Schubert y Wagner. Madrid

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Daniel-Harding

24/11/2013. Auditorio Nacional de Música, Sala Sinfónica (Madrid). Ciclo Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. Serie Barbieri. London Symphony Orchestra. Daniel Harding (director). Solistas: Peter Seiffert, tenor (Tristan), Melanie Diener, soprano (Isolde), Christianne Stotijn (Brangaene), Matti Salminen, bajo (Marke), Mark Stone (Melot y Kurwenal). Primera parte: Sinfonía nº 8 en si menor, Inacabada (Schubert). Segunda parte: Acto II de Tristán e Isolda (Wagner).

El triunfo del rey Marke

Daniel Harding ha visitado el Auditorio Nacional de Madrid para ofrecer dos conciertos dentro del ciclo Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. El director británico se traía a su orquesta de la que es principal director invitado, la London Symphony, para ofrecer al público madrileño en el primero de ellos su acercamiento operístico a Tristán e Isolda, pero limitado únicamente a su acto segundo. A pesar de ser un Wagner a medias, es de agradecer este

La primera parte, un tanto coja en duración con respecto al acto wagneriano, lo conformaba una de las obras sinfónicas románticas por excelencia, la Inacabada de Schubert. Fue ésta a grandes rasgos una lectura atenta al detalle, de sólido y compactado sonido en cada una de las familias de instrumentos de esta brillantísima orquesta, con cierta pulsión dramática en el primer movimiento. No obstante en el Andante (tomado muy al pie de la letra el añadido “con moto”), Harding acrecentó la velocidad y la emoción decayó, quedando disipado el encanto que destila este movimiento.

Matti-Salminen

Mantener la atención continua durante un acto de una ópera de Wagner es algo muy costoso, sobre todo si el director no crea el adecuado clima, repleto de continuos contrastes, que requiere eso que el compositor alemán denominó melodía infinita, y también si los cantantes no responden o no consiguen aclimatarse a esa ambientación. Harding se apoyó en unos tempos en general muy ligeros y siguiendo de cerca la ortodoxia wagneriana, prestando mucha más importancia al discurso orquestal (vehículo del drama) que a las propias voces. Y donde más se puso de manifiesto esto fue durante el corpus central del acto, ese tenso y voluptuoso dúo de amor que contiene ya los temas del Liebestod con el que concluye la ópera: tanto la soprano Melanie Diener como el tenor Peter Seiffert eran obligados a realizar un esfuerzo canoro imposible en la parte final de ese dúo para que el torrente de la omnipresente maquinaria orquestal wagneriana no emborronara su canto. A pesar de ello, el canto de Diener (correcta Isolde pero con tendencia al grito) era inevitablemente ahogado por las huestes de la London Symphony con un Harding muy desenfrenado que no parecía escatimar en decibelios orquestales. Seiffert salvó con robustez vocal la exigente tesitura y los embates de la acometida orquestal sin aparentes muestras de cansancio, antes del reposo que supone la llegada inesperada del despreciable Melot (que defendió Mark Stone junto a la breve frase de Kurwenal) y la del venerable rey Marke, encarnado por el bajo Matti Salminen. Es un hecho que a sus casi setenta años todavía posee el finés ese aura inherente al personaje, gracias a su presencia en escena (a pesar de ser una interpretación en concierto) y a un instrumento que responde, de textura inconfundible y cálido metal. Su monólogo fue emocionante y desgarrador, un dechado de autoridad que conseguía colocar un nudo en la garganta al transmitir con toda entrega y un irreprochable manejo de la dicción alemana, la congoja de un monarca dolido ante la recién descubierta traición de su amigo Tristán. Por su parte, la mezzo Christianne Stotijn dio vida a una expresiva Brangaene en la primera escena con Diener, a pesar de un acusado vibratto en su breve intervención fuera de escena durante el dúo de amor, cuando a los efectos fue colocada muy oportunamente desde el lateral derecho del primer anfiteatro, otorgándola así ese papel de vigía desde las almenas del castillo de Marke, el cual, a través del temple regio de Salminen, fue el indiscutible triunfador de la velada.

Germán García Tomá