Tebar triunfa en la Staatsoper con Turandot

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Turandot en la Staatsoper
Turandot en la Staatsoper

Turandot volvió a la Staatsoper de Viena en la dudosa y atrabiliaria producción escénica de Marco Arturo Marelli, pero con el triunfo absoluto de lo musical, que obtuvo encendidos aplausos de la asistencia que colmaba el hermoso coliseo imperio de la Ringstrasse.

Marelli, se inventó una enmarañada y rocambolesca historia en la que Puccini y Calaf eran el mismo personaje, restándole una de las aportaciones más singulares del libreto que es la magnificencia y la espectacularidad. Además en su embrollado argumento visual pintaba a Puccini en la época en que escribe Turandot, habitando un sotabanco como el del primer acto de La bohème, cuando en ese momento el compositor de Lucca vivía en la opulencia como lo demuestran sus estupendos automóviles todo terreno y su principesca vivienda en Torre del Lago. Encima concibió a Liu como su sirvienta Doria Manfredi que se suicidó a los 23 años «por vergüenza». Es decir, que el que no conozca este detalle de la vida del mujeriego autor de Tosca, se queda en babia. El coro era el público que asistía a la representación que se producía en el primer tercio del escenario, vistiendo todos a la europea años 20.Y por si fuera poco la horterada de los matrimonios de todos los que pisaban la escena con que remata «happy end» la representación, absolutamente cutre en toda la extensión de la palabra. Concluyendo, no soy enemigo de las innovaciones, pero sí de los contrasentidos.

Y bueno, vamos a lo positivo. Elena Pankratova es una de las mejores Turandot que pisa los más afamados escenarios del planeta. Voz amplia en el centro y victoriosa en el agudo, tan solo registra una disminución de decibelios en el registro grave. Su personaje fue realmente regio y dominador en la intensa escena de los enigmas y luego supo arrobar la dicción de sentido lírico cuando, al final, se siente enamorada de Calaf. Éste corrió a cargo de Roberto Alagna que no ha perdido un ápice de su hermosa voz de tenor lírico, si bien nos olvidamos de que se quedó calante un par de comas en el «tutta ardente d’amor», tal vez por una inoportuna dolencia que, casi, le llevó a cancelar su actuación. También fue manifiesta su excelencia en el fraseo, cuajado de musicalidad y buen gusto. Patentizó en algunos momentos arrogancia en su decir, pero, en verdad, su personaje tuvo más de sentimental y humano que de heroico. Con todo, este planteamiento en el que primaba la emoción, se agradeció por lo inhabitual. Pero si hemos de hablar de lirismo, habrá que otorgar la máxima calificación a Golda Schultz, que compuso una Liu sentimental, dulce, delicada y seducida, que tuvo como referencia la de Caballé en la grabación con Mehta. Sus filaturas portamentos y smorzature, fueron de los que se recuerdan por su técnica canora y, sobre todo, por su sensibilidad exquisita en la vivencia del conmovedor personaje. Il loggione le dedicó los más fervientes aplausos de la noche, que fue muy pródiga en ellos. El joven barítono bajo Ryan Speedo Green, fue un Timur de voz noble, amplia y de matizado sentimiento, que interesó precisamente por la verdad y aliento canoro que otorgó al soberano tártaro destronado. Asimismo importante la voz de Daniel Boaz, que tuvo mucha flexibilidad, cuadratura y sentido del matiz en el difícil y poco agradecido papel de Ping. Cumplió con una gran dignidad en resto del elenco.

Ramón Tebar tenía frente a él a dos de los mejores conjuntos musicales del mundo: la Filarmónica de Viena y el coro de la ópera y la verdad es que supo sacarles el mejor rendimiento que podían dar, como base de una ópera que es, sin duda, la más compleja armónica e instrumentalmente de las de Puccini. Una orquesta de sonoridad de suntuoso terciopelo, y un coro, que pese a que tendía, levemente, a ralentizar los tiempos, era capaz de modular sugestivamente desde los más acentuados contrastes, siempre con aérea emisión.

El valenciano tenía muy buenos mimbres en el foso y en las tablas,  para llevar a cabo una versión de referencia y la verdad es que los aprovechó al máximo, llevando a cabo una lectura personal en la que brillaron los referenciales leitmotivs, el uso de las escalas pentatónicas, las novedosas modulaciones inarmónicas de la partitura, y desde luego una concepción en la que el majestuoso énfasis de los momentos más intensos se amalgamó, con exquisita verdad, con los de ese lirismo sugestivo pucciniano marca de la casa. Preciso y recurrente en el gesto con un manejo de no pocas complejas anacrusas a contratiempo; claro, siempre consciente de la intención musical, llevó a cabo una lectura tan inspirada como emocional (este comentarista puede dar fe pues que el palco proscenio que ocupaba, estaba arriba del golfo místico). Ahora, por encima de los grandes conjuntos y arias sublimes, quien esto escribe no puede ni quiere echar en saco roto, el complicadísimo terceto del segundo acto de Ping, Pang, Pong, en el que los complejos y métricamente difíciles contrapuntos, que van de lo grotesco a lo sentimental, tuvieron una gracia desembarazada de la más intencional commedia dell’arte, haciendo gran música de uno de los momentos que suele ser más anodinos en las representaciones al uso. No es extraño que en los últimos dos años, Tebar haya dirigido cuatro producciones en el encomiado coliseo austriaco. Sin duda un director a repetir y a tener muy en cuenta.

Para este paisano fue un privilegio estar presente en su triunfo.

Antonio Gascó