Un Siegfried en Dresde con un tercer acto antológico

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Siegfried en Dresde
Siegfried en Dresde. © Klaus Gigga

Avanza la Tetralogía wagneriana en Dresde. Hemos asistido a una destacada representación de esta tercera entrega, en la que hemos podido disfrutar de un tercer acto memorable y antológico, de lo mejor que he podido escuchar en mi vida. Por supuesto, me estoy refiriendo a la parte musical, ya que la escénica sigue sin convencerme, aunque casi prescinda de butacas en esta ocasión. El reparto ha sido muy bueno con un lunar de relieve, al que luego me referiré.

Que Christian Thielemann es uno de los mejores directores del mundo en la actualidad es una obviedad. Como lo es también decir que su gran especialidad es precisamente la música de Richard Wagner, no en balde lleva bastantes años siendo el director de referencia en los Festivales de Bayreuth, que siguen ofreciendo interés gracias a su presencia. Esto significa que de sus actuaciones en una Tetralogía se espera lo mejor, como no puede ser de otra manera. Y, efectivamente, se cumplen las expectativas por altas que éstas sean. Casi me atrevería a decir que en este Siegfried las expectativas se han visto superadas en un tercer acto impresionante e insuperable. Ya desde los primeros acordes que nos llevan a Wotan en busca de Erda aquello era un sonido excepcional y así siguió durante todo el acto. No es que lo dos anteriores fueran decepcionante ni mucho menos, pero insisto en decir que este tercer acto vale por toda la Tetralogía y por muchas de ellas, a pesar de que la escena final ha tenido un lunar vocal de mucha importancia. La Staatskapelle Dresden fue un orquesta excepcional, que no puede faltar en el podio de las mejores del mundo y más todavía si de Wagner se trata.

Como Siegfried estuvo siempre anunciado el tenor austriaco Andreas Schager, pero parece ser que en el último mes surgieron problemas por la proximidad de las representaciones de los dos Sigfridos en este ciclo del Anillo. Buscar un sustituto a uno de los pocos Sigfridos espectaculares de la actualidad se me antoja casi una tarea imposible. No ha sido así, sino que hemos tenido como el joven Sigfrido al tenor americano Stephen Gould, que posiblemente sea el mejor de todos ellos Su voz sigue siendo amplia y hermosa y supera todas las innumerables dificultades que trae consigo este personaje. Pocas pegas se le pueden poner a su actuación, si es que alguna.

Otra cosa es la presencia de Petra Lang en la parte de Brünnhilde. La verdad es que su presencia en unas representaciones como éstas se me hace incomprensible. No voy a volver a insistir en su falta de adecuación a los personajes de soprano. Simplemente, no está a la altura exigible y acabó ofreciendo un auténtico recital de notas destempladas y hasta gritadas. Un error, que lamentablemente lo seguiremos sufriendo en el Ocaso de los Dioses.

A destacar nuevamente la actuación de Vitalij Kowaljow en la parte del Wanderer. La voz es poderosa, atractiva y muy bien manejada. No llegó al nivel de matices que ofreció en La Valquiria, pero su actuación fue digna de destacarse en cualquier caso.

El tenor alemán Gerhard Siegel volvió a demostrar que no tiene rival hoy en día como Mime. Es una voz muy adecuada al personaje, magníficamente emitida y estamos ante un gran intérprete.

Buena la actuación de Christa Mayer como Erda. La voz es adecuada para el personaje y es una notable cantante.

Bien también el bajo Georg Zeppenfeld en la parte de Fafner, que posiblemente ofreció su mejor actuación vocal de las tres que nos ha ofrecido hasta ahora.

Finalmente, El Pájaro del Bosque fue interpretado desde el interior por la soprano Tuuli Takala, de voz adecuada y atractiva, mientras un actor lo hacía en escena.

Siegfried en Dresde. © Klaus Gigga
Siegfried en Dresde. © Klaus Gigga

Nuevamente se nos ha ofrecido la producción escénica de Willy Decker, que en esta ocasión nos ha dado la sorpresa de casi prescindir de las butacas, lo que siempre es bien recibido, al menos por mi parte. De hecho no aparecen sino en la escena final y en la parte de atrás, quedando ocultas en el dúo de Siegfried y Brünnhilde. La desaparición de las butacas es algo positivo, pero la producción sigue sin convencerme.

La escenografía de Wolfgang Gussmann ofrece prácticamente un escenario único, consistente en dos paredes laterales e inclinadas, que junto con un panel de cierre por detrás ofrecen un escenario reducido en la cueva de Mime, donde más se adivina que se ve la fragua, resultando penosa la entrada de Siegfried con un oso de peluche. En el segundo acto estamos con las mismas paredes, quedando la parte delantera cubierta por sillas (parecen una obsesión del regista), cerrando la escena una especia de teatrillo, que se supone es la caverna de Fafner. ¿Qué hacen estas sillas en medio del bosque? No es fácil de adivinar, la verdad. Finalmente, las dos primeras escenas del tercer acto nos llevan prácticamente el escenario del primero, pero sin elementos de atrezzo, estando bien resuelta la aparición de Erda. Finalmente, el dúo de Siegfried y Brünnhilde tiene lugar en el escenario anterior, ahora totalmente cerrado y con nubes proyectadas en todas las paredes. El vestuario sigue siendo obra de Wolfgang Gussmann y Frauke Schernau y no tiene relevancia, llamando la atención que ahora Brünhilde se despierte con un vestido rojo, que nada tiene que ver con el que llevaba cuando Wotan la durmió. No sé si aquí ocurre también que no estaba dormida, sino que estaba de parranda. Mejor sin butacas, pero producción sin interés.

La Semperoper volvió a agotar sus localidades. El público dedicó una entusiasta acogida a los artistas en los saludos finales, siendo las mayores ovaciones para Thielemann, Gould y Kowaljow.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 5 horas y 5 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 3 horas y 58 minuto, prácticamente igual que la de Barenboim hace dos años en Berlín, y 12 minutos más lenta que la de Kirill Petrenko en Munich. Ocho minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 120 euros (Palco Central), costando la butaca de platea entre 74 y 99 euros. La localidad más barata costaba 28 euros.

José M. Irurzun