Un ballo in maschera. Verdi. B. aires

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Libreto de Antonio Somma

Co-producción de la Sydney Opera Hause; el Teatro Real de La Monnaie; la Ópera de Oslo y el Teatro Colón de Buenos Aires

Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires Función del 6 de Diciembre

El Bicentenario Verdiano halló a los operómanos de Buenos Aires ansiosos por disfrutar del tributo que el Teatro Colón le dispensaría al genial compositor de Busetto a través de la puesta de Un Ballo in Maschera, esa exquisita ópera que, vaya uno a saber por qué, no aparece en los escenarios con la asiduidad que sus méritos merecerían.

Unos días antes del estreno, el desgraciado accidente que le costara la vida a un empleado de limpieza del Teatro, obligó a reprogramar funciones en medio de la creciente demanda de localidades que la puesta firmada por Alex Ollé (de La Fura dels Baus) venía generando entre quienes no querían perderse la innovación de la que la compañía catalana es sinónimo.

El estreno quedó destinado a la función de Gran Abono y los comentarios no fueron muy halagüeños, incluyendo cerrados abucheos a los responsables de la puesta…

Con estos antecedentes nos sentamos en nuestras localidades la tercer función programada con la mente abierta y el corazón dispuesto a dejarse cautivar a pesar de todo.

El espectáculo que se nos ofreció resultó sin embargo una decepción durante el que la música del genial Verdi luchó ímprobamente contra una puesta que conspiraba contra su maravilla.

La crítica principal que podría hacerle a esta puesta es la de desnaturalizar el drama verdiano al transformar el contexto en lo central con la consabida necesidad de forzar interpretaciones reemplazando la historia intimista de unos personajes increíblemente humanos por un alegato político-social donde lo trascendente se opacó y se subrayó lo evidente.

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Jugar con la idea de máscara como sinónimo de pérdida de individualidad e hipocresía colocándole una máscara (de poco grato diseño) a todos y cada uno de los personajes que pisaron el escenario, resultó poco menos que vanal; inscribir el número 1984 en la ropa (trajes de calle) de hombres y mujeres uniformados en el mismo color, habitantes de una comunidad que se nos intentaba presentar como alienante, es un recurso en el que la cita a Orwell es redundante; no tener en cuenta el texto del libreto a la hora de resolver situaciones dramáticas; vestir al Rey como un operario cuando él pide un disfraz de pescador o volver a Oscar una especie de andrógino sin que quede clara su función; y cubrir el escenario con figurantes que no dejan a los protagonistas solos casi nunca; son algunas de las muestras de los desatinos que vimos en escena.

Por otra parte, si la reinterpretación del regista apuntara a una lectura revolucionaria de esta historia las variaciones resultarían aceptables mal que les pesen a los verdianos conservadores, pero cuando lo que se ve no es una nueva lectura sino una desnaturalización, la reinterpretación puede ser castigada por el espíritu más abierto… Y es que ballo es una historia de individuos, de seres humanos donde lo político ocupa un lugar muy de fondo… Verdi en esta obra nos habla fundamentalmente de personas y sentimientos; de amor y muerte; de venganza y justicia y lo demás es puro decorado… De hecho cuando la censura napolitana cayó sobre la obra antes de su estreno mundial, el compositor aceptó cambiar el nombre de los personajes y hasta su ubicación, a cambio de conservar la esencia. el carácter de esas figuras que hacen la obra… Verdi es en esta ópera (como en muchas otras de sus creaciones) el compositor de la tragedia del hombre más que el arengador contra el despotismo… no le importaba si era en Suecia o en Boston…  si era Rey o Conde… pero necesitaba que los sentimientos de esos seres estuvieran en primer plano… no eran la excusa ni la anécdota para hablar de otra cosa.

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Este trastocamiento de lo central por lo accesorio jugó en contra de la puesta tanto como su ambientación en una sociedad brutalista, fría y uniforme (tanto desde lo visual como desde lo dramático) haciéndole perder una de las virtudes que la pieza tiene y que es su equilibrio y su variedad de climas.

Es innegable que los diseños escenográficos de Alfons Flores son espectaculares… al menos hasta que no se vuelven tan iguales a si mismos durante la obra que se vuelven aburridos, pero, como supo decir un amigo tras ver esta versión, ahora nos haría falta saber para qué ópera podrían servir.

La marcación actoral por otra parte resultó por demás rutinaria y tradicional y casi todas las escenas podrían funcionar a la perfección con un vestuario convencional… por momentos tuve la sensación de estar en un ensayo donde los cantantes aún no salieron con su vestuario… se movían en cada escena respondiendo a la música, vestidos de calle, y con un intento de vender un barniz de vanguardia ausente.

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Cerrar la ópera con todos los protagonistas muriendo por la inhalación de gas letal (Renato, Gustavo, Oscar, Amelia y toda la corte) mientras el Rey se despide de sus amados «hijos» y ellos se conduelen (según Verdi) del injusto fin de su soberano; retorciéndose asfixiádose ante la cínica mirada de los conspiradores muñidos de máscaras de gas (según la voluntad del regisseur) no resultó ni atractivo ni impactante por lo grotesco del contrapunto entre acción y música.

En lo que a desempeño musical se refiere, Fabián Veloz (el Conde Anckarström) fue la figura que brilló sin ambages a lo largo de la velada. Su espléndida voz de barítono de solvente caudal, gratísimo color, fino legato y una expresividad de primer orden que no lo hizo perder nunca la línea del más puro canto verdiano, fue reconocida con las más cerradas ovaciones de la velada ya tras su célebre aria «Eri tu…» como en los saludos finales.

Virginia Tola, de bella voz y grata estampa, se vio al límite de sus capacidades y aquí y allá superada por las exigencias de la partitura. Es una interesantísima artista a la que desearíamos poder aplaudir en un repertorio más congenial a sus virtudes que son muchas.

La Ulrica de Elisabetta Fiorillo tuvo un desempeño irregular. Su voz de buenos graves, se puebla de un insoportable vibrato que la lleva a desafinaciones y resultados por demás deslucidos. Su compromiso dramático es considerable y nos dejó con la esperanza de verla superar las dificultades actuales.

El tenor Giuseppe Gipali tiene una bella voz pero de un caudal impropio para una sala del tamaño del Colón lo que lo llevó a forzar a lo largo de la noche en detrimento de la línea y el brillo.

Sussana Andersson cantó y actuó con gracia y compromiso. Creó un delicioso Oscar desde lo vocal y logró imponer su valor aún frente a las limitaciones que le imponía la concepción dramática de la regie.

Lucas Debevec Mayer y Fernando Radó como los dos líderes conspiradores lucieron sus dotes que los vuelven garantía de calidad cada vez que pisan un escenario.

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El Coro tuvo un rendimiento de primera línea, más allá de que se hubiera deseado un poco menos de fortes aquí y allá.

La batuta del Mtro. Ira Levin sigue sin convencerme. No hace un mal papel… pero falta personalidad, pasión, matices…Guió a la orquesta en una lectura rutinaria y sin mucho para recordar.

El Telón cayó y el público saludó a los artistas con gratitud… Ellos, con sus más y sus menos, rescataron a Verdi de una puesta desafortunada… cuyos responsables no salieron a saludar.

 

UN BALLO IN MASCHERA

Ópera en Tres Actos

 

Libreto de Antonio Somma

Música de GIUSEPPE VERDI

 

Elenco

 

Gustavo III…. Giuseppe Gilipali

Conde Anckarström….Fabián Veloz

Amelia….. Virginia Tola

Oscar….Sussana Andersson

Ulrica….Elisabetta Fiorillo

Conde Horn…..Lucas Debevec Mayer

Conde Ribbing….Fernando Radó

Cristiano… Leonardo Estévez

 

Coro Estable del Teatro Colón

Dirección… Mtro. Miguel Martínez

 

Orquesta Estable del Teatro Colón

Dirección…. Mtro. Ira Levin

 

Dirección Escénica….. Alex Olle

Escenografía….Alfons Flores

Vestuario…. Lluc Castells

Iluminación…. Urs Schönebaum

 

Función del 6 de Diciembre

Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires

 

Por el Prof. Christian Lauria