Simplemente divas de Fernando Fraga

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Simplemente divas de Fernando Fraga
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Simplemente divas de Fernando Fraga. Editorial Fórcola. Un catártico viaje al núcleo incandescente de la historia de la ópera a través de sus más representativas –y controvertidas- intérpretes vs. la omnipresente María Callas. Ensayo que ha logrado numerosos elogios y amplio reconocimiento desde su publicación.

Supongo que los aficionados a la ópera de nuestro país estarán de acuerdo conmigo en que el carismático Fernando Fraga no deja indiferente a nadie en cuanto da rienda suelta a su campechana ‘solvencia’ documental, piedra angular de sus reconocidas hiperactividades: radio, conferencias, artículos, ensayos… Y prueba de esta excelencia musicológica, cuasi oracular, es que su cromática troupe de divas, simplemente, se convirtió en uno de los títulos más demandamos de Fórcola durante la última edición de La Feria del Libro de Madrid. Éxito supino que atribuyo al hecho de tratarse de un ensayo apasionado e irreverente a partes iguales, una delicada y voraz planta carnívora en el locus solus de los tratados plúmbeos. Y, hablando de tratados, fue Roland Barthes en El grano de la voz –donde también es leitmotiv la aquilatación de dos gigantes como Panzéra y Fischer-Dieskau– quien afirmaba que “la música, por una tendencia natural, es aquello que de inmediato recibe un adjetivo (…): el epíteto (…) al que se vuelve una y otra vez por debilidad o por fascinación. No he hallado mejor epítome aplicable al libro de Fernando Fraga. Diva vs. divas, o segundonas prime donne (decentes, indecorosas, cándidas, despechadas, caprichosas, melancólicas e incluso ‘pirotécnicas’) ponderadas –o maltrechas, según el caso– al alimón de la ínclita Sophia Anna María Kalogeropoulos Dimitriadou, trasunto del propio autor rendido a la presencia indeleble de su “diva absoluta” a la que ni siquiera después de muerta y esparcida ninguna cantante ha logrado eclipsar.

En el prólogo a Simplemente Divas –escrito por el propio Fernando Fraga– se arguye el origen y la praxis de un término peligrosamente “voluble”. Está justificado, pues, que el autor no se implique más de lo necesario en los desaguisados semánticos y opte por dejar bien claro desde el principio que la verdadera intención de su ensayo es “evocar a las divas de la ópera desde que empezaron a existir”. Sin lugar a dudas, una ardua tarea, casi amanuense, la que ha llevado a cabo hasta establecer las coordenadas de un plan de vuelo rasante sobre estas Juditha Triumphans que no se resignaron a interpretar el papel de una vida por defecto, sexista y discriminatorio.

Simplemente divas, insisto, no está escrito en un registro elevado, supra dogmático, que colapse la capacidad asimilativa del lector. Sin embargo, como demuestran la heterogeneidad y verosimilitud de las fuentes, bajo este “registro llano” subyace un rotundo corpus musicológico que obedece al esquema clásico multidisciplinar. La prensa –no podía ser de otro modo– ocupa un lugar destacado: Le journal de Paris, The Morning Post, Burton´s Gentleman´s Magazine o la castiza Gil Blas, por citar algunos ejemplos. Presencias obligadas, por supuesto, las memorias, las crónicas, los panfletos y los libros didácticos: Il teatro alla moda de Benedetto Marcello; Les cancans de l´Opéra de autor anónimo, las Lecciones de canto de Reynaldo Hahn, etc. Y, cómo no, las patrias Memorias del Teatro Real redactadas por Juan Manuel Diana o las del Gran Teatro del Liceo del Doctor Colomer Pujol. También son frecuentes las referencias a las obras de colegas musicólogos de la talla de François Caltil-Blaze, François-Joseph Fétis, Gaia Servadio o Giacomo Lauri-Volpi (la bibliografía anexa no tiene desperdicio) Y como colofón, se prodigan los guiños a los filósofos y novelistas que idolatraban a su prima donna de turno: Voltaire, Rousseau, Diderot, Gautier, Stendhal, Sand, Heine, Poe,… y Galdós; todo ello con permiso de la extensa galería regia europea y también, obviamente, la de los compositores implicados, que son todos, incluso los que no llegaron a componer ópera. La más atractiva desde mi punto de vista –seguimos aún rastreando fuentes primarias y secundarias– es el catálogo de registros sonoros de principios del siglo XX que cita el autor (para lectores avezados, prácticamente todos disponibles en YouTube). En este sentido, es obvio que ha beneficiado enormemente al corpus del ensayo la dilatada experiencia de Fernando Fraga en el mundo de las guías de audición. Sirvan de ejemplo Los mejores discos de ópera publicado en 2001 por Alianza junto a Enrique Pérez Adrián o el más reciente (“consecuencia y complemento del anterior”, según sus propias palabras) Verdi y Wagner: Sus mejores grabaciones en DVD y CD, publicado asimismo por Alianza en 2013, junto a sus eximios compañeros de fatiga: Blas Matamoro –autor del que Fórcola también incluye en su catálogo el inminente Nietzsche y la música– y el antes mencionado Pérez Adrián). En definitiva, Simplemente divas es un ensayo en toda regla. Una delicatesen musicológica, sí, aunque algo fragosa en determinados pasajes cuando el autor se recrea en la prosa impostada, inequívocamente decimonónima. Peccata minuta, ya que su verbigracia le permite salir de nuevo a la superficie para asegurarse el nihil obstat de los lectores más recalcitrantes.

Simplemente divas se desarrolla de forma cronológica abarcando un periodo de cuatro siglos, del XVI al XX. El XXI es mera contingencia en el ensayo en cuanto que referencia cruzada. Una visión retrospectiva desde un extremo desdichado, Isabel de Médici, hasta otro extremo también, casualidad, poco halagüeño, el de La Callas. Y en medio, toda una cohorte de mujeres extraordinarias vestidas con el mismo traje: nombre y/o apodo; lugar y fecha de nacimiento; cónyuge, protectores y/o amantes; tesitura; currículo y emolumentos; descripción física, anecdotario y muerte. Este esquema rudimentario se engrosa, sin acomodos (volveré a este asunto al final del párrafo), cuando son tangibles la mutatis mutandis musicología histórica o la etnomusicología –desde un matiz, en este caso, estrictamente antropológico– Fernando Fraga roza con los dedos la disertación sociológica, pero desgraciadamente acaba solapada por el abrumador trabajo de archivo que acaba siendo un mero pretexto para contrastar su preferencia “doméstica” por una u otra cantante sin cuestionar el dogma subyacente. Baste decir, no obstante, que dado el alcance del autor no tengo la menor duda de que esta notable ausencia ha sido intencionada ya que habría condenado a este trabajo al inefable locus solus del olvido, al que ya me referí. Disculpen que Theodor Adorno embargue sin remisión mi pobre subconsciente.

No voy a desvelar aquí el secreto mejor guardado de Fernando Fraga. Nada más lejos de mi intención que airear en público los nombres de las divas, adláteres, castrados y divos esporádicos que pacen por los verdes prados de este ensayo. Ni mucho menos se me ocurriría cuestionar el criterio implacable del autor respecto a las ilustres de ayer, de hoy y de siempre. Dejo al lector la mejor parte. Concluyo aquí y sostengo que no se me ocurre mejor propuesta para sobrellevar la canícula que esta lectura ágil, desenfadada, que probablemente “deconstruirá” la visión estereotipada que muchos de nosotros teníamos sobre lo que se cocía entre bambalinas. ¿Podría alguien resistirse a conocer a la diva con el registro más estratosférico, a las que “atenazaba la grasa”, a la que metió fuego a un convento para rescatar a su amada, a “la diva humilde”, a la que Catalina La Grande regaló su diadema, a la que “al nacer emitió un grito completamente a tono, un fa sobreagudo”, a la que “al salir a escena, para atenuar el impacto de su fealdad, cantaba las primeras notas de espaldas al público”, a la que escribió sus memorias pornográficas, a la “vocecita de curruca”, a la que dejó una sabrosa receta de croquetas, a la que habilitó una habitación para su fantasma, a “la Caruso con faldas”,… No pierdan, oiga, esta magnífica oportunidad de ser testigos del amor-odio de los grandes compositores para con aquellas intérpretes sin las que jamás se hubiesen inmortalizado sus obras, ni a las famosísimas afrentas de estas insignes señoras y señoritas con sus acérrimas rivales. Sólo voy a permitirme el lujo de transcribir una frase atribuida a Adelina Patti: “Soy por mí sola un auténtico festival musical…” Con el permiso del autor, la translitero convirtiéndola en el “epíteto” por excelencia al que volvería una y otra vez siempre que tuviese que referirme a Simplemente divas.

Diógenes Granada