Singing Garden, un espectáculo diferente en la Opéra National du Rhin

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Singing Garden, un espectáculo diferente en la Opéra National du Rhin
Singing Garden, un espectáculo diferente en la Opéra National du Rhin . Foto: Klara Beck

Frase de resumen: La Opéra National du Rhin (OnR) presenta Singing Garden, un espectáculo ecléctico y original en el que sonidos contemporáneos cultos y populares se dan la mano.

La Opéra National du Rhin (OnR) ha tenido la valentía de presentar en este inicio de temporada Singing Garden, un espectáculo atrevido y ecléctico muy diferente del resto de obras de su programación habitual. Su principal peculiaridad es la ubicación de la escena, ya que la primera parte se desarrolla en el interior del teatro mientras que la segunda es al aire libre, en las escalinatas del edificio, aprovechando que aún no hace demasiado frío en Estrasburgo. Se contraponen así dos formas de apreciar la música en directo, la del auditorio cerrado, en el que todo el mundo guarda un silencio respetuoso, y la de los conciertos al aire libre, en el que la escucha se complementa con el baile, la conversación y la bebida. Este original evento tiene lugar dentro del marco del festival Musica, la cita que reúne cada septiembre a los aficionados de la música clásica contemporánea de los alrededores.

La primera parte es una sucesión de cinco piezas dirigidas por Claire Levacher y con Philippe Arlaud a cargo de la puesta en escena. El espectáculo se abre con la homónima Singing Garden, del japonés Toshio Hosokawa. El refinamiento de esta pieza para seis instrumentos compuesta en 2002 se ve un poco enmascarado por los recursos facilones de la sobria puesta en escena. ¿Habrá algún recurso más trillado que proyectar la imagen en blanco y negro de una gota impactando en el agua? La segunda pieza es Akrostichon-Wortspiel, de la coreana Unsuk Chin. Compuesta a principios de los noventa, se trata de la más antigua de todo el espectáculo. Chin explora los límites de la voz humana y las articulaciones del lenguaje en esta exigente obra, cantada magníficamente por la también coreana Yeree Suh. A esta pieza le sigue Corps et ombre ensemble s’engloutissent, un encargo del festival Musica a Francisco Alvarado, representada por primera vez en este espectáculo. El compositor chileno es un maestro de la exploración de nuevos sonidos, desde golpes con la tapa del piano hasta botellas de plástico estrujadas, y lleva al extremo las capacidades de los intérpretes, especialmente del contrabajista Florentin Ginot, que maneja el arco con un pulso encomiable. El resultado es una obra críptica que, al margen del desasosiego y la angustia que sugiere, está muy centrada en la técnica instrumental. Cabe preguntarse si en su afán de experimentación Alvarado deja algún lugar a la transmisión de emociones o si el sentimiento opresivo que sugiere la obra es simplemente producto fortuito de esa sucesión de sonidos no armónicos.

El espectáculo continúa con una obra diametralmente opuesta, un extracto de la comedia musical Rhondda Rips It Up! de Elena Langer, con libreto de Emma Jenkins. Un grupo de cantantes, todos hombres, aparece en escena con atuendos de playa y mirada triste y cantan a capela sobre su deseo de encontrar una compañera. Son geniales el texto y la combinación armónica de las voces, todo un homenaje a las primeras polifonías religiosas. Este grupo de solitarios forzosos es desbancado del escenario por un grupo de mujeres coléricas. Y es que la obra, estrenada en la Welsh National Opera el pasado junio, cuenta la historia de Margaret Haig Thomas, vizcondesa de Rhondda y heroína del movimiento sufragista galés. Langer combina jazz, marchas militares y música de cabaret en unos pasajes simpatiquísimos llenos de ironía. La primera parte se cierra con Manifesto (2015), de David Lang, una breve pieza a capela de sólo cuatro minutos. 

Singing Garden, un espectáculo diferente en la Opéra National du Rhin . Foto: Klara Beck

A continuación, las luces se encienden y un grupo de músicos guía a los espectadores hacia la salida, a ritmo de Astor Piazzolla. Una vez fuera, tras superar el amontonamiento de gente en la salida, continúa el tango y los jóvenes del ballet de la OnR invitan a bailar a la gente frente al escenario montado en plaza Broglie. Ahora el ambiente es distentido y hay hasta una barra para comprar bebidas y comida. Tras el tango comienzan la electrónica. Un par de DJ, miembros de Les Ensembles 2.2, un saxofonista y un violinista deconstruyen hasta hacerlos irreconocibles ritmos de música popular, desde el flamenco hasta la cumbia, pasando por las habaneras o la bossa nova. La música está acompañada de una divertida proyección en vídeo, donde bailan las musas de la fachada del teatro o el Vater Rhein, la estatua que a principios del siglo XX mostraba su trasero a los espectadores que salían de la ópera y que ahora se encuentra en Múnich. El resultado es parecido a lo que puede encontrarse en cualquier festival de música popular. Seguramente por no sentirse identificados con este tipo de música, o quizás por no haber previsto bien la temperatura de esa noche, mucha gente decidió abandonar el lugar.

La distinción entre música culta y popular tiene algo de ficticio, y ninguna expresión musical es irreconciliable con el resto. Todo es música, o musica, el vocablo latino que da nombre al festival. La OnR ha sabido ver esto y ha tenido la osadía de montar un espectáculo diferente. Y no lo ha hecho asimilando los sonidos populares y trayéndolos a un marco “serio”, como hacen tantas otras instituciones, sino valorando e intentando preservar el contexto en el que cada tipo de música se ha desarrollado.

Julio Navarro