Simón Boccanegra. Verdi. Munich

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Nationaltheater de Munich. 12 Julio 2013.
¡Qué gran ópera es Simón Boccanegra! Desde luego la considero como una de las mejores de Giuseppe Verdi, aunque no cuente con la popularidad de otras. Cuando se ofrece en las debidas condiciones, la oportunidad de disfrutar que se le ofrece al aficionado es enorme. Así ha ocurrido en esta representación en Munich, en la que hemos podido deleitarnos con una estupenda versión musical y un muy notable cuarteto de protagonistas.
Confieso que el hecho de que la producción anunciada fuera de Dmitri Tcherniakov me hacía ir al teatro con bastante prevención, ya que el director de escena ruso cuenta con el favor de algunos directores artísticos modernos, entre ellos Gerard Mortier, pero sus trabajos siempre me han defraudado, cuando no me han simplemente cabreado. Tengo que decir que en esta ocasión me ha gustado la producción en la primera mitad de la ópera, aunque se ha venido abajo – o arriba, dependiendo de para quién – en la segunda mitad y me he reencontrado con el Tcherniakov que yo me temía.
Se trata de una coproducción de la Bayerische Staatsoper y la English National Opera, que se estrenó hace dos años en Londres. Tcherniakov trae la acción a tiempos modernos, situando el Prólogo en los años 60 y la ópera propiamente dicha en tiempos más recientes, quizá en los años 90. Como es habitual, el regista ruso ofrece su propia visión de la ópera. En el Prólogo asistimos a un enfrentamiento de dos bandas rivales, siendo Boccanegra un borrachín con chupa de cuero, que entra en la casa de Fiesco, se encuentra con su amada María muerta y se la lleva a la calle, convirtiéndose el cadáver en objeto de empujones entre unos y otros. Por cierto, la tal María no muere de enfermedad, sino que se abre las venas, a juzgar por cómo tenía los brazos de sangre la pobrecilla. Tras el prólogo, Boccanegra se convierte en un señor respetable vestido de
gris, mientras que Fiesco oculta su identidad como sacerdote. Amelia es una chica moderna y gótica, único recuerdo de la época histórica en la que la obra se supone que transcurre. Gabriele Adorno va siempre vestido de motero con buzo blanco y negro y con el casco correspondiente. Si uno se olvida de la historia de güelfos y gibelinos y procura centrarse en un enfrentamiento entre bandas mafiosas rivales, la cosa no está mal, salvo que en más de una ocasión el libreto chirría.
La dirección escénica de Tcherniakov destaca en el manejo de las masas y resulta muy poco convincente en lo que a los protagonistas se refiere. Antes decía que la primera parte de la ópera me gustó. Tengo que decir que en el descanso le comentaba a un amigo que las cosas no podrían seguir así, ya que se trataba de Tcherniakov y tenía que pellizcarme para comprobar que no estaba dormido. Efectivamente, en la segunda parte asistimos a algunos disparates y provocaciones dignas de ese considerado genio de la escena, título que, por cierto, no sé dónde se concede.
Vayamos por partes. El segundo acto se abre con Paolo vertiendo un veneno en el agua para asesinar a Boccanegra y así lo hace también Tcherniakov, pero parece que a Paolo se le va la mano con los polvos que echa en el vaso de agua, ya que el aspecto era tan repugnante que el Doge no bebe el agua, aunque diga que el sabor le parece amargo. La escena final resulta particularmente rechazable. Siempre el mar ha sido parte importantísima en esta ópera, pero aquí no existe y lo de la marina brezza, il mare, il mare resulta superfluo. La muerte de Boccanegra no sabemos bien por qué ha sido, ya que el veneno no lo ingiere. Más parece que ha perdido la cabeza, ya que no tiene mejor idea que calarse un gorro de papel de periódico en sus últimos momentos para, supuestamente, morir simplemente saliendo del escenario, después de haber hecho que el coro entre en el mismo. Lo que no cabe duda es de que Tcherniakov tiene mucho interés en que el espectador siga la trama y nos ofrece al arranque de cada acto un resumen de lo acontecido y por acontecer, aunque, eso sí, a su manera.

La producción cuenta con un escenario único, obra de la fértil imaginación de Tcherniakov, que, en un gran golpe de efecto, parece ofrecer distintos escenarios. El Prólogo se desarrolla en la Piazza Fiesco, que no es sino el mismo escenario de todo el resto de la ópera que, a base de iluminación y proyecciones, se convierte en algo totalmente distinto. A partir de la escena del Consejo, el escenario es único y ya sin cambios. El consejo es más bien una sala de conferencias con sillas metálicas, que ya no desaparecerán en el resto de la ópera. El arranque del primer acto es espectacular, consiguiendo Tcherniakov convertir el escenario del prólogo, en un alarde de imaginación magníficamente hecho, en un cuadro en la pared de la casa de los Grimaldi. El vestuario de Elena Zaytseva es adecuado y siempre en colores grises. Destacada la iluminación de Gleb Filshtinsky.

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Siendo un imaginativo director de escena, ¿por qué tiene que empeñarse siempre en provocar? Lo del gorro de papel es una tomadura de pelo al espectador, además de a Verdi, a Piave y a Boito.
La versión musical ha merecido la pena. El francés Bertrand De Billy ha puesto de relieve toda la belleza de la partitura, tanto en sus momentos intimistas como en los de masas. Ha sido una lectura para poder disfrutar de esta magnífica partitura de Verdi. La evolución artística de Bertrand De Billy me parece muy positiva, ya que ha madurado en los últimos años y hoy es un director muy interesante. Estupendas las prestaciones de la Bayerische Staatsorchester y del Coro del teatro.
Simón Boccanegra fue interpretado por el barítono serbio Zeljko Lucic y su actuación ha sido muy buena. Hacía 3 años que no le había visto en este personaje y le he encontrado mucho mejor que entonces. Vocalmente, su actuación fue irreprochable, con una voz auténticamente verdiana y con dosis de expresividad superiores a las de otras veces. Indudablemente, se trata de uno de los mejores barítonos de la actualidad en el repertorio verdiano.
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Otra muy buena actuación vino de la “gótica” Amelia Grimaldi en la voz de Krassimira Stoyanova. Siempre digo que esta estupenda soprano esta infravalorada, ya que su importancia popular es muy inferior a la de su categoría como cantante. Todo lo hizo estupendamente y bien harían los teatros españoles en aprovecharse de que no es un fenómeno de masas para contratarla en las temporadas de ópera de nuestro país con más frecuencia. Parece que en España, únicamente Barcelona y Bilbao se han enterado de su existencia.
El Padre Fiesco con el motero Adorno (aquí Stefano Secco)
El “motero” Gabriele Adorno fue interpretado por Ramón Vargas, quien, una vez más, me parece poco adecuado para interpretar personajes verdianos. No pongo en cuestión ni su atractiva voz de tenor lírico – más bien, lírico-ligero – ni su elegante línea de canto, pero su voz siempre me ha parecido más adecuada para el puro belcantismo. Su tercio superior cada vez se adelgaza más y resulta insuficiente en los momentos dramáticos. Indudablemente, es una cuestión de gustos, pero no me atrae escucharle ni Adorno ni Don Carlo, ni mucho menos Manrico, que ya lo ha cantado.
El bajo ucraniano Vitalij Kowaljow hizo una notable interpretación de Fiesco, con una voz muy adecuada, perfectamente sonora sin excesos, y una elegante línea de canto. Una muy buena elección.
El joven (30) barítono rumano Levente Molnar fue un buen intérprete de Paolo Albiani, sonoro y bien cantado, aunque eché en falta una voz algo mas negra.
Finalmente, Goran Juric estuvo bien en la parte de Pietro.
El Nationaltheater de Munich estaba prácticamente lleno. Faltarían unas décimas para llegar al 100 % del aforo. El público dedicó una cálida acogida a los artistas, siendo los triunfadores Zeljko Lucic y Krassimira Stoyanova.
La representación comenzó con los consabidos 5 minutos de retraso y tuvo una duración total de 2 horas y 54 minutos, incluyendo un entreacto. La duración puramente musical fue de 2 horas y 13 minutos. Los aplausos finales se prolongaron durante 9 minutos.
El precio de la localidad más cara era 193 euros, habiendo butacas de platea desde 117 euros. En los pisos superiores había localidades entre 90 y 64 euros. Las había también sin práctica visibilidad por 14 euros.
José M. Irurzun