El Teatro de la Zarzuela canta a México y a Luis Mariano desde Madrid

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El Teatro de la Zarzuela canta a México y a Luis Mariano desde Madrid

El Teatro de la Zarzuela canta a México y a Luis Mariano desde Madrid

Cuando el público llegaba a la pequeña explanada que, en la calle Jovellanos, se abre ante el Teatro de la Zarzuela, quedaba gratamente impresionado por un espectáculo que, posiblemente, no se esperara y que aportaba una luz y un colorido intensos, quizá como un adecuado anticipo de lo que le esperaba dentro del teatro, gracias a la imaginación, la profesionalidad y el indudable sentido del humor de un gran director escénico, Emilio Sagi, que se alzó como triunfador absoluto, indiscutible del estreno en el histórico escenario de la Zarzuela, de un musical El cantor de México, en noche especialmente brillante y en la que- quiérase o no- el espíritu del inigualable Luis Mariano parecía estar presente. Pero no nos apartemos de lo apuntado al principio. El espectáculo que recibía al público era un Mariachi con todo el colorido y toda la gracia que tienen esas agrupaciones mejicanas, tan queridas en nuestro país. Un mariachi con sus brillantísimos trajes charros, con los instrumentos habituales y cantando conocidas canciones mejicanas con buen gusto y estilo. Una forma muy cálida y muy original de dar la bienvenida a los espectadores y de recordarles que México cantaba esa tarde noche en Madrid.

Porque dentro del teatro se abría la temporada lírica con una apuesta valiente y tal vez un tanto arriesgada: empezar con una obra musical, con una auténtica opereta al estilo parisino de los años cincuenta del pasado siglo. Empezar con una obra que, inmediatamente, nos iba a hacer pensar en Luis Mariano; empezar de esta forma y no con una de las grandes obras, más o menos conocidas, del repertorio lírico nacional, no me digan que no entrañaba riesgos. En primer lugar, la evocación a Luis Mariano tenía una doble vertiente. La de los que, por edad, hemos sido contemporáneos suyos y las de los que le conocen de referencias y, a lo sumo, de haber escuchado algún que otro disco con su excepcional voz. Pero es que el cantante vasco era mucho más que una hermosa voz de tenor. Era todo un personaje. Su forma de cantar, su sonrisa, su picardía, todo lo que en él confluía de una un manera natural, contribuía a crear un mito, sobre todo en Francia donde, de verdad, sin triunfalismos era un verdadero ídolo. Y resulta que uno de sus éxitos más memorables lo constituyó esta amable comedia musical que para él escribiera el compositor Francis López, poniendo una música amable y sin muchas complicaciones, a un convencional libreto de Gandera y Vincy. Fue un éxito absoluto desde la noche de su estreno parisino. Y aún creció más la fama y el mito del amable tenor vasco. Una obra hecha por y para él y que después tuvo su prolongación en una versión cinematográfica. Una obra para su tiempo que no hubiera tenido un especial interés en nuestros días. Pero….

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Sí, pero para eso estaba el talento, la fina ironía, la imaginación desbordada de Emilio Sagi. Empezó por el libreto y al final construye un espectáculo brillantísimo, elegante, intencionadamente decadente, con todo el esplendor, toda la fantasía que pudo tener en su momento y que ahora incrementaba sobradamente la brillantez. Donde lo cursi y lo camp se pueden contemplar con los indulgentes ojos, con la mirada a la que nos lleva el talento de Sagi. Porque tenemos que señalar sobre todo que en una noche de éxito total- la de la función inaugural- el gran, el indiscutible triunfador ha sido Emilio Sagi. Vuelvo a utilizar las palabras del cardena Cisneros: éstos son mis poderes, pero Emilio Sagi no presume de otras armas que las de la sensibilidad, el buen gusto, la ironía, el más puro humor y, sobre todo, su formación y su gran instinto teatral. Y con él un equipo de gran categoría: Daniel Bianco, en escenografía; Renata Schussheim, en vestuario; Eduardo Bravo, en iluminación y Nuria Castejón, en coreografía.

Con estos mimbres, Sagi teje un brillante cesto de buen humor, de frivolidad, de encanto tan propio del musical francés, pero con un acento propio. El color, la intensidad en las escenas mejicanas, llevan a un cromatismo impresionante que contrasta con los colores más difuminados del París del primer acto.

Y en lo puramente musical, en la noche del estreno, me gustó muchísimo el tenor José Luis Sola, de voz bonita, de timbre dulce, con registro agudo impecable, con bastante sentido del humor y que fue él mismo, sin querer parecerse a Luis Mariano. Derrochó buen gusto y musicalidad cantando. Y creo que los momentos más brillantes estuvieron en la hermosa canción vasca del primer acto, en la brillante y archiconocida del final de este acto México, México que armó un verdadero alboroto en el público. En la sentimental Maitetxu y en la siempre bien recibida Acapulco. Este musical es por y para tenor. Por eso fue la figura indiscutible siendo papeles mucho menos comprometidos y, por supuesto, mucho menos lucdos los de los personajes secundarios Cri-Cri y Bilou, papeles que estuvieron servidos bien por Sonia de Munck y Manel Esteve a quienes nos gustará escuchar en otros papeles con más enjundia. Y no podemos olvidar la gran lección interpretativa que dieron el veterano Luis Alvarez y una convincente Ana Goya. En cuanto a Rosy de Palma, derrochó gracia y simpatía en su caricatura de las antiguas vedettes.

Estuvo bien la orquesta muy acertadamente dirigida por Oliver Díaz. Como siempre los coros en estado de gracia, con la eficaz dirección de Antonio Fauró.

En definitiva, una grata función inaugural, con un homenaje a una época demodé y camp pero que, vista en la distancia, tiene mucho de entrañable.

José Antonio Lacárcel