Slow-Art. Carlos Javier López Schz

SLOW-ART

Cada vez que se alza el telón en algún lugar del mundo y se hace un silencio mágico justo en el instante anterior a la primera nota, se produce un milagro que atestigua que la ópera goza hoy, pese a todo, de gran vitalidad. Con el cambio de siglo, la ópera ha sabido desprenderse de esa etiqueta de arte caduco y decadente; ha dejado atrás la idea de espectáculo apolillado para convencer, mediante el argumento incontestable de los hechos, de que puede ser un punto de encuentro que catalice ideas novedosas e ilusionantes.

Los teatros e instituciones que promueven el acercamiento de públicos nuevos a la ópera se dan cuenta de que lo más complicado es convencer al espectador para que dé el primer paso, y vaya a su primera ópera. No nos engañemos: la ópera no se escucha, la ópera no se ve; a la ópera, se va. Y ese “ir” supone un cierto esfuerzo, sobretodo en cuanto al tiempo. En nuestra sociedad, el arte se ha convertido en un bien de consumo más, al que se le aplican los mismos patrones de gestión y mercadotecnia que a las cajas de galletas. Uno de los factores predominantes en ese esquema de consumo es la inmediatez (la velocidad, el plan para las dos horas libres de esta tarde). Tal vez por eso, frente a otras posibilidades, la ópera aparece entre la oferta cultural como la opción menos apetitosa.

La ópera no necesita sal ni aderezos, tan sólo tiempo y atención. Es un caso paradigmático de slow-art, una manera de entender el arte desde una actitud más contemplativa, que requiere dedicar un tiempo a interiorizar el hecho artístico, a sentirlo para entenderlo. El resultado de la ecuación MÚSICA+TEATRO va más allá de la simple suma, es algo difícil de resumir o de acortar. Los intentos de abreviar, de masticar las óperas para hacerlas más atractivas, ha atraído a muchos espectadores nuevos. Ocurrió en el siglo pasado con la revolución del CD y las recopilaciones de arias y dúos; y ocurre hoy, en parte, con esos arrebatadores cortes de vídeo de las nuevas producciones escénicas que se pueden ver en internet. Pero así como lo primero dio lugar a espectadores que compraban una entrada sólo para escuchar un re agudo o a “su” cantante, hoy se corre el riesgo de trivializar los espectáculos, reducidos a una sucesión de pantallazos para el consumo rápido. Pero la ópera, como todo lo que es sublime e importante, no se puede tuitear.

En la actualidad prima la escena sobre el contenido musical. Pero, al poner el acento en la parte visual del espectáculo, el mensaje se diluye y resulta inaccesible por el público, que no puede acceder a nada más allá del ruido de unos recursos acaso innecesarios, a veces hasta pretenciosos. Conviene que el espectador tenga en cuenta que la ópera tiene su propio pulso, cada una el suyo; y que cualquier intento de reducir ese discurso artístico articulado y coherente a una colección de golpes de efecto, es más proclive a empeorar el mensaje que a ensalzarlo. No cabe duda de que la ópera ha conquistado en los últimos veinticinco años unas cotas de calidad actoral y teatral de primer nivel. Renunciar ahora a ellas en favor de una visión más tradicional sería una pérdida imperdonable, como también sería un error volver a caer en la dictadura de las voces y el imperio de las grabaciones.

El mundo lírico sigue llamando a todos, a través de formas cada vez más novedosas y sugestivas, para que se decidan a dar el paso (el primero de muchos, tal vez) de “ir” a una ópera. Sin embargo, cada nuevo espectador debería ganarse desde la seducción irresistible de un arte único, un slow-art cuyo deleite demanda su tiempo, y no con trucos de mercadotecnia que conducen bien a la decepción del espectador, bien al empobrecimiento de este maravilloso espectáculo.

Carlos Javier López Sánchez

Calos-Javier1

@CarlosJavierLS