Turandot en el Teatro Colón de Buenos Aires

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Turandot en el Teatro Colón de Buenos Aires. Foto: Arnaldo Colombaroli
Turandot en el Teatro Colón de Buenos Aires. Foto: Arnaldo Colombaroli

Una puesta de gran belleza y artistas argentinos que honran a Puccini

El Teatro Colón de Buenos Aires ha presentado Turandot, la última ópera de Giacomo Puccini, que había tenido su estreno mundial en 1926 en la Scala de Milan y que en el mismo año se presentó en la capital  argentina confirmando la tradición que ha hecho de Buenos Aires la primera ciudad fuera de Italia donde se estrenaron la mayoría de las obras del compositor.

Para esta ocasión el Teatro decidió reponer la grandiosa puesta de Roberto Oswald que conociéramos en los años 90, en este caso repuesta por Matías Cambiasso y Aníbal Lápiz, quién fue también el diseñador del espléndido vestuario.

La puesta del Mtro. Oswald resume muchos de sus valores: belleza plástica, grandiosidad, clara referencia a la estética oriental, y todo esto sin pretensión de ser un catálogo documental sino una recreación artística verosímil.

Tal vez las únicas objeciones que se podrían marcar en este diseño corresponden a que su composición volvía invisibles los extremos de la escena para quienes se ubicaban en localidades que no fueran del centro de la platea –otro tanto puede decirse con el fondo de la escena para quienes se ubican en las localidades altas del teatro-; y una tendencia al estatismo en los movimientos de las masas corales.

Fuera de estos detalles, las puestas de Oswald tienen el encanto de volvernos a poner frente al gran despliegue de los recursos de un gran Teatro en el que queda de manifiesto mucho más que el oropel… se descubre belleza, elegancia, riqueza cromática, y una comprensión del drama al servicio del cual se pone todo lo demás. Su reposición es siempre un encuentro con la calidad y un merecido homenaje a nuestro Maestro desaparecido en 2013.

El Teatro Colón presentó tres elencos para las 10 funciones de esta Turandot, pero nos centraremos en esta crítica en aquel que resultó más eficaz y demostró un rendimiento más homogéneo. En los restantes los desniveles fueron muy notorios, a pesar de la trayectoria y la fama de ciertos nombres.

Preferimos guardar el recuerdo de María Guleghina en sus Turandot de diez o quince años atrás. Hoy el tiempo ha hecho su trabajo… Nina Warren es efectiva aunque su voz se ha acostumbrado, tal vez en demasía, a Wagner; ni Christian Benedikt ni Arnold Rawls fueron los Calaf soñados; Verónica Cangemi mostró que una gran cantante del repertorio clásico y barroco no siempre rinde igual en Puccini, mientras que Jaquelina Livieri confirmó su valor como una de nuestras sopranos más efectivas creando una buena Liù. James Morris y Raúl Gimenez volvieron al Colón demasiado tarde para quienes recordamos sus glorias d´altri tempi y sin embargo, ambos conservan su gran calidad de artistas.

Turandot en el Teatro Colón de Buenos Aires. Foto: Arnaldo Colombaroli

Mónica Ferracani fue la gran figura de esta Turandot, creando una princesa explorada en toda su profundidad.

Muchas veces hemos escuchado que este rol es casi una excepción en la galería de personajes femeninos de Puccini y, a primera vista es así, ya que Turandot no parece frágil, ni dulce, ni romántica… Pero cuidado, decimos “no parece” y es que su historia, el pasado, o la historia de sus ancestros ha generado en ella un trauma que sólo sabe enfrentar recubriéndose de una apariencia inexpugnable y fría. Basta escuchar la suma de sutiles detalles que Puccini  presenta en la música de “In questa regia”, su escena de presentación, para notar que Turandot es mucho más que frío e histeria… 

Esos matices estuvieron bellamente descriptos en la princesa de Ferracani que supo frasear, cantar las largas líneas puccinianas, enfrentar los sobreagudos con seguridad y a la par dotar de sentimiento las frases en las que rememora a su antepasado ultrajado. Esta riqueza hace la diferencia. Turandot es más que mucha voz y sobreagudos… Canta poco –en proporción a la duración total de la obra- pero qué grato es hallar artistas a su altura y capaces de resaltar su trascendencia más allá de los fuegos artificiales. Ferracani lo hizo y se consolida como nuestra primera soprano, hoy por hoy.

Enrique Folger nos entregó un cumplido Calaf. Comprometido escénicamente – aunque un poco movedizo por demás- y efectivo en su “Nessun dorma”. Su rol fue servido con el bello timbre que caracteriza a este gran artista, un buen caudal, aunque cierto vibrato excesivo aquí y allá, desluzca la línea por momentos.

La Liù de Marina Silva resultó conmovedora. Bien actuada y bien cantada. Con una voz de buen caudal y que corre eficientemente. Fue expresiva en un rol que es todo ternura y amor incondicional… Tiene condiciones para seguir creciendo y eso esperamos, porque hay talento.

Muy eficaz el Timur de Lucas Debevec Mayer, cargado de emotividad en la despedida de Liù y servido con una voz poderosa y oscura.

Alfonso Mujica, Santiago Martínez y Carlos Ullán  fueron unos interesantísimos Ping, Pang y Pong; interpretados y cantados con muy buen gusto. Sin desbordes y con buena línea.

La dirección del Mtro. Christian Badea resultó eficaz, aunque no muy profunda. Buena actuación de la Orquesta Estable y destacadísima prestación del Coro Estable, dirigido por el Mtro. Miguel Martínez, que respondió a las exigentes participaciones que le demanda la partitura.

En resumen, una bella velada, con un Teatro desbordante de público que premió con cerradas ovaciones al genio de Puccini y al talento de nuestros artistas.

Prof. Christian Lauria