The Beggar´s Opera: Robert Carsen encuentra el equilibrio en Edimburgo

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The Beggar´s Opera. Foto: Patrick BergerThe Beggar´s Opera. Foto: Patrick Berger
The Beggar´s Opera. Foto: Patrick Berger

La ciudad de Edimburgo se vuelve a convertir en el epicentro cultural del Reino Unido durante el mes de agosto, cuando su Festival Internacional de artes escénicas acapara la atención de media Europa. Son muy pocos los que se resisten a la deliciosa atmósfera que invade las calles medievales de la capital de Escocia. Gracias a los músicos callejeros, tan auténticos como refrescantes, y a los infinitos espectáculos del Fringe Festival en bares, galerías, callejones e iglesias, la ciudad se convierte en un colorido y estimulante tinglado escénico que, si el tiempo escocés acompaña, puede suponer una de las mejores experiencias estivales que puedan encontrarse en el Viejo Continente.

Por descontado, la ópera se abre paso sin dificultad entre el océano de géneros teatrales, y concita una atención relevante aunque irregular según el título que se programa. El pasado domingo asistimos a la representación de La Ópera del Mendigo (The Beggar’s Opera), en una producción a cargo de las compañías francesas del Théatre des Bouffes du Nord de París y Les Arts Florissants; pero con un innegable sabor británico.

The Beggar´s Opera. Foto: Patrick Berger
The Beggar´s Opera. Foto: Patrick Berger

William Christie vuelve a acertar con una aproximación fresca a estas melodías populares, interpretadas con el realismo cínico y desgarrado que sugiere la adaptación de Ian Burton del  libreto de John Gay, pero con respeto y contención, siempre dentro de los patrones franceses del decoro artístico. Por su parte, el afamado director de escena canadiense Robert Carsen propuso una estética económicamente arquitectónica. Mediante el contraste entre los impersonales elementos de la escena y el expresivo vestuario de los personajes (Petra Reinhardt), Carsen dibuja un fresco abigarrado pero digerible de la villanía de los personajes. Todo aparece en correcto balance; de manera que a la tragedia de la pérdida de referentes morales le precede un humor entrañable, y a la maldad casi inhumana de algunas actitudes se le aplica la pátina destellante del musical y la coreografía (Rebecca Howell).

De la crítica ácida hacia los modismos de la ópera seria italiana, la versión que se vio en Edimburgo pasó a la crítica política en la era de internet, temas algo manidos y ciertamente sobrepasados por la relevancia de unos personajes fronterizos que fascinan más allá de toda época. Y es que la originalidad innegable que la obra tuvo en su tiempo, y que la ha hecho sobrevivir siglos a golpe de versión, se convierte hoy en irresistible atracción por unos personajes que comparten con el espectador mucho más de lo que parece.

Si bien estamos ante una propuesta que se aleja adrede de lo lírico, la intencionalidad dramática y el equilibro teatral la hace disfrutable incluso para los más exigentes. Bien es cierto que el canto pasa a un injusto segundo plano, y es servido con más o menos gracia por unos cantantes que en conjunto se muestran idiomáticos y resultones. No hay grande lujos en las interpetaciones, más allá de la brillante intuición dramática de Berverley Klein en el papel de Mrs Peachum.

Lo mejor de la noche corrió a cargo de los entregados músicos de Les Arts Florissants quienes, caracterizados como una banda moderna de ampones urbanos armados con sus instrumentos de época, dieron clara muestra de su calidad interpretativa y su legendaria versatilidad. No obstante, quedó en el aire la impresión de que sus medios se prestan a empresas de mayor enjundia musical.

Carlos Javier López