La experiencia de Angela Meade y Michael Fabiano dan relieve a una reposición ya legendaria.

Más de tres décadas después de su estreno en 1987, la fastuosa producción de Turandot firmada por Franco Zeffirelli continúa llenando la Metropolitan Opera con la misma fuerza hipnótica del primer día. Convertida en un emblema del teatro y uno de los tesoros más preciados de su repertorio, esta superproducción sigue siendo la Turandot por excelencia: monumental, teatralmente opulenta y visualmente insuperable. El Met la mantiene en excelente estado de conservación, y no hay función en que su despliegue no arranque la ovación del público.
El director de orquesta Carlo Rizzi, experto en el repertorio italiano, se reencontró con el foso del Met y cosechó un nuevo triunfo. Con maestría, equilibrio y una energía muy en estilo, su lectura fue ágil y comprometida, evitando el efectismo fácil sin renunciar al brillo. Destacó por una línea orquestal limpia, de sonido rico y homogéneo, en la que cada familia instrumental se integró con orden en el tejido sonoro. Rizzi respetó siempre los espacios de los cantantes, ofreciendo un acompañamiento de gran musicalidad y refinado pulso dramático. El resultado fue una dirección de gran clase, probablemente la más lograda de las recientes reposiciones de esta producción.

Meade y Fabiano, la experiencia de los que saben
La pareja protagonista estuvo formada por Angela Meade y Michael Fabiano, dos de los pocos cantantes estadounidenses capaces de abordar con solvencia los exigentes roles de Turandot y Calàf, tanto en lo vocal como en lo actoral.
Angela Meade ofreció una Turandot sólida y de presencia imponente, en la que se combinaron virtudes y limitaciones. Su instrumento, amplio y penetrante, sigue siendo un vehículo de impacto, aunque las notas agudas mostraron cierta inestabilidad y un vibrato excesivo que restó pureza a la emisión. Hubo, sin embargo, momentos de gran nobleza vocal y una musicalidad indiscutible en el fraseo. En lo actoral, Meade demuestra una sorpresendente seguridad escénica pese a su limitada capaciodad de movimientos. Su Turandot se mueve entre la ambigüedad y el hieratismo, un terrero en el que la mas leve sonrisa adquiere categoría de acontecimiento. Meade atraviesa una madurez fructífera, capaz de asumir papeles de enorme dificultad con valentía y una profesionalidad intachable.
Michael Fabiano fue un Calàf convincente y carismático, tanto por su compromiso escénico como por su notable evolución vocal. En lo actoral, el tenor de Nueva Jersey compuso un príncipe humano, resuelto y heroico sin caer en la rigidez habitual del personaje. Por alguna extraña razón, Fabiano es menos celebrado en el Met que otros tenores menos comprometidos con el teatro. El tenor se mostró firme en escena y desarrolló un Calaf convincente: con un fraseo claro y bien ligado, frases bien articuladas e insertadas con buen oficio en la orquesta. Su timbre ha ganado limpieza y claridad en el agudo, mientras que el registro medio y grave suena hoy más oscuro y robusto. Las célebres notas culminantes del papel, especialmente en el aria “Nessun dorma”, fueron resueltas con valentía, aunque sin el squillo que requiere un Calaf más perfecto. Aun con altibajos, su interpretación se situó entre las más interesantes y convincentes de los últimos años en el Met.

Liù y Timur: emoción y nobleza
La soprano sudafricana Masabane Cecilia Rangwanasha encarnó a una Liù encantadora, de timbre hermoso y fraseo elegante. Su canto, siempre refinado, aportó al drama la pureza lírica que lo sostiene. No obstante, su instrumento, más bien pequeño, pareció algo insuficiente para las vastas dimensiones del Met. Aun así, su “Tu che di gel sei cinta” conmovió por su sinceridad y profundidad emotiva.
El bajo Vitalij Kowaljow ofreció un Timur de lujo, de voz amplia, noble y bellamente timbrada. Su línea de canto, sobria y musical, llenó el teatro con la autoridad y humanidad que el papel exige, dejando una de las intervenciones más redondas de la noche.
Siempre he sentido cierta distancia ante estos dos personajes: víctimas sin esperanza, combustible rápido en la hoguera del emotivismo de Puccini; pero el buen hacer de Rangwanasha como Kowaljow hizo que me reconciliara con ellos, encontrando un brillo oculto que parece un homenaje a la libertad y la dignidad del ser humano.
Excelentes comprimarios y un conjunto en forma
Merecen aquí una mención especial los tres ministros, Hansung Yoo (Ping), Tony Stevenson (Pang) y Rodell Rosel (Pong), que conformaron un trío de gran nivel escénico y vocal. Su química en escena aportó agilidad y frescura, y su número en el segundo acto resultó uno de los momentos más logrados de la representación. El emperador Altoum de Thomas Capobianco y el mandarín de David Crawford cumplieron con corrección sus cometidos, completando un reparto equilibrado y sin fisuras.
La Turandot de Zeffirelli continúa siendo una de las joyas del repertorio del Met. A pesar de los años, su poder de seducción permanece intacto. Su grandiosidad visual, el esplendor del vestuario y la precisión de su maquinaria teatral la mantienen como una puerta de entrada a la era dorada de la ópera en Nueva York.
El coro del Met volvió a demostrar su excelencia, con una sonoridad homogénea y poderosa, por momentos epatante, perfectamente guiada por la batuta de Rizzi. Da gusto ver el teatro lleno, y a un público disfrutando plenamente de una espectacularidad al acceso de pocos teatros de ópera en el mundo.
★★★★☆
Metropolitan Opera de Nueva York, a 13 de octubre de 2025. Turandot, ópera en tres actos de Giacomo Puccini y Franco Alfano, con libreto de Guiseppe Adami y Renato Simoni sobre el drama legendario de Carlo Gozzi.
Dirección Musical: Carlo Rizzi. Orquesta y coro titulares del MET. Director del coro: Tilman Michael. Producción y escenografía: Franco Zeffirelli. Vestuario: Anna Anni, Dada Saligeri, Iluminación: Gil Wechsler. Coreografía: Chiang Ching, Dirección de reposición: J. Knighten Smit.
Reparto: Angela Meade, Michael Fabiano, Masabane Cecilia Rangwanasha, Vitalij Kowaljow, Hansung Yoo, Tony Stevenson, Rodell Rosel, Thomas Capobianco, David Crawford.













