Tarquinius (La violación de Lucrecia). B. Britten. Godella (Valencia)

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Godella. Teatro Capitolio, 5 octubre 2014.

Britten compuso La violación de Lucrecia en 1946, poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, y lo hizo con una consciencia extraordinaria del momento histórico que estaba viviendo.

La desolación que se cernía sobre Europa junto con el descubrimiento de los campos de exterminio nazi, hicieron que Britten sintiera la necesidad de crear una obra que recogiera todo el horror y el sufrimiento que había soportado gran parte de la población durante el conflicto bélico, y el resultado fue una ópera de cámara pensada para teatros de pequeñas dimensiones, aunque de gran belleza y crudeza al mismo tiempo, capaz de hacernos reflexionar, incluso en la época actual, acerca del límite de lo indigno.

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Los escasos medios económicos de los que dispuso Britten en aquellos años de carestía no le impidieron componer una obra de enorme carga dramática, con personajes complejos que aspiran a retratar lo más puro y lo más despreciable de la naturaleza humana. El libreto de la ópera, escrito por Ronald Duncan, está basado en la obra de André Obey Le viol de Lucrèce, el cual se inspiró, a su vez, en el desgarrador poema de Shakespeare.

En esta producción del Ayuntamiento de Godella se realiza una revisión de la historia de Lucrecia dando, si cabe, una vuelta de tuerca más: ¿Podría haber violación sin violador?  ¿Es posible la luz sin oscuridad? Es por ello que se pone el acento en la figura del malvado Tarquinius, personaje que encarna la vileza y las más bajas pasiones, ya que sin él no podríamos ensalzar la virtud de Lucrecia.

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El montaje de Tono Berti es impecable, y un ejemplo de cómo un presupuesto modesto puede dar lugar a una escenografía coherente que funciona a la perfección. Por un lado, traslada la acción a un espacio temporal no definido que podría pertenecer a cualquier guerra acontecida en una época indeterminada, aunque algunos elementos, como el vestuario de Lucrecia, Blanca y Lucía, dejan entrever que se podría tratar de una guerra actual.

El coro masculino y femenino que en la obra de Britten son, a semejanza de las antiguas tragedias griegas, una suerte de intermediarios entre el público y la acción que se desarrolla en el escenario, se convierten en reporteros de guerra que narran al espectador lo que ocurre en todo momento mientras graban con sus cámaras en tiempo real lo que verdaderamente está sucediendo. Lucrecia, su doncella (Lucía) y su nodriza (Blanca) se convierten en enfermeras que atienden a los heridos en un hospital de campaña de un campo de refugiados. Este acercamiento a la época actual involucra al oyente de tal manera que le mueve a empatizar con los personajes, lo cual es un elemento muy importante para entender el mensaje de Britten. El segundo gran acierto del planteamiento escénico de Berti es la doble función que tiene el lecho de Lucrecia. Antes de la violación, es el tálamo nupcial, símbolo de la castidad y la pureza, pero después de la brutal agresión ese espacio se convierte en su tumba: La luz y la oscuridad conviven un mismo lugar. La iluminación, a cargo de Robert Corella, apoya esta misma idea: la dualidad entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal.

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La dirección musical correspondió a Jorge Giménez, el cual supo controlar a la orquesta con solvencia a pesar de las dificultades, consiguiendo momentos de gran intensidad dramática, sobre todo en el segundo acto. Cabe destacar el trabajo del pianista Rubén Sánchez-Vieco en los recitativos y de la arpista Úrsula Segarra.

En cuanto a los cantantes, el trabajo interpretativo de todo el elenco fue espléndido. Marina Pinchuk, en el papel de Lucrecia, estuvo soberbia. Logró encarnar a la casta esposa convincentemente durante el primer acto, aunque la verdadera fuerza de la heroína surge en el segundo acto, culminando en la violación y el suicidio. Su cálida pero poderosa voz, de timbre bellísimo y rebosante de expresividad, llena el escenario, nos emociona y nos arrastra en su dolor. Tarquinius, el malvado rey, fue interpretado por el barítono Piotr Kumon. Su interpretación vocal fue más que correcta, siendo ovacionado largamente por el público, aunque en el terreno actoral se esperaba una actuación más agresiva, sobre todo teniendo en cuenta que en esta producción el foco de atención se traslada a este personaje, haciendo hincapié en su brutalidad. Los roles secundarios de la nodriza Blanca y la doncella Lucía fueron interpretados por Myriam Arnouk y Carmina Sánchez respectivamente. Ambos roles fueron defendidos debidamente, aunque quizá a la Lucía de Carmina Sánchez le faltaba control en los agudos para evitar la desafinación.

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Augusto Val, en el rol de Collatinus, encarnó a un esposo entregado, humano y comprensivo con su esposa. Tuvo una actuación excelente, tanto en lo vocal como en la parte actoral. El papel de Junius corrió a cargo del barítono Sebastiá Peris, que supo extraer del personaje de manera contundente todo el odio y la envidia que vuelca en Tarquinius, el cual, finalmente, lleva a cabo la terrible violación. El tenor Yu Shao y la soprano Ilona Matarazde, como coro masculino y femenino, hacen un gran trabajo durante toda la función y no solamente en la parte vocal, que también, ya que sus voces empastan extraordinariamente a pesar de producirse algunos desencuentros con la orquesta sobre todo en el primer acto, sino también en cuanto a la interacción con el público, ya que ellos son verdaderamente el nexo de unión entre el espectador y la historia, y a este respecto bordan el rol.

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Las ovaciones del público fueron intensas, lo cual demuestra que el público que demanda ópera está más vivo que  nunca, y que a pesar de la complejidad de la obra escogida para abrir una posible nueva temporada operística en el Teatro Capitolio de Godella, el éxito está más que asegurado. Esperamos que así sea.

 

Inés Sánchez Plaza