Simpático y torero Barbero de Sevilla en la Opéra national du Rhin

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Barbero de Sevilla en la Opéra national du Rhin
Barbero de Sevilla en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck.

No cabía ni un alfiler en la ópera de Estrasburgo. Era de esperar, siendo viernes y día de la última función de El barbero de Sevilla. No sólo debido a que es una obra muy conocida y accesible para el gran público, que también, sino a las fantásticas críticas y el “boca a boca”, que en una ciudad del tamaño de Estrasburgo funciona de maravilla. Con Michele Gamba a la batuta y Pierre-Emmanuel Rousseau dirigiendo la puesta en escena, hay talento en este barberoque abre la temporada de la Opéra National du Rhin (OnR).

Empezando por la escena, luminosa y amplia, con puertas secretas que se abren de repente y balcones por los que aparecen y desaparecen los intérpretes. Todo está pensado para ajustarse a los numerosos gagsque, si bien su acumulación excesiva hace que se atraganten un poco, en general complementan bien la comicidad que ya tiene la obra de Rossini. La escena, donde abundan los azulejos y las rejas de forja, está claramente inspirada por la arquitectura española. Pero los colores pasteles desvahídos tienen algo también de romano, así como la apertura redonda del techo, que recuerda a la del Panteón. Rousseau intenta transportarnos a una España oscura y castiza, inspirada por las pinturas de Goya. Por doquier hay símbolos religiosos que nos recuerdan el peso de la religión en la sociedad de la época, desde una procesión de penitentes que abre el primer acto hasta una virgen vestida de oro que preside las escenas de interior. El conjunto está conseguido, pero patina en el vestuario. Seguramente imperceptible para el público francés, para un espectador español es hasta ridículo ese abuso de los tópicos patrios. Prácticamente todos los personajes van vestidos de torero o tienen algún elemento sacado de la tauromaquia. Vale que los majoso manolosdel XVIII utilizaban ya el predecesor de la chaquetilla torera, pero ya es excesivo que hasta la capa que lleva Rosina resulte ser un capote. Al que sí que le va el traje de luces es al buscavidas de Fígaro, que con su guerrera desabrochada, sus rotos y sus tatuajes está caracterizado con mucha personalidad. Es una pena, porque los trajes están muy bien acabados y podrían haberse adaptado más fielmente a la realidad de la época, aunque los franceses parecen encantados con el resultado.

Barbero de Sevilla en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck.
Barbero de Sevilla en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck.

Aún así, este abuso chovinista de los tópicos tampoco daña la dinámica de la puesta en escena, que resulta muy divertida y variada. Este resultado se consigue sobre todo gracias a la excelente interpretación dramática de los cantantes. Expresivos y ágiles, con facilidad para mover a la risa, parecen hechos para la comedia. Sin embargo, la valoración es más irregular si nos centramos sólo en el canto. Leon Kosavic, joven e insolente Fígaro, es capaz de una articulación muy precisa, pero se desinfla en los agudos. Donde se hace más evidente es, por supuesto, en el aria “Largo al factotum”. Aunque lo excusa su gran dificultad, entiendo que haya decepcionado a un público expectante de escuchar en directo esta aria tan famosa donde Kosavic no da la talla e incluso elude algunas notas. En otros pasajes menos costosos sí que logra revelar su qualità. Por otro lado, Ioan Hotea, que interpreta al conde de Almaviva, no logra imponer su voz en escena. Su ejecución es correcta, pero deja ganas de más virtuosismo. A los dos se los come Marina Viotti, que hace de Rosina. Qué voz tan cristalina y natural, capaz de una precisión tonal envidiable. La comparación es evidente cuando canta con Fígaro en el dueto “Dunque io son” o cuando Almaviva la visita a medianoche. Ya destacó la temporada anterior en Eugenio Oneguin, también en la OnR, pero el personaje de Rossini pone más de relevancia su virtuosismo que la Olga de Chaikovski. Otra voz sobresaliente es la de Leonardo Galeazzi, que encarna a un sombrío pero divertido Don Basilio, mezcla entre Rasputín e inquisidor. Galeazzi tiene carácter y aplomo cantando, y su interpretación del aria “La calumnia è un venticello” es simplemente magnífica. Bartolo es interpretado por un correcto Carlo Lepore, cuya pulida técnica hace que cante cualquier pasaje sin inmutarse, como si fuese tan sencillo como hablar.

En definitiva, Gamba y Rousseau nos traen un Barbero de Sevilladivertido y con un reparto de excepción, tanto por sus voces como, sobre todo, por sus cualidades dramáticas. Una obra perfecta para abrir la temporada, como atestigua la gran afluencia de espectadores. Esperemos que aquellos para los que sea su primera vez en la ópera hayan disfrutado y se aficionen a este género tal y como le ocurrió a un servidor, que empezó con un Barbero de Sevillaen el Teatro Real de Madrid.

Julio Navarro