Sobre el bis del “Addio del passato” y la impronta latina en la ópera

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Página del Diccionario Latín-Español de Vox
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Por Majo Pérez

Supongo que la semana pasada todos ustedes asistieron, divertidos como yo, a la gresca que cundió en las redes sociales entre aquellos que consideraban que Lisette Oropesa había ofrecido un bis del “Addio del passato” y los que, por el contrario, opinaban que se había limitado a interpretar el aria completa. La verdad es que tiene mérito que la factura de la segunda estrofa superara en calidad a la primera, sobre todo si se tiene en cuenta que las Violetas suelen llegar bastante cansadas al tercer acto, y es también de alabar que el Teatro Real cerrara con este plus de publicidad gratuita las 27 funciones de La traviata, que han sido como un órdago al resto de teatros operísticos del mundo. Sin embargo, no es mi intención sumarme a la polémica.

La palabra “bis” tiene para mí algo de magia, a diferencia de “propina”. Las propinas son habituales en cualquier concierto o recital. Muy raras son las veladas de ópera en las que el público asiste a un bis. En un teatro, las propinas se piden simplemente aplaudiendo. Para obtener un bis, además, hay que pronunciar la palabra mágica, esas tres letras que causan fascinación y son capaces de provocar un apasionado debate y hacer correr ríos de tinta en los periódicos. Es de esto de lo que quiero hablar, del exótico encanto inherente a ciertos vocablos y, en concreto, del encanto de los latinismos, pues como no podía ser de otra manera, “bis” es una voz latina que significa “dos veces”, la cual dio origen a principios del siglo XX al verbo “bisar”, esto es, ofrecer un bis, que es lo que hizo la Oropesa. En fin, según algunos…

Pero repasemos, por divertimento, otros latinismos del mundo de la ópera. Una de las arias más famosas de la historia, ejemplo magistral de lo que debe ser la salida a escena de un personaje protagónico, es el  “Largo al factótum” (“Paso al factótum”) del Barbiere di Siviglia de Rossini. Un factótum, en dicho contexto, es una persona que ya sea oficial u oficiosamente se presta a todo tipo de servicios, y Fígaro lo mismo te corta el pelo, que te saca una muela o te ayuda a encontrar esposa.

En el repertorio zarzuelístico, y a pesar de que se trata de una expresión traducida, no podemos pasar por alto la obra Pan y toros, con música de Asenjo Barbieri y libreto historicista de José Picón, la cual hace referencia a la expresión “Panem et circenses” (“pan y circo”) acuñada por el poeta romano Juvenal hacia el 100 a. C. Este título, que narra una supuesta conspiración fraguada por un grupo de liberales encabezado por Jovellanos para conseguir que Carlos IV se deshaga de Godoy, favorito de su esposa, cosechó un rotundo éxito, llenando los escenarios durante tres años hasta que Isabel II la prohibió en 1867 por contener ideas antimonárquicas.

Probablemente, el “deux ex machina” (persona que con su intervención resuelve de manera inesperada una situación enrevesada) más famoso de la historia de la ópera sea la aparición de Neptuno al final del Idomeneo de Mozart. Anunciada por un redoble de tambor y sonido de trompetas, la cavernosa voz en off del dios de los océanos lo recompone todo en un periquete anunciando que el rey será finalmente Idamante  y que podrá casarse con Ilia. El pueblo e Idomeneo lo aceptan con gozo y chimpún, “ha vinto Amore”.

No menos inverosímil nos resultó la noticia de que al “Ecce homo” de Borja le habían compuesto una ópera, la cual lleva por título “Behold the man”, es decir, “Aquí está el hombre”, traducción de las palabras usadas supuestamente por Poncio Pilato al presentar a Jesús de Nazaret atado y con la corona de espinas ante la iracunda turba de judíos. El libretista de la ópera, Andrew Flack, no escatima en evocaciones mesiánicas cuando resume el argumento de la misma: “una mujer arruina un fresco de escaso valor y salva a una ciudad». La música es de Paul Fowler y se ha representado en versión de concierto en el Evelyn Smith Music Theatre de la Universidad Estatal de Arizona, Tempe, y en el pueblo de Borja ante la atenta mirada de Cecilia Giménez, la autora de la polémica restauración. Si no me creen pueden, pueden contrastar aquí la información.

La obligación hasta 1965 por parte de la Iglesia católica de celebrar la liturgia en Latín, recordemos que esta sigue siendo la lengua oficial del Vaticano, también ha dejado huella en numerosísimos libretos de ópera y zarzuela que incluyen ritos religiosos. Por poner solo unos ejemplos, podemos mencionar el coro del “Te deum” de Tosca, al final del acto I (Te Deum laudamus… / A ti, Dios, alabamos…); el “miserere” del cuarto acto de Il trovatore (miserere es un latinismo no asimilado que significa exactamente «apiádate”); el “Regina Coeli laetare” (“Bienaventurada seas, Reina del cielo”), una oración de Pascua que encontramos en Cavalleria rusticana; o la letanía a la Virgen María (Mater purissima / Mater castissima / Mater inviolata… Ora pro nobis) que rezan Mariana y unas mujeres al final del segundo acto de Luisa Fernanda.

También el ámbito académico ha posibilitado que el latín se deslice en unas cuantas óperas, pertenecientes la mayoría de ellas al repertorio contemporáneo. En este sentido, encontramos el Kepler de Philip Glass, con libreto de Martina Winkel escrito parcialmente en latín a partir de anotaciones del diario del propio científico alemán, quien descubrió las leyes sobre el movimiento de los planetas en su órbita alrededor del Sol. Y en abril de 2016, pudimos asistir al estreno de la ópera María Moliner en el Teatro de la Zarzuela, con texto de Lucía Vilanova y partitura de Antoni Parera Fons, en cuyo final del primer acto se puede escuchar el himno universitario “Gaudeamus Igitur”, que como ya saben significa “Alegrémonos pues”.

Antes de finalizar, no podemos olvidar unas pocas óperas cuyo libreto fue redactado en la lengua de Ovidio. Posiblemente, la más conocida de todas ellas sea Apollo et Hyacinthus, que compuso Mozart con tan solo 11 años sobre un texto de Rufinus Widl. Widl era sacerdote y tuvo que modificar el mito para que no fuera tan obvio que trata de un triángulo amoroso homosexual entre Apollo, Jacinto y Céfiro. Otro título es el Oedipus rex de Stravinsky, aunque se trata realmente de una ópera-oratorio y no sea representado con frecuencia. Su libreto fue escrito en francés por Jean Cocteau a partir de la tragedia del poeta griego Sófocles y fue traducido posteriormente al latín por el cardenal Jean Daniélou. Y cómo no, aquí es imprescindible citar otras dos obras de Carl Off, a saber, su ópera-oratorio De temporum fine comœdia y su celebérrima cantata escénica Carmina Burana, de la que últimamente se ha visto en teatros de toda España una versión escénica que te hace desear el fin de la civilización.

Podríamos seguir tirando del hilo «ad nauseam»  y comentar óperas cuyo argumento se basa en la historia y la mitología de la Antigua Roma, hacer un repaso de los mejores cantantes con «vis cómica» o estudiar la evolución de los latinismos usados en los libretos operísticos desde el siglo XVII hasta nuestros días. Pero «ars longa, vita brevis», y tampoco es que yo sea un especialista en la materia, así que me despido hasta la semana que viene y les dejo con el aria de la discordia que nos regaló Lisette Oropesa, ese «bis ad libitum» que quizá no sea tal pero que ya es casi un «orbi et orbe».