Un segundo reparto de Il Trovatore en el Liceu con poco interés

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Il Trovatore en el Liceu. Foto: A. Bofill
Il Trovatore en el Liceu. Foto: A. Bofill

Cierra el Liceu su temporada de ópera con un título popular y de gran repertorio, como es el Trovador de Giuseppe Verdi. Se han programado dos repartos distintos y estos comentarios corresponden al segundo de ambos, aunque no creo que vaya a haber mucha diferencia de calidad entre uno y otro. El resultado artístico de esta representación ha sido un tanto modesto, con una producción de escaso interés, una dirección musical que no fue más allá de la eficacia y un reparto vocal de escaso brillo.

Se ha ofrecido una nueva producción, que se hace en coproducción con la Ópera de Oviedo, y que lleva la firma del andorrano Joan Antón Rechi, quien no parece estar muy sobrado de ideas. Lleva la acción a principios del siglo XIX, al convertir en protagonista de la producción los grabados de Goya sobre los horrores de la guerra. Se trata de una producción de corte minimalista, ya que apenas existe escenografía, más allá de unos muros laterales, mientras que el fondo del escenario sirve para la proyección de imágenes de los mencionados grabados, continuamente proyectado. El vestuario de Mercè Paloma no ofrece otro colorido que el de Leonora e Inés vestidas de majas, y el del Conde de Luna y Ferrando, que parecen salidos del cuadro de Goya de la familia de Carlos IV. La iluminación de Albert Faura no tiene mucho interés.

Estas producciones de corte tan minimalista, por no decir nihilista, requieren una gran dirección de escena para no hacer agua y Joan Antón Rechi no lo consigue. La dirección de actores es bastante prosaica y la dirección de masas resulta insuficiente. Posiblemente, el mayor mérito de la producción es el de su reducido coste, ya que casi parece más una versión de concierto con trajes.

Al frente de la dirección musical estuvo una vez más el milanés Daniele Callegari, que volvía al Liceu tras 4 años de ausencia. Su lectura ha sido tan eficaz como tantas otras suyas, pero hace falta más que eficacia para dirigir Verdi. La Orquesta del Liceu estuvo por debajo de lo que nos ha ofrecido en otras ocasiones en esta misma temporada. Tampoco ofreció brillo especial el Coro del Liceu.

Manrico era inicialmente el tenor coreano Yonghoon Lee, que suspendió por enfermedad, siendo sustituido por el italiano Piero Pretti. Este tenor tiene una voz atractiva y bien manejada, aunque no está sobrado de volumen y queda un tanto corto en los momento más dramáticos. Esperaba más de él en el aria Ah si, ben mio.

Il Trovatore en el Liceu. Foto: A. Bofill
Il Trovatore en el Liceu. Foto: A. Bofill

La soprano americana Tamara Wilson lo hizo bien en Leonora con una voz atractiva y adecuada al personaje. Es una buena cantante con una voz de amplitud suficiente. Como siempre, su mayor hándicap viene de su poco creíble figura en escena y de sus escasas cualidades de actriz

La mezzo-soprano rusa Ekaterina Gubanova suspendió en la parte de Azucena, al parecer por razone personales, lo que puede querer decir cualquier cosa. Su sustituta fue la americana Marianne Cornetti, cuya actuación me resultó decepcionante. Hacía dos años que no la veía en vivo y en este tiempo su estado vocal ha empeorado de manera evidente. Hoy tiene un vibrato molesto y sus notas altas son destempladas y gritadas.

El barítono rumano George Petean fue un Conde Luna sin mayor interés. Hay poca elegancia en su canto, aunque la voz tiene una cierta calidad.

El bajo Marco Spotti fue un correcto Ferrando, aunque le he encontrado con la voz más reducida que hace no mucho tiempo.

En los personajes secundarios Albert Casals lo hizo bien como Ruiz, así como también María Miró en Inés.

El Liceu ofrecía una entrada de alrededor del 85 % de su aforo. El público se mostró cálido con los artistas, siendo los mayores aplausos para Marianne Cornetti.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 2 horas y 45 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 12 minutos. Siete minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 245 euros, habiendo butacas de platea desde 131 euros. La localidad más barata con visibilidad costaba 47 euros.

José M. Irurzun