestra música escénica del siglo XX. Guridi pertenece a la última gran generación de compositores de zarzuela junto a Vives, Sorozábal, Moreno Torroba, y otros y en él brilla la riqueza de una deliciosa melodía muy inspirada pero que tiene una excepcional apoyatura en una perfecta orquestación, en un sustrato armónico y contrapuntístico de gran nivel. En El Caserío hay influencias del verismo, del nacionalismo, de la gran tradición orquestal germana, hay una amalgama de posibilidades que se van traduciendo en unos grandes hallazgos. Utiliza el rico folclore vasco y crea momentos muy originales aunque tengan como referencia y motivo de inspiración ese folclore vasco de tan gran envergadura musical. Ese formidable intermedio del segundo acto donde el zortziko adquiere un gran protagonismo, donde las melodías se enlazan creando ese clima especial que parece que surge del propio paisaje vasco. O esa romanza llena de belleza y calidad poética y, por supuesto, musical como es el “Yo no sé qué veo en Ana Mari”, o el formidable inicio de la zarzuela, o el dinamismo y la gracia del “Trébole”, o la romanza de barítono que se apoya en un trasfondo de zortziko, y en el hermosísimo dúo de Ana Mari y José Miguel, que evoca todo un paisaje. Se van sucediendo los números musicales y quedamos pensando que es ésta una auténtica ópera basada en las tradiciones vascas. Precioso el dúo – cargado de nostalgias- de Ana Mari y Santi, delicioso el dúo de Bertsolaris. Sin olvidar la belleza tanto melódica como armónica del dúo cómico que trasciende de lo humorístico del texto para volver a rendir un homenaje a la música vasca que llevaba Guridi dentro del alma. Toda la obra es algo realmente sensacional y para el que esto firma, uno de los grandes pilares que enaltecen y engrandecen el género lírico español.

El Caserío en La Zarzuela
El Caserío en La Zarzuela

Tanto tiempo sin ver esta magnífica zarzuela en Madrid y por fín hemos tenido ocasión de disfrutarla en todo su esplendor. Vayamos por partes. A mi juicio la orquesta ha estado espléndida, con un Juanjo Mena sencillamente formidable, seguro, cuidadoso de obtener el timbre más rico, respetuoso con los cantantes, apoyándoles pero sin preterir la importante labor que la orquesta tiene en esta partitura. Excelente Juanjo Mena y la orquesta.

Y los intérpretes a un gran nivel. Deliciosa de voz, cantando con un buen gusto total, sabiendo expresar todo el dramatismo y la ternura que irradia de su personaje, así hemos visto y escuchado a Raquel Lojendio. Su versión de Ana Mari ha sido excelente. Ha brillado en los dúos y sobre todo ha cantado con excepcional calidad su celebrada romanza del último acto. Junto a ella hemos disfrutado de un tenor que, en la noche del estreno, ha actuado en verdadero estado de gracia: Andeka Gorrotxategi. Bonita voz, muy bien timbrada, un registro medio irreprochable y con unos agudos plenos de valentía, de seguridad y de bella musicalidad. Ha sido un excelente José Miguel. Y en línea similar el barítono Ángel Ódena, de robusta y bien timbrada voz. Me ha encantado en su romanza “Sasibil, mi caserío” y ha cantado con autoridad en todos los parlamentos de su papel. Marifé Nogales ha sido una graciosa y no exagerada Inosensia, cantando con gusto su dúo cómico y teniendo adecuada réplica en un Pablo García López que ha dado vida a un buen Txomín brillando en el ya citado dúo cómico y en todos los momentos en que intervenía. Itxaro Mentxaca, Eduardo Carranza y José Luis Martínez, bien en sus papeles, con sobriedad y buen tino. El coro, como siempre, a buena altura. Y por supuesto una buena dirección escénica y una sencilla pero eficaz escenografía que han contribuído a que hayamos visto y escuchado una muy buen versión de El Caserío.

José Antonio Lacárcel