Tenores en extinción: el inquietante silencio masculino en la Laffont Competition 2026

Por Carlos J. López Rayward

En marzo, como cada año, la Metropolitan Opera de Nueva York volverá a abrir sus puertas a una de las competiciones de canto más esperadas por la comunidad lírica internacional: las semifinales y la final del Metropolitan Opera Eric and Dominique Laffont Competition. Desde su creación, este concurso ha sido una plataforma decisiva para descubrir a las grandes voces del futuro, la verdadera cantera de voces norteamericanas. Por sus filas han pasado cantantes que hoy dominan los teatros de todo el mundo. Pero la edición de 2026 presenta un dato que confirma una tendencia preocupante y enciende de nuevo una señal de alarma en la industria: la persistente ausencia de cantantes varones y, en particular, de tenores.

Laffont Competition. Foto: Metropolitan Opera
Laffont Competition. Foto: Metropolitan Opera

De los 23 semifinalistas de 2026 anunciados hace unos días, apenas seis son hombres. Ninguno es tenor. El contraste es elocuente: el 74% del grupo lo componen mujeres, con una abrumadora mayoría de sopranos. No se trata de una tendencia aislada de este año, sino de un fenómeno que se ha acentuado progresivamente en la última década. Sin embargo, la ausencia total de tenores convierte esta edición en un caso paradigmático.

La pregunta no es si este desequilibrio es preocupante —lo es—, sino por qué está ocurriendo.

La raíz de esta situación se encuentra mucho antes de las audiciones del Met. Conservatorios y escuelas de canto en Estados Unidos y Europa muestran, desde hace años, una proporción muy inferior de estudiantes masculinos frente a las femeninas. La ópera, como carrera, parece cada vez menos atractiva para los hombres jóvenes, especialmente en un contexto cultural en el que el canto lírico no forma parte del imaginario masculino contemporáneo. Mientras que muchas jóvenes encuentran en la ópera una vía artística y profesional clara, los hombres con talento vocal tienden a orientarse hacia otros géneros musicales o bien a abandonar su formación antes de alcanzar un nivel competitivo.

La formación vocal masculina suele ser más tardía. Las voces graves maduran con el tiempo, y el tenor, en particular, es una categoría vocal que exige años de desarrollo técnico y físico. Esta realidad choca con la exigencia de edad de los participantes en competiciones y becas. Tampoco está sintonía con una industria que exige un éxito inmediato y fulgurante. El resultado es un cuello de botella: pocos candidatos, y aún menos preparados para competir en igualdad de condiciones a edades tempranas.

El dato contrario tampoco debe interpretarse de manera complaciente. La enorme presencia de sopranos no refleja necesariamente una mayor salud del sistema, sino una sobreoferta estructural. Hoy el mercado operístico a duras penas no puede absorber el número de jóvenes sopranos que salen de los programas de formación, pese a la creciente producción operística. El Laffont Competition, en este sentido, actúa como un espejo: la abundancia de talento no se traduce en oportunidades reales.

Para los teatros y agencias, este desequilibrio tiene consecuencias estratégicas. Mientras que encontrar una soprano joven de calidad es relativamente habitual, descubrir un tenor convincente se ha convertido en una rareza. No es casualidad que los compositores contemporáneos adapten sus partituras a la situación ni que grandes teatros inviertan cada vez más recursos en el desarrollo de voces masculinas, conscientes de que el futuro del repertorio —de Mozart a Wagner, pasando por Verdi, Rossini y Puccini—  depende en gran medida de ellas.

Laffont Competition. Foto: Metropolitan Opera
Ganadores de la Laffont Competition. Foto: Metropolitan Opera

El tenor como especie en riesgo

La ausencia de tenores en esta edición del concurso no significa que no existan jóvenes cantantes con potencial, pero sí que los incentivos, así como la cadena de formación y detección está fallando. La transición entre los estudios y la carrera profesional es particularmente frágil en esta cuerda. Muchos abandonan en la etapa intermedia, cuando la voz aún no ha encontrado estabilidad y las expectativas económicas chocan con la realidad de las oportunidades en el mercado.

A ello se suma un factor artístico. La figura del tenor heroico, tan central en la tradición operística, parece hoy desconectada de las narrativas culturales contemporáneas. El reto no es solo vocal, sino simbólico: ¿cómo atraer a una nueva generación hacia un modelo de masculinidad vocal que pertenece, en cierta medida, al siglo XIX?

Concursos como la Laffont Competition tienen la oportunidad —y la responsabilidad— de liderar una reflexión más amplia. Esto implica reforzar programas de captación temprana, invertir en educación musical en edades escolares y promover y celebrar cada talento que surge. No se trata de corregir artificialmente los resultados a base de cuotas, sino de ampliar progresivamente el acceso de los jóvenes a estas oportunidades.

Las compañías de ópera también deben asumir su papel. Programas de jóvenes artistas como el del Met, residencias y colaboraciones con universidades ayudan a construir un ecosistema más equilibrado. La sostenibilidad del repertorio depende de ello.

La edición de marzo de la Laffont será, sin duda, un escaparate de talento extraordinario. Pero también debería ser una llamada de atención. Si la ópera quiere seguir siendo un arte vivo, necesita voces nuevas, diversas y capaces de conectar con el presente. El silencio de los tenores en la Laffont Competition 2026 no es solo una curiosidad estadística: es el síntoma de un cambio profundo en el ecosistema lírico.

Escuchar ese silencio, y actuar en consecuencia, es la tarea urgente de nuestro tiempo.