Tebar fue rey del concierto popular de la playa de Valencia

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Tebar fue rey del concierto popular de la playa de Valencia
Tebar fue rey del concierto popular de la playa de Valencia

El segundo año del concierto playero de la orquesta de València se saldó con un nuevo gran éxito, que puso en pie a la práctica totalidad de la asistencia que superaba las dos mil personas. El maestro Ramón Tebar propuso un programa de índole hispánica con obras muy populares de autores patrios y foráneos, que la orquesta resolvió con una especial brillantez, sugestión, sentido del matiz y, sobre todo emotividad. El que esto firma, no es en absoluto partidario de amplificar las orquestas sinfónicas por los inconvenientes de incongruencia de la pureza de sonido que ello supone, pero pese a todo (y hay que decir que los ingenieros llevaron a cabo una labor mucho más encomiable que en el concierto del año pasado) la respuesta instrumental fue tan adecuada que pudo apreciarse buena música.

También como en la audición precedente, una semiesfera trasparente y una iluminación cambiante y polícroma a lo Hollywood Bowl dieron una gran plasticidad al espectáculo. Las mil sillas que puso el Palau de la Música, organizador de la audición, volaron en un santiamén, hasta varias de las reservadas. Al extremo que este comentarista tuvo serios problemas para encontrar acomodo, resuelto merced a la amigable gentileza del director y la presidenta del Palau Vicent Ros y Gloria Tello. Conste mi gratitud a su deferencia. El resto del numeroso público se acomodó con sillas, catres y hamacas de playa, o simplemente con los cuartos traseros aposentados en una toalla sobre la arena. El ambiente no podía ser más popular, pero al tiempo más correcto. Un silencio irrefutable permitió disfrutar de todos los pormenores de la audición. Hay que alabar esa actitud del que, con toda propiedad, hay que llamar respetable público.

Tebar se enfrentó al «Capricho español» de Rimsky Korsakov, con viveza, contando con la colaboración de los inspirados y vehementes solos de la concertino Anabel García del Castillo en las variaciones y en la escena, fragmentos en los que la orquesta se relamió en una dicción tan sensorial como afable. «España» de Chabrier, tuvo el aliento que demanda su aire de jota, con un metro impulsivo y embriagador. Excelentes los tres trombones, en su racial comparecencia.  Siguieron fragmentos de la «Suite española» de Albéniz, en la instrumentación de Frühbeck, en los que predominó la variedad conceptual desde las intensidades iniciales de «Sevilla», «Aragón» o «Asturias» a sus momentos recoletos, y muy en particular en la poética «Granada». Se notó muy bien que el maestro es un diestro pianista, porque el relato tuvo mucho que ver con la dicción al teclado.

La primera danza de «la vida breve» de Falla, exhibió un ritmo fresco y señorial en la alegría de las sevillanas, sin descuidar los muchos reguladores de volumen que pide la partitura, y una emotiva tensión en la zambra marcada «pesante, ma con fuoco». Y ya por vecindad estilística, el concierto acabó con el famosísimo «Bolero» de Ravel en el que se lucieron todos los instrumentos solistas (en verdad es un concierto para orquesta) manteniendo el ritmo obsesivo que impone el redoblante desde el primer compás, por más que la batuta, como hacía Ravel en su mítica grabación de 1930 con la orquesta Lamoreux, en algunos momentos para diversificar la intención ritardó o aceleró el compás a conveniencia y buscó significativos glissandos instrumentales. Comentar también que Tebar se atuvo a la duración establecida por el propio Ravel en su grabación (que para quien le interese puede consultar en internet). Ni que decir que en la brillante y expansiva modulación de la coda de DoM a MiM los brillos tímbricos y el énfasis alcanzaron sobresaliente vida propia, para volver a la tonalidad inicial en el ritornello final. El público se puso en pie aplaudiendo y braveando la actuación y el maestro concedió como bis una pimpante versión del intermedio de la zarzuela «La boda de Luis Alonso» que aún encendió más la satisfacción de la numerosísima audiencia.

Antonio Gascó